Domingo 8 Enero 2017

Las "Diabluras" del Administrador*


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Fue un correo electrónico, caído una mañana en el buzón de Humberto Lumbreras, el que originó los acontecimientos que siguieron. Le proponían probar gratis un software de genealogía, con una atrayente opción de compra, como broche final.

Lumbreras es apellido poco corriente y más bien halagador, pero Humberto nunca se había preocupado por ello. ¿Por qué no? pensó. Pronto, descubrió que sólo 146 personas llevaban su patrónimo en España, y algunas semanas más tarde, había podido remontar su árbol genealógico hasta un tal Luis Veléz de Guevara, nacido en Ecija en 1579 y fallecido en Madrid en 1644.

Aquel antepasado suyo fue ilustre - aprendió con júbilo - por haber escrito varios centenares de comedias llenas de ingenio, pero sobre todo una novela de costumbres, licenciosa, mordaz y satírica, titulada "El Diablo Cojuelo".

Se trataba de una novela picaresca, supo a continuación, lo cual significa que su héroe es hombre de moralidad dudosa y, bajo pretexto de educar, nos pinta con regocijo los vicios y extravíos de una sociedad, en este caso, levantando los tejados de las viviendas de la ciudad a escondidas de sus moradores, todo eso con estilo alerta y pluma de alegre impertinencia.

A pesar del vocabulario en desuso y de una síntaxis mucho más compleja que la que él manejaba, Humberto se tragó las 350 páginas de la obra en tres veladas.

La cuarta noche tuvo un sueño, bajo el disfraz del Diablo Cojuelo, pero disponiendo de todos los medios tecnológicos de la actualidad. Apenas despertado, eso le dio una idea y, sin demora, puso manos a la obra.

Él era informático, le venía a punto. Para sus comienzos en el ejercicio de las "diabluras", decidió limitar a su inmueble el radio de su acción.

Tres pisos, con tres apartamentos en cada uno, ¡eso ya le daba material de sobra para un primer intento!

Como administrador benévolo, ya tenía la lista de los socios.

Utilizando Internet, comenzó por reunir cuanta información pudo sobre sus vecinos y le espantó su cosecha. ¡No se imagina uno los datos personales que la gente deja circular por la web! Dotada de memoria efefantina, ésta, además, desconoce el derecho al olvido.

No escogió su primera víctima al azar, no, todo lo contrario. Se trataba de la persona del inmueble que más le interesaba, sin que fuese recíproco. Clarisa Almeida, barbie treintañera, soltera alegre, trabajaba en una productora audiovisual y multiplicaba las conquistas de una noche.

Le resultó fácil quebrar la contraseña de su perfil FB, que no era sino su nombre de pila seguido de su fecha de nacimiento, y así pudo tener acceso a los datos reservados a su familia y amigos.

¡Cuanta sorpresa se llevó al descubrir que, en una vida anterior, Clarisa se llamaba Lorenzo y que su última operación sólo remontaba a tres años! ¡Clarisa era un transexual! ¡Tamaña sorpresa! Ahora entendía mejor el ballet de parejas. No debe de ser fácil ser reconocido como mujer, si uno no lo es totalmente.

¿Lo era ella/él? Tenía que saberlo a ciencia cierta.

Con una vieja radiografía, logró sin dificultad manejar el pestillo de la cerradura de su piso del segundo e instaló en el cuarto de baño una discreta cámara.

Y ¡ahora a esperar!

No mucho. La misma tarde, al volver del trabajo, decidió Clarisa tomar una ducha. Y antes de que se cerrara la puerta de ésta, le dio a Humberto su pantalla de control la visión esquizofrénica de una mujer con una mitad superior super sexy y una mitad inferior esmeramente depilada, ¡pero virilmente dotada!

Desde un punto de vista anatómico, ¡Clarisa seguía siendo un hombre! Le dio a Humberto un escalofrío de repulsión, pensando que hubiera podido... No, más valía desalojar este pensamiento de su espíritu. Sí, pero, ¿cómo? ¡Allí estaba enraízado, incrustado, agarrado como... bivalvo a su roca! Barrió este rasgo de humor inoportuno y decidió ofrecerle a su enfermiza curiosidad otro tema de ejercicio.

Entonces, se decantó por una pareja de jubilados del piso bajo, los Martínez. Era era un ex militar, ella cuidaba del hogar. Él, fanfarrón y mandón, ella, retraída y beata. Ambos con unos sesenta años cortos.

Por encontrarse el inmueble en una zona un tanto cosmopólita, había invertido la junta de copropietarios en la videovigilancia : una cámara dominaba el dispositivo de control de acceso a la vivienda, otra filmaba el rellano en cada piso ; el servidor de datos se encontraba en las oficinas del operador y almacenaba éstos durante una semana antes de borrarlos. Y él, como administrador, podía consultarlos.

Visionó todas las grabaciones disponibles y se dio cuenta de que el señor Martínez cada tarde de dos a cuatro daba un paseo. Y el martes de aquella semana, apenas se había ido, llamaron a la puerta y la señora de Martínez, en bata, dejó entrar en la casa familiar ¡a una pelirroja espléndida! Idem, los martes siguientes, ¡pero pocas veces la misma! Y ¡siempre más joven que ella! ¿Qué misterio era ése?

Entonces escaneó todas las conexiones wifi de la vivienda, vio que la de los Martínez estaba mal protegida, y mediante un pequeño generador de contraseñas, en menos de media hora pudo penetrar en el ordenador de sus vecinos.

Recorriendo el historial del navegador, se dio cuenta de que era vaciado al fin de cada sesión. Decidió entonces tomar a distancia el control de la máquina. No fue muy difícil ; las recientes versiones del sistema operativo habiendo expresamente previsto esta posibilidad, le bastó desviarla en provecho suyo. Cuanto tecleaba la señora de Martínez aparecía ahora en la pantalla de él. Y lo que descubrió lo llenó de estupor. La señora de Martínez, bajo el alias de Gisela, frecuentaba ¡un sitio de encuentros lésbicos!

Y corría a confesarse a la iglesia de una parroquia vecina, después de cada uno de sus revolcones, descubrió siguiéndola, algunos días más tarde, tras la visita de una generosa rubia platino.

¡Diablos! ¿Tenía cada uno en este inmueble algo más o menos inconfesable que esconder?

Pasando revista con el dedo a la lista de copropietarios, paró entonces el índice en el apellido de un soltero del 3°, que ocupaba uno de los tres áticos del inmueble. Otros varios ocupantes codiciaban este piso y algunos incluso habían presentado ofertas de compra, siempre rechazadas por el señor Abolengo. ¡Qué despilfarro que una persona sola ocupara un piso de sesenta metros cuadrados, con terraza de idéntica superficie, cuando familias con tres hijos no disponían de tanto espacio y sólo disfrutaban de un balcón reducido!

El señor Abolengo era bibliotecario. Pequeño, enclenque, soltero y sin descendencia. ¿Qué hacía, pues, con tanto espacio? Esto bien merecía una pequeña investigación. ¿Cómo proceder, esta vez?

La videovigilancia de la semana anterior no surtió la menor información.

Aguijoneado, nuestro aprendiz de brujo ni siquiera podía utilizar su instrumento favorito, la informática: ¡el señor Abolengo no tenía ni teléfono inteligente ni ordenador! ¿Cómo era posible hoy en día? ¡Un bibliotecario! O se negaba a tener en casa su principal herramienta de labor cotidiana, lo cual se podía comprender. Sería eso. Pero tenía que comprobarlo.

Bueno. Pero el hombre era desconfiado. Había instalado una puerta blindada, con cerradura de cinco puntos y sistema antiintrusión que por poco lo pillaba cuando quiso examinar la instalación más de cerca.

Humberto Lumbreras no era hombre para desanimarse por tan poco. Decidió consultarlo con la almohada y aquella noche cerró los ojos con el problema en la mente y amaneció con... una solución.

¡Bastaba con pasar por los tejados y bajar hasta la terraza del señor Abolengo!

Dicho y hecho. Cuando todos sus vecinos se hubieron ido a sus ocupaciones, Humberto Lumbreras subió al tercero, trepó por la escalera metálica que conducía a la trampilla de acceso al tejado, levantó ésta y se izó al cinc de la techumbre. Luego, ató una cuerda de espéologo en una de las chimeneas antes de encordarse a su vez y emprender un descenso en rápel hacia la terraza del señor Abolengo.

¡Menuda sorpresa se llevó al encontrar ésta totalmente cubierta por un invernadero tropical lleno de una vegetación de lianas, helechos y plantas carnívoras! Y para colmo, un morador sorprendente había elegido domicilio allí.

Embargado todavía por la sorpresa, estaba Humberto Lumbreras tendido boca abajo en el tejado, medio cuerpo apoyado ya en la vidriera alta de la terraza cuando un crujido siniestro lo arrastró varios metros abajo, en medio de fragmentos de vidrio y viguetas de aluminio, antes de dejarlo en suspenso, a noventa centimetros del suelo, frente al habitante del lugar, atraído por el barrullo.

No se encontró ni éste ni el cuerpo de Humberto Lumbreras. Los únicos testimonios de una presencia humana en el lugar eran una cuerda, una hebilla de cinturón y un par de zapatos. El señor Abolengo estaba de vacaciones por varias semanas y cuando volvió, su pitón, un joven adulto de varios metros, se había fugado por la abertura, tras digerir por completo al intruso, de quien había hecho su dieta.

Moraleja : ¡No se las dé de diablo, ni siquiera cojuelo, o bien podría salirle más caro de lo que piensa!

©Pierre-Alain GASSE, abril de 2015 para la versión francesa, enero de 2017 para la presente.

  • Este cuento se escribió en el marco del segundo concurso de cuentos de la Asociación de los Escritores de Bretaña, en memoria del autor de la versión francesa del "Diablo Cojuelo".

Martes 6 Diciembre 2016

"La Lección" en "Proyecto Sherezade"

Desde el 1 de Diciembre pasado, el cuento "La Lección" aparece en la selección del mes del sitio protagonizado por José Luis Martín :

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Gracias a él y todo su equipo.

Lunes 18 Mayo 2015

Oveja que bala...


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Está lloviznando sobre Nantes. Un sirimiri ligero, casi tan frío como los pies de una mujer viuda, envuelve la ciudad y en la parada de la calle Copernic, desborda la marquesina.

Va a terminar el vigésimo quinto festival de cine español y vuelvo de una sesión en el Katorza. Una película de las más deprimentes sobre los migrantes latinos que a toda costa intentan realizar su sueño : entrar en los Estados Unidos. Es un "rail-movie" un poco maníqueo con tres personajes : al indio tzotzil lo matan de un tiro como un conejo, a la chica disfrazada de tío, la raptan extorsionadores de migrantes para engordar su batallón de putas y el héroe guatemalteco acaba como obrero en un matadero de Chicago o cualquier otra ciudad de clima parecido. Nada nuevo, pero uno se deja conmover a pesar de todo.

En estos pensamientos estoy cuando llega un autobús articulado. Línea C1 Haluchère-Batignolles-Estación de Chantenay. Es el mío.

Vamos subiendo, en tropel apresurado. Cojo asiento enfrente de una señora de edad, vestida a lo pijo, con abrigo azul claro, sombrero cloché a juego y bufanda rosa. De repente, una tropa de colegiales toma por asalto al autobús, empujando delante de sí y hasta nosotros a un anciano, tocado con un sombrero que semeja el del Inspector Gadget y vestido con un impermeable de un pardo indefinido. No le falta sino un bigote lápiz para tener pinta de militar jubilado.

La vieja señora, sentada del lado del pasillo, se desliza hacia la ventana en el asiento libre.

— Ahora que Vd ma ha cedido asiento tan amablemente, no puedo sino cogerlo, dice el señor, con una ligera inclinación del busto, antes de tomar sitio.

Y tras echar una mirada de desengaño sobre la tropa desordenada que lo rodea, sin preocuparse lo más mínimo por si desa conversar con él su vecina, prosigue de inmediato:

—¡Tantos jóvenes! ¿Qué va a ser de ellos, me pregunto yo, dentro de cuatro seis o diez años? Si no tienen diploma, irán a fichar a la Oficina de Empleo y si, por casualidad, tienen varios, ¡les dirán que van de sobra! Y mientras tanto se buscan carniceros, fontaneros, caldereros, pasteleros, carpinteros... ¡y no se encuentran! El gilipollas ese de Giscard, hace cuarenta años, quería revalorizar el trabajo manual, ya se ve lo que ha sido de ello. ¡Y el menda votó por él!

La señora, por no parecer descortés, intenta contestar, con toda la cautela posible:

— ¿Le parece que hay muchos jóvenes en esta ciudad?
— Basta con darse una vuelta por la Plaza Real a la noche, ya verá, ahí están apiñados, zumbando como abejorros.
— Sabe algo: ya tengo yo a cuatro nietos en edad de trabajar y uno de ellos está en el paro desde hace un año. Le oigo decir: me han dado cita la semana que viene, tengo entrevista con mi consejero laboral el mes próximo, pero nunca hasta ahora le he oído decir, ya está, se fían de mí, me toman con contrato indefinido. Les piden experiencia antes de empezar, ¡qué disparate!

Las cristaleras del autobús se han cubierto de vaho y viajamos a ciegas, tanto más cuanto que no funciona la visualización de las paradas o no la puso en marcha el chófer.

— Y no va a mejorar con el gobierno ese que tenemos, se lo digo yo. Bueno, ¡tampoco iba mejor con el de antes!

Mi vecina levanta una mirada suspicaz sobre su interlocutor, antes de continuar, con diplomacia:

— Le doy la razón, pero a mí lo que me inquieta más es el número de ancianos. No veo más que personas de mi edad. Ahora vive la gente tan vieja y hay tan poca ocupación que no veo cómo la juventud va a poder con ello. Dispense, que me voy explayando mientras me bajo en la próxima.

— ¿Y dónde estamos?
— Acabamos de pasar por Mellinet, me parece.

El señor se levanta de un brinco:

— Jolín, si ahí me apeaba yo, voy a la calle Chaptal; en Saint-Aignan, me cae mucho más largo. ¡Qué mala pata!

Y oigo a la elegante señora vestida de azul decir sotto voce, mientras se levanta a su vez:

— ¡Bien merecido! Oveja que bala, bocado que pierde.

©Pierre-Alain GASSE, mayo de 2015.

Lunes 7 Julio 2014

Tres días con Paco - Crónica barcelonesa


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A uno, a veces, le suceden cosas raras.

Acabo de pasar en Barcelona tres días en memoria de un hombre a quien encontré hace cuarenta años otros tres días.

Preparaba entonces un doctorado de estudios ibéricos sobre una obra de este escritor catalán de lengua española. 

Se trataba de una novela-reportaje sobre un barrio popular y desheredado al pie de la colina de Montjuich en Barcelona. Su autor quería denunciar el abandono material y moral en los que la burguesía bienpensante y el poder de Franco mantenían esta población.

Todo era verídico : lugares, nombres, apodos, apellidos, chismes y comadreos. El escritor, en su ingenuidad había pensado que esa gente nunca leería el libro, primero porque la mayoría no sabía ni leer y segundo porque el poco dinero que tenía no era para libros, que ¡buena falta le hacía para comer una vez al día!

Pero pasó lo que no había de pasar : circuló el libro por el barrio, se enteró la gente y se armó la de Dios es Cristo, hasta el punto de que el autor temió por su vida y el gobernador civil tuviera que prohibir la obra durante cuatro años para preservar el orden público.

Su editor aprovechó este lapso para proponer a la venta ediciones de estraperlo que desaparecían apenas sacadas a luz.

Todo eso, así como la personalidad del autor y su estilo particular, había motivado mi interés por la obra y quería entrevistarle.

Me recibió en casa y en familia, contestó con total benevolencia a mis torpes preguntas, me invitó a comer, nos hicimos fotos, y de vuelta a Francia, empezamos a corresponder durante varios años.

Nos tratábamos de amigo uno a otro. Me mandaba cada nuevo libro suyo.

En 1978, terminé y validé la tesis. Mi vida tomó otros rumbos y la suya también porque, al año siguiente, fue elegido senador por Cataluña y después concejal de Hospitalet de Llobregat.

Nos perdimos de vista.

De todo ello me quedaba un mamotreto polvoriento, un fajo de cartas, una caja de libros y algunas fotos.

Hasta que, en 2011, me llamó un colega del valle del Loira para decirme que acababa de presentar un doctorado sobre el mismo escritor y que una Fundación Privada, iniciada por la última compañera del autor, se interesaba por nuestra labor.

Me caí del armario, como quien dice.

A treinta y tantos años de distancia, un pasado universitario tan corto como ligero cobraba nueva vida y ¡de qué manera!

En 2013, de vacaciones en la Costa Brava, aproveché la ocasión para remitir a la Fundación, asentada en el mismo barrio donde toda la vida había vivido el escritor, uno de los tres ejemplares restantes de mi tesis.

A mi colega ya le habían propuesto traducir al catalán la suya. La mía, dije que no hacía falta. Me han hecho caso.

El año 2014 en Cataluña es de los que vienen marcados con piedra blanca. En efecto, se conmemora el tricentenario del asedio a Barcelona que dio origen a la fiesta nacional catalana, la Diada. Y la Fundación pensó que en tal contexto, le vendría de maravilla celebrar también el quincuagésimo aniversario de la publicación de un libro famoso de su autor: "Los otros catalanes".

Se trata de aquel ensayo-reportaje, publicado en 1964, siempre reeditado desde entonces, en catalán como en castellano, que enfocaba el problema de la inmigración a Cataluña y promovía vías de convivencia.

La obra, recuperada por la clase política como ilustración del lema de moda : "Catalunya, un sol poble" viene encumbrada y es objeto de una intensa campaña de prensa. Hasta el punto de ser el único libro del autor, sobre más de cincuenta, asequible hoy en librería y un tanto conocido del público.

Pues bien, la Fundación elaboró un extenso programa de actos, todo a lo largo del año 2014, para glosar este aniversario y mi colega y yo habíamos sido invitados a participar el 2 de julio del mismo a un acto sobre "el autor y su obra", en el solemne marco del Institut d'Estudís Catalans.

Con un programa digno de embajadores. Verán : tres noches de alojamiento en un céntrico hotel tres estrellas de cala moderna, todos gastos incluídos. Visita del Museo de Historia de Cataluña, comentada por el propio Director, seguida por un almuerzo con algunos colaboradores suyos en el resaurante asentado en la terraza. Comida fina y vino de primera calidad. Al día siguiente, visita del Ateneo barcelonés, comentada por su Director, seguida por una comida-debate con unos cuarenta miembros de la venerable institución. Difícil momento en el que se nos pide que opinemos sobre la nueva inmigración y sus problemas.

A continuación, entrevista telefónica con la agencia de prensa Europapress. El público está entrando en el patio del IEC y las sonoras voces catalanas me impiden oír con claridad las preguntas de la periodista. Tengo que encerrarme en los servicios a tratar de contestarle atinadamente. Me temo no haberlo logrado.

A las seis de la tarde, en el antiguo palacete que ocupa el Institut d'Estudís Catalans, carrer del Carme, tiene lugar el acto principal: una conferencia con tres ponencias. La primera, de un historiador de renombre, enfoca la permanencia del mensaje del difunto autor sobre la situación de las familias pobres en los barrios. La segunda, de mi colega francés, entresaca dos figuras de inmigrantes de un cuento y una novela corta suyas. Se explaya un poco y le pasan un papel diciéndole que acorte.

Hace hora y media que la asistencia escucha discursos, la sala con los focos de luz y el público se ha recalentado y algunos dormitan por intérvalos.

Me corresponde ahora meter mi cuarto a espadas. Se me acaba de pasar la palabra.Tengo la espalda medio empapada y la garganta seca. Sorbo el resto de mi botellita de agua y abro el micrófono. En la tableta puesta delante de mí, hago desfilar la primera página de mi discurso:

"Ejem... Gracias... Lo mío va a ser menos académico, me temo. Ya verán. Vamos: Muy honorables Señores Presidentes y Directores, Estimada María, Señora G., Apreciados amigos, Señoras y señores..."

Soy incapaz de hablar en catalán veinte minutos. He previsto decir una frase al final, nomás.

Me disculpo por ello y sigo con los agradecimientos de regla: a los organizadores, a mi colega, a mis maestros, y finalmente al escritor, motivo y objeto de esta celebración. No se me olvide subrayar que antes que el sociólogo más o menos fabricado por los media, Paco fue un cuentista y novelista de primer orden.

"...El caso es que después del escándalo que le cayó encima en 1957 con su novela Donde la ciudad cambia su nombre, le tocó la celebridad siete años más tarde con el ensayo-reportaje de Els altres catalans, llevándolo por una corriente que acabará por hacer de él un icono de la catalanidad en vez del novelista famoso que anhelaba ser. Me toca evocar ahora cuál ha sido mi relación con su autor. Más bien corta, como verán, pero sin embargo intensa y rica de recuerdos y sentimientos. Permítanme remontar primero a los orígenes..."

Dudo un poco del interés de esta sección en la que explico en qué circunstancias descubrí la existencia de Paco, hace treinta y cinco años, durante mis estudios de licenciatura. A través del único libro de viaje que haya escrito. ¡Adelante, hombre!

"...Fluyeron tres años. Por aquellos tiempos, ya era catedrático en un instituto de la costa norte de Bretaña, pero desde hacía dos años impartía algunas horas extra de traducción y literatura en la Facultad de Letras de Rennes y buscaba cómo quedarme ahí con puesto fijo..."

Explico que la solución propuesta por mis profesores fue preparar un doctorado de estudios ibéricos cuya detención podría abrirme las puertas de la Universidad. A continuación, cito la primera carta que me mandó Paco, para subrayar su enorme empatía con la gente, desde el primer contacto.

« Apreciado amigo: Puedes llamarme Paco y tutearme, como yo lo hago, pues si eres amigo de los B., también lo eres mío. Además te agradezco profundamente tu admiración y benevolencia con mis libros. Al mismo tiempo me enorgullece el que dediques tu tiempo al estudio de mi obra, en ese aspecto lingüistico y estilístico que tú dices. O sea que por mí, no hay inconveniente de ninguna clase sobre lo que piensas hacer y puedes pedirme todo lo que sea y preguntarme lo que quieras... Un cordial y fuerte abrazo. »

"...En abril de 1973, encontré a Paco y su familia en el ático de la calle de la Fundición, pero también me llevó a su antiguo piso de la calle Ferrocarriles catalanes, donde trabajaba y que estaba atestado de libros. Fui recibido como un viejo amigo de la familia, comí con ellos, nos hicimos fotos juntos y me despedí a los pocos días como una relación de toda la vida...A partir de ahí empezamos una correspondencia episódica, con miras prácticas esencialmente. Le interrogué sobre problemas lingüísticos y para solicitar recortes críticos y referencias de libros. Colaboró con total benevolencia."

Cuento brevemente cómo, a pesar de un sobresaliente, ese doctorado no surtió el efecto previsto y tuve que desistir de mis pretensiones universitarias.

"Opté entonces por seguir otros caminos, los del compromiso y de la acción política. Quince años en listas municipales de izquierda, por el partido socialista, con interrupciones, hasta que en 2001, una traición durante una campaña me movió a abandonar la política activa. Se ve, pues, que como Paco, aunque a nivel más modesto, en ese tema, pasé de la ilusión a su contrario."

Revuelos en la sala. El público entendido sonríe.

Paso a evocar los años en que usé textos de Paco con mis estudiantes de clases postbachillerato, hasta mi jubilación en 2007, insistiendo en un epidosio personal de esta época:

"El 24 de abril de 1994, yo escribía esta carta que sólo dos personas conocen :

Amigo Paco:

Me da mucha vergüenza escribirte estas líneas después de tanto silencio (creo que no he vuelto a saber de ti desde la publicación de tu diario senatorial en 1979 y son quince años ya) y sin duda no me hubiera atrevido a hacerlo de no haber querido encontrarte la hija mía portadora de esta carta.

Parece destinarse a una carrera de profesor de castellano como su padre y este año cursa aquí conmigo lo que se llama « letras superiores » como preparación al segundo año de licenciatura en la facultad de Rennes.

Así es como después de estudiar en clase varios textos tuyos, le ha dado por conocerte, con motivo de su segundo viaje a Barcelona con otra estudiante, amiga suya.

Recuerdo que lo mismo me pasó a mi cuando estudiaba bajo la dirección de Albert B. ¿Será verdad que la historia vuelve a pasar los platos ? No he querido mesnoscabar lo que puede ser el principio de una vocación y por eso redacto esta carta de introducción. Te agradezco de antemano los consejos que puedas darle para descubrir mejor tu ciudad durante esta semanita. Ya le darás las noticias tuyas que creas oportunas y ella te dará las mías.

Un cordial y fuerte abrazo.

Pero yo había perdido el número exacto de la dirección de la calle de la Fundición, el Estatut le había modificado el nombre, el panorama urbano había cambiado mucho en esta zona, o desistió de su proyecto mi hija a la hora de la verdad, no recuerdo bien, pero lo cierto es que esta carta nunca llegó a su destinatario. Todavía lo siento. porque de ahí en adelante no me atreví a volver a tomar contacto."

¡Qué sentimental! ¿no? Me queda una página. Miro mi reloj. Creo que voy bien de tiempo.

"...no quisiera terminar esta parrafada sin evocar la mayor influencia que ha tenido en mi vida la figura y obra de Paco, aunque parezca un poco presumido : la de mi orientación como escritor aficionado de novelas cortas.

Cuando cumplió su primer año mi hija mayor en 1973, se me antojó escribirle una carta imaginaria en castellano, que había mandado a Paco para que me diera su opinión y el 24 de agosto de 1975 me contestaba: « Me gustó mucho tu relato sobre tu hija. Es muy tierno, muy dulce y te llenas de ternura lleyéndolo y acordándote de parecidas experiencias. No sé si tienes copia y lo necesitas. Ya me lo pedirías si así fuera. Entre tanto lo guardo yo. »

De cierta manera, él me dio el visto bueno para escribir en castellano."

Cuento después cómo una de mis novelas cortas es una parodia de un capítulo de Donde la ciudad cambia su nombre, el titulado El tio Serralto, de cómo murió. y cómo va dedicado a Paco, porque él fue quien me dio ganas de escribir.

"...Hoy en día, bajo el seudónimo de Pierre-Alain GASSE, mis otros dos nombres de pila y apellido materno, cuento en mi haber un centenar de cuentos y relatos, la mitad en doble version, española y francesa, difundidos esencialmente por Internet desde 1998 y algunas recopilaciones en papel e e-books.

De Paco, he aprendido entre otras cosas, el manejo del diálogo, el uso de la anáfora, de la enumeración y de la repetición, de la coordinación y la yuxtaposición. Creo también compartir su gran benevolencia para con sus personajes, su implicación del lector en el relato, su sentido del humor… en fin un montón de cositas que acaban por configurar un estilo.Éstas son, estimado público, las curiosas y verídicas sendas por las que ha discurrido en mi vida la obra e influencia de Paco, a pesar de haber sido lo nuestro una amistad truncada por los azares de la vida y cierta pereza mía.

Citando un capítulo de Los otros catalanes diré con él que « los hombres somos hoscos y huraños y nunca tenemos entre nosotros esa larga y puntualizante conversación que, cuando alguien muere, nos arrepentimos de no haber tenido »

Los organizadores de esta jornada me han dado la oporunidad de poner todo esto en claro y se lo agradezco de todo corazón."

Me tiembla un poco la voz.

"Paco, mejor que nadie cumpliste a rajatabla con la famosa máxima de Cela : «La más noble función de un escritor es dar testimonio, como acta notarial y como fiel cronista, del tiempo que le ha tocado vivir ». Allá donde estés, un fuerte abrazo y cualquier dia de éstos nos vemos !

Moltes gràcies a tots per la seva atenció i paciència."

¡Uf! He terminado, sin tropiezos.

Suenan aplausos nutridos. No me lo creo. La última compañera de Paco sube a la tarima a abrazarme. Otras personas se acercan a felicitarme. María, su hija, no ha soportado más la carga emocional y ha escapado.

Volvemos a nuestras butacas de primera fila. Otra sorpresa nos espera.

El Presidente de la Fundación y el del Centro de Historia Contemporánea de Cataluña nos hacen subir de nuevo a la tarima, uno tras otro, para entregarnos una placa metálica, fijada en un soporte de madera y metacrilato. La mía reza en catalán:

Reconeixement a
(vuestro servidor)
per la seva contribució al coneixement de l'obra de Francesc Candel
per mitja de la seva tesi doctoral (Universitat de Haute-bretagne, 1978)
Recherche linguistique et création romanesque chez Francisco Candel.
Barcelona, Institut d'Estudís Catalans, 2 de juliol de 2014.

¡Vaya! ¡Qué exagerados! ¡A ver! ¿Qué digo ahora?

"Esto que me agradecen hoy de aquella forma no fue sino un trabajo de juventud que, con la distancia de los años, me parece bastante irrelevante, y no acabo de creerme todo lo que está pasando ni pienso merecerlo, pero la vida nos presenta a veces esta clase de sorpresas y... ¡es una felicidad! Muchas gracias."

TVE1 todavía nos quiere grabar una entrevista. Contesto como puedo a las preguntas de una joven con garbo mientras filma otra morenita. Me quisiera hacer opinar sobre una frase entusiasta de Jordi Pujol a propósito del legado político de Candel. Me niego a que grabe la respuesta que le hago en off. No quisiera aparecer en primera plana con una frase polémica. Cada uno sobrevalora a los suyos, es una reacción humana ¿no?

Mañana por la mañana emprenderemos el viaje de vuelta a Francia.

Yo lo haré con un torbellino de frases e imágenes en la mente.

Tres días son poca cosa, pero, a veces, superan años.

©Pierre-Alain GASSE, 6 de julio de 2014. Todos derechos reservados.

Sábado 5 Julio 2014

2 de julio de 2014 - Intervención en el Institut d'Estudís Catalans de Barcelona

Con motivo del quincuagésimo aniversario de la publicación del bestseller "Los otros catalanes", la Fundación Paco Candel organizó a lo largo del año 2014 una serie de manifestaciones en honor del escritor y el dos de julio tenía lugar una conferencia titulada "Francesc Candel i la seva obra" en la que este su servidor pronunció la siguiente alocución en presencia de la hija y de la ultima compañera del autor, fallecido en 2007.

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Lunes 17 Febrero 2014

Los Fuegos de Mayo


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Todavía no había emigrado del casco urbano la Facultad de Letras de Rennes. Se ubicaba al fondo de una plaza cuadrada, refugio y cuartel general de una de las numerosas pandillas de mendigos de la ciudad. Por fuera, era un gran cuadrilátero de tres pisos, austero y sombrío. Por dentro, aulas, anfiteatros y despachos venían distribuidos alrededor de un patio de masivos soportales de granito. Oscuros corredores, chirriantes escaleras, anfiteatros de butacas consteladas con graffiti, ahí flotaba un olor particular a papel viejo, polvo antiguo y tarimas enceradas. Al viejo caserón le sacaba temblores nuestra juventud cuando irrumpíamos en las escaleras, al final de las clases.

El elenco profesoral, en su mayoría, era a imagen y semejanza del edificio. En la cumbre jerárquica reinaban como mandarines los viejos catedráticos sobre una clase humilde de profesores adjuntos, ayudantes, asistentes, laboriosos y retraídos. De esta monotonía anónima, sólo emergían unas pocas personalidades de mayor impacto que intentaban sacudir la venerable institución. Éramos en 1966. Prestando el oído con atención a los rumores de pasillo, uno sin duda presintiera la explosión que había de suceder dos años más tarde, pero la Universidad seguía siendo un ghetto atrapado en tradiciones seculares e increíbles pesadeces administrativas y sus estados de ánimo dejaban indiferente o casi a la opinión pública y las esferas dirigentes del país.

Yo descubría encantado mi nueva vida. Vivía alquilado en casa de una vieja señora refunfuñona y avariciosa. Pero no existía alternativa. Tenía que apañármelas con el importe de la beca. El cuarto estaba en el primero y el baño en el rellano. El váter, por su parte, se encontraba en la planta principal, debajo de la escalera. Parqué encerado, cama de hierro, edredón de pluma, armario antiguo, mesa de trabajo y... estufa de carbón. Desde Todos los Santos hasta Pascuas de Resurección, o sea durante casi todo el año universitario, cada día había que encender esta estufa. Ir a por carbón, cubo tras cubo, al sótano. No tiraba bien la chimenea, en particular cuando soplaba el viento de oeste, lo que por desdicha era lo más frecuente, y muchas veces tenía que abrir la ventana para extraer el humo de la habitación.

Recuerdo que la puerta del váter venía constelada de recomendaciones conmminatorias: "No se olvide de tirar de la cadena, de apagar la luz y por favor no despilfarre el papel higiénico". Y todo por el estilo. Estaba prohibido cocinar, lavar la ropa, recibir visitas femeninas. Varios años después de acabados mis estudios superiores, el inagotable tema de los líos con los propietarios solía volver en mis sueños. Eso para decir hasta qué punto me marcaron aquella época y esas nuevas condiciones de vida. En uno de estos sueños, todavía lo recuerdo, me enfrentaba con una dueña bigotuda que sin tregua iba cambiando los muebles de mi habitación según sus antojos y los sucesivos reacondicionamientos de su hogar. Lo único en permanecer era mi cama de hierro con sus bolas de cobre... Por suerte, un amigo había alquilado la habitación del otro lado del rellano. Nos desayunábamos por turno uno en casa de otro y no surgía ningún problema en el uso del cuarto de baño.

Con las once o doce horas lectivas a las que teníamos que acudir semanalmente nos merecíamos la fama de ser alegres vagos así como la envidia de nuestros colegas de Ciencias o Medicina. No obstante, se me iban las jornadas tan pronto que a menudo llegaba el día siguiente sin que me diera tiempo a cumplir con mis escasas obligaciones. Menester es precisar que no había película, concierto o espectáculo de interés a los que faltáramos. Además, como cada uno sabe, el principal refugio del estudiante es el bar; allí encuentra calor y se pasa horas echando abajo el mundo, inventándose la vida delante de un café con leche o una caña. A las mesas de formica, entre la humareda azulada de los pitillos era donde nos jugábamos la vida. Se formaban los grupos en función de los encuentros, con el paso de las clases y de los días, a merced de los guateques.

Al año siguiente, obtuve algunas horas de enseñanza en un colegio rural, regido por los HH de Ploërmel. Ya que estudiaba francés, me dieron cinco horas... de inglés - pues, si a uno le van bien los idiomas... - tres horas de educación física y la suplencia de los profesores de baja.

Dos días a la semana viajaba allí. Me encontraron alojamiento en la casa cural, en un inmenso cuarto de paredes desnudas, que lindaba con el desván. ¡Era siniestro, pero gratuito! Con cierta aprensión daba yo mis primeros pasos de profesor, pero estos alumnos campesinos, suertudos en poder estudiar más allá de la primaria, tenían sed de saber y nunca tuve clase más atenta. También impartía educación física a los dos sexos y, para colmar las lagunas de un saber libresco adquirido con prisas, por gusto personal y sobre todo porque relieve y paisaje se prestaban admirablemente a ello, aquel invierno hicimos muchas carreras por los bosques y los caminos alrededor. Acostumbrados al aire libre y al esfuerzo físico, las marcas de esos zagales más de una vez me asombraron.

Se aproximaban los exámenes, era final de marzo y de repente estalló ardiendo la Universidad en contra de un enésimo proyecto del Gobierno. A principios de mayo la huelga general paralizó el país. Se desparramaron los estudiantes por las calles, se cubrieron los muros de pintadas vengativas, blasfematorias, indecentes, perentorias, poéticas... Las paredes hablaban. Con letra negra o roja. El rojo y negro que flotaban en los cortejos, que se izaban a las cumbreras de los edificios. Temblaban los burgueses detrás de sus ventanas, cerrados los postigos. Los prefectos recurrían a la guardia. Se desempedraban las calles. Se insultaban unos y otros lanzando adoquines y granadas lacrimógenas. Estaba en marcha la Revolución, decían unos, y para mañana el día del triunfo clamaban otros. En los anfiteatros transformados en asambleas del pueblo, la gente se reunía sin tregua. Ahí comía, bebía, dormía, y más si se terciaba. Arengas, votaciones y mociones a granel. No paraban las ideas. Una inmensa esperanza de cambio levantaba los corazones y hacía olvidar el cansancio. Al final se aplazaron a setiembre los exámenes : el follón pudo más que la máquina universitaria.

Yo nunca me había interesado en la política ; todavía no había votado porque sólo iba a cumplir veintiún años dentro de unos meses. En casa, estaban a favor de De Gaulle, por admiración patriótica y luego por costumbre, pero nunca se habló de política ante mí. No se hacía política. De sobra bastaba con ganarse el pan de cada día.

Desde hacía dos años, venía agitada la Universidad por huelgas esporádicas y protestas en contra de la guerra del Vietnam, pero ¡me caía tan lejos el Vietnam!

Pero eso era diferente. Estábamos en el corazón de la acción y yo tenía que elegir mi bando. Al principio me dejé llevar por la corriente. Acudí a las asambleas de mi departamento. Luego, seducido por el ambiente, fui voluntario para diversas tareas. Había que popularizar las posiciones nuestras. Así fue cómo me puse del lado del cambio. No porque me molestase el orden establecido. Para decir la verdad, ni lo había pensado. A los dieciocho o veinte, no siempre tienes conciencia de que la vida personal que tratas de construirte mucho tiene que ver con la sociedad en la que vives. Yo era hijo de artesano y luego de tendero, así sin quererlo pertenecía a la clase media. Criado en una pequeña ciudad burguesa, me había adaptado al molde que encontré. El mes de mayo 68 me abrió los ojos. Descubrí la lucha de clases y las demasías de la dictadura del proletariado, el encanto y los riesgos de la autogestión, los límites del reformismo y los peligros de la revolución. En el terreno, a través de las oposiciones y los enfrentamientos, a veces violentos, de las diferentes facciones organizadas dentro de la Universidad. Yo había leído a Marx sin comprenderlo bien. Ahora tenía bajo los ojos los ejemplos que me faltaron. Curiosamente, la profusión ideológica de mayo 68 lo esclarecía todo para mí y salía a la luz una evidencia: el socialismo en la libertad era el objetivo a alcanzar.

No marcaba el final de mis descubrimientos.

Se suspendieron las clases. En la casualidad de una protesta más, mientras el cortejo, erizado de banderolas y esloganes vengativos iba subiendo hacia la Prefectura, los guardias de las compañías de seguridad, mantenidos con el arma descansada desde varios días atrás, recibieron la orden de cargar para impedir el acceso a la plaza. Una salva de granadas lacrimógenas había enrarecido el aire, se taparon las caras con bufandas y fulares y, de repente, entre la acre humareda, en un ruido sordo de borceguíes a paso de carrera, empezaron a llover porrazos sobre los grupos con casco que encabezaban la mani. En seguida fluyó el cortejo hacia las calles adyacentes, a excepción de los pocos excitados que soñaban con vérselas con la poli. Fue breve y violenta la carga. Refugiado en el portal de un providencial edificio, dejé pasar la tormenta. ¡Al neorevolucionario del menda todavía le amedrentaban el uniforme y la porra! Se desalojó el bulevar tan pronto como se llenó. Acá y acullá, en el empedrado, yacían algunos cuerpos y, muy cerca de mí, del otro lado de la calle, contra un dos caballos Citroën, una chica con minifalda, recostada la cabeza en su bolso. Desmayada, tal vez. Acudí en su auxilio, arrodillándome a su lado. Estaba consciente, pero se cogía la cabeza entre manos y menudo chichón tenía en el cuero cabelludo de donde manaba poca sangre.

— ¿Se siente bien?
— No de maravilla. Vaya mamporro me arrearon en el cogote.
— ¿Se puede levantar?
— Voy a intentarlo, con su ayuda.

La acompañé hasta el banco más cercano, donde pudo volver en sí del todo, antes de proponerle un café para reponernos de estas emociones. Pero, mirando su reloj, denegó con la cabeza:

— Lo siento, pero tengo que volver a casa, si no se van a inquietar por mí.

Nada más normal. ¿Qué decir a eso? Aquel miércoles, como cada semana, acudí a la Cámara Negra, el cine-club del cual era socio, a la sesión de las cinco. Llegué con algún retraso y tuve que alcanzar mi butaca en la oscuridad, guiado por el foco incierto de la lámpara de mano de la acomodadora. Cuando iluminó el asiento que me correspondía, con sorpresa reconocí a mi lado la misma minifalda con cuadros en las mismas piernas ahusadas que durante la mani de la mañana. ¿Signo del destino? Durante el descanso, compré una bolsa de caramelos de menta.

— ¿Quiere uno?

Me miró fijamente un momento, antes de identificarme:

— Es Vd quien... ¿verdad?
— Sí, soy yo. ¿Y ese chichón?
— Va mejor. Le puse hielo.
— Por segunda vez en el mismo día nos encontramos, es un signo, ¿no le parece?
— ¿Cree Vd?

Pero ya bajaban de intensidad las luces de la sala y recitaba con énfasis el proyeccionista: "Señores espectadores, ha terminado el descanso; sírvanse volver a sus asientos". A continuación aparecieron en la pantalla los créditos de "El año pasado en Marienbad".

La luz blanquecina de una salida de emergencia alumbraba con escasez las primeras butacas de la fila en que estábamos. Desde el brazo de mi asiento, lentamente deslicé la mano hacia las rodillas descubiertas de mi vecina. Me temblaron los dedos al entrar en contacto con la seda artificial de las medias. Adiviné la crispación de una mano en el bolso puesto el el regazo. ¿Qué ocurre en la cabeza de las chicas en aquellos momentos? ¿Cómo nace su deseo? ¿Les abrasa tan pronto y con tanta fuerza como el nuestro? Siguieron avanzando mis dedos hasta que la palma de mi mano sintiera el dulce calor del cuerpo que vibraba a mi lado. En mi pecho, me daba saltos el corazón. Mil veces, en mis sueños, había imaginado lo que estaba sucediendo. Y esta vez, ¡era realidad! Con lentitud, seguía progresando mi mano hacia la que apretaba el bolso. Y se cumplió el milagro. Cuando entraron en contacto con los míos, se abrieron sus dedos y se entrelazaron nuestras manos en el momento en que intercambiamos en la penumbra una primera mirada.

Pasarle el brazo derecho alrededor de los hombros ; atraerla hacia mí para besarla. ¿Iba o no a conséntirmelo? Yo vacilaba ; fue ella quien se ladeó entonces y sentí su pelo acariciarme la mejilla. Respiraba su perfume cobrizo. Mis labios rozaron su piel. Entonces giró la cara hacia mí y se tocaron nuestras bocas un instante antes de que nos besáramos con ansia y soplo corto. Su mano guió la mía hacia el espacio secreto de sus ahusados muslos. Se apresuraban mis dedos por el nailón, subiendo hacia la cintura para deslizarse bajo el leotardo y encontrar el calor de la piel, el encaje de la braguita y por fin el rizado triángulo de un vello púbico en el que se internaron. Cara contra cara, pronto sentí contractarse su cuerpo e invadirla el placer. Yo también estaba al borde del orgasmo, pero ya se iba el divino momento. Rompiendo nuestro abrazo, de súbito se levantó y salió de la sala. La seguí, alcanzándola por el brazo en la acera:

— No se vaya, se lo ruego, no de esta manera.
— Déjeme.

Se había endurecido su cara, de intranquila como estaba.

— Venga a tomarse un café y luego la dejo en su casa.
— No, déjeme.

Tuve que asegurarla que no entraba en mis planes emprender lo que fuese en contra de sus deseos para que consintiera en seguirme.

Penetramos en el primer bar que se terció y hablamos de todo y de nada. Excepto de lo que acababa de pasar entre nosotros. Todavía éramos dos extranjeros.

— ¿Y cómo se llama?
— Paca.
— ¿Y Vd?
— Julián.
— Es bonito, Julián.
— ¿Le parece? A mí me suena demasiado viejo, pero no pude dar mi opinión, ¿verdad?...

Ahí estábamos, sentados uno enfrente de otra, en banquetas de rojo y frío molesquín. Charlando de los estudios, los acontecimientos, nuestros gustos, nuestros ocios. Pie a pie, paso a paso, cada uno se dejaba descubrir por el otro. Nuestras miradas se evitaban y luego se cruzaban, invenciblemente atraídas.

— Paca, no nos vamos a separar así. Venga, la llevo a cenar a un pequeño restaurante en la zona del Mercado ; verá cómo se va a chupar los dedos.

Tardó unos segundos en contestar. Ya sin vergüenza, yo de mis insinuaciones, ella de su placer, no teníamos más ganas de separarnos.

Por primera vez me miró sonriendo :

— Bueno, vale.

Era el mes de mayo y sobre la ciudad soplaba un viento nuevo. Estaba viviendo mi primer amorío. No pasaría a mañana, pero ¡mañana quedaba tan lejos todavía!

Durante nuestra cena frente a frente, observé con atención a Paca. No era realmente bonita: sus facciones eran regulares sin llegar a hermosas; sus labios sensuales, pero un tanto espesos, su pelo rubio, pero decolorado. No, no era de veras bonita, sino "sexy" como se dice; lo sabía y tal vez le valiera un poco para vivir.

Acabada la cena, volvimos al cine, como novios recatados esta vez, pero yo temía el final de la película. Es que no podía llevarla a casa de la arpía de mi dueña, sin arriesgar con encontrarme en la calle al día siguiente. Tomar una habitación en un hotel. Había que rellenar una ficha. Nunca me atrevería a afrontar las miradas reprobadoras o cómplices de la gente. Además, sólo me quedaban cuarenta francos en el bolsillo. Mi coche, un R4, ni pensarlo sin vocación de acróbata.

Montamos en coche y circulé un momento sin rumbo. Pronto, escasearon las construcciones. Estábamos en las afueras. Paré el vehículo en la boca de la primera cañada que se presentó. La noche era cálida y llena de estrellas.

Vamos andando en la sombra. Ladra un perro y nos estremecimos. Un muro viejo nos ofrece apoyo. De pie uno contra otra, con torpeza intento desvestirla.

— No, aquí no, Julián.

Cruzamos el camino para entrar en un campo de trigo en cierne en el que caemos enlazados.

En un coito torpe y apresurado, fue esta noche cuando descubrí el amor, con miras estrechas, las que no dejan ver sino el instante del placer.

Mientras estábamos reordenando nuestro atuendo, nos vino el tuteo.

Aunque sólo hubo acuerdo físico entre nosotros, conservo intacto el recuerdo de mi iniciadora, chica en flor, deshojada con demasiada prisa en el ardor de los fuegos de mayo.

Nos volvimos a ver, una vez, a alguna distancia de aquel día, pero se había fugado el bonito mes de mayo y los fuegos que encendió se habían apagado.

©Pierre-Alain GASSE, 1982-2001, versión española, noviembre de 2013.

Jueves 5 Septiembre 2013

Pensión España


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Yo era entonces un quinceañero sombrío y romántico.

Mis padres, con recomendación de mi profesor de castellano, me habían matriculado a un curso de verano de la universidad de Zaragoza que cada año se daba en Jaca, pequeña ciudad cuartel del pirineo aragonés, donde se suponía que haría menos calor que en la abrasante llanura zaragozana. Pronóstico que al menos ciertas noches se cumplía.

Tras minuciosos preparativos y no pocas recomendaciones, con maleta nueva de cremallera, salí de casa. No iba solo sino con un compañero de clase, llamado Juan Claudio, guardiameta apodado "Chiquito", lo cual le venía mal, por ser de estatura superior a la mía. Partimos el 5 de julio.

Nos esperaba un largo viaje en tren hasta Burdeos y luego hacia Pau; después hasta la frontera y desde allí a nuestro destino final.

Viajamos úfanos de esta nueva libertad aunque interiormente inquietos de perder una correspondencia. Por suerte, todo nos fue bien. Yo, ya había viajado a Roma en tren y conocía un poco el mundo ferroviario, sus sorpresas y demoras.

En la majestuosa estación Internacional de Canfranc, nos transbordamos de nuestro tren procedente de Pau al español de vía ancha Canfranc Zaragoza. Allí nos esperaba el lector de nuestro instituto, un hombre seco y enjuto, marcado por secuelas de una poliomielitis infantil, bajo cuya custodia estaríamos durante nuestra estancia. Nativo del lugar, había sido debidamente aleccionado por nuestros padres en cuanto a la conducta que debíamos observar.

Ardía julio sobre la Jacetania. El automotor de pocos vagones iba bajando los 384 metros de declive entre Canfranc Estación y Jaca ondulando para seguir las curvas del terreno hasta la ciudad dormida al pie de su ciudadela. Mal asentado en las banquetas de madera yo iba contando los tuneles y los puentes : recuerdo que llegué respetivamente a 19 y 8, contando el del Somport. ¡Menudo trabajo para 25 km de recorrido !

¡Qué contraste entre el ameno Pirineo francés, todo prados verdes al pie de contrafuertes poblados de tupidos bosques y diminutos pueblos y este campo raso, esos ríos secos y aquellas peñas áridas! Incluso con todas las ventanas abiertas, el aire que nos llegaba quemaba piel y boca. Y ya desde rato yo tenía vacía la bota metálica atada al cinto.

Sólo el cristalino río Aragón seguía rodando cantos entre sus aguas. Todos los demás arroyos y riachuelos estiraban sus lenguas de piedra al sol aplastante.

Así fue cómo descubrí España aquel verano 1963, unos meses antes de cumplir 16.

Con presentación de Antonio que había gestionado la reserva, nos alojamos en la Pensión España, una que se situaba en la entrada de la calle Mayor, número 13. La regía Doña Herminia, una diminuta señora enlutada, dotada de una voz estentórea.

— Hola, buenas tardes, mozos. En seguida os acompaño a vuestra habitación. Está en el segundo y da a la calle. Entra el sol por la tarde. 

Recuerdo que nos tocó una habitación encalada que daba a la calle por un pequeño balcón de hierro forjado. La poblaban dos camas de madera oscura con colcha blanca, una mesita de noche entre las dos, otra mesa pequeña con una silla y punto. Ducha escueta, lavabo y váter al lado.

A continuación, nos enseñó Doña Herminia el comedor donde se serviría la cena a las diez y cuarto. ¡Qué barbarirad de horario para nuestros estómagos! Situado en el primero, era una gran sala oscura poblada de pequeñas mesas cuadradas, cubiertas con mantel de algodón blanco.

Estos cursos internacionales de verano tenían la edad de Cristo, agrupaban alumnos de segunda enseñanza como estudiantes de más años e iban divididos en dos períodos de unos 140 matriculados cada uno. El nuestro empezaba el domingo 7 de julio para terminar el 3 de agosto.

El lugar era frecuentado esencialmente por alumnos de la zona sur de Francia entre los cuales destacaban los de Burdeos yTolosa. Toda una tropa de jovenzuelos y jovencitas en pos de amores veraniegos, autóctonos o no, amén de clases de gramática, literatura y arte impartidas por eminentes profesores zaragozanos.

Esto era una torre de Babel en la que, aparte del inglés, el único idioma común era el castellano. En efecto, si nuestro país representaba los dos tercios del alumnado, con gran mayoría de chicas, el resto venía de toda Europa : Suecia, Irlanda, Gran Bretaña, Dinamarca, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, Alemania, Austria, Suiza, Italia, Grecia, pero también de África con Marruecos y de América con Estados Unidos y Canadá. Completaba el panorama un puñado de españoles extraviados en aquella turbamulta extranjera. 

La mayoría se alojaba en la Residencia del centro y allí entablaba relación con quién podía, pero ¡nosotros no! Íbamos por libre, lo que fue mala idea, por lo menos para el tímido que yo era e incluso cuestión de precio, pero ya no había remedio.

Jaca entonces, se reducía a unas calles y parajes que fácilmente se recorrían en unas horas, aparte de la ciudadela, cerrada todavía a cualquier visita que no fuese militar. Pero no hubiera sido perla del Pirineo aragonés de no dominarla la famosa Peña Oroel, cuyo nombre me ha venido a la mente tan pronto como convoqué aquellos recuerdos de medio siglo atrás. Con sus 1769 metros de altura, su tabla inclinada y su cruz monumental, de cualquier punto de la ciudad se deja ver por distar de ella de seis kilómetros apenas. Fue uno de mis pesares que el programa de los cursos no me permitiera realizar la excursión a esta cumbre en la que repercute sobre la ciudad el eco atronador de las frecuentes tormentas veraniegas.

A las doce y media del domingo 7, en el Teatro de la Unión Jaquesa, se celebró el acto de apertura de los cursos en presencia de todas las autoridades civiles, militares, religiosas y diplomáticas de la comarca. ¡Excelentísimos e Ilustrísimos a granel! Tras un par de discursos del señor alcalde y del decano de la Facultad de Letras de Zaragoza, empezó la conferencia inaugural a cargo del Director General de Bellas Artes que disertó sobre la universalidad del arte románico. Mucha erudición y una lengua de clasicismo rancio que rápidamente me aburrió.

En fin, hora y media más tarde se declaró inaugurado este trigésimo tercero curso de verano. Menos mal, me rugía la tripa desde hacía rato.

Mis padres me habían hecho prometer una carta semanal. Después de la muerte de mi madre, tuve la sorpresa de ver que había guardado las cinco que mandé y las he recuperado.

Escrita con renglones seguidos, rezaba así la primera:

"Jaca, domingo 7 de julio:

'Queridos padres:

Sin duda habréis recibido mi postal de Pau cuando salga esta carta para Francia. Sólo llevamos 36 horas aquí y sin embargo ¡tanto tengo que contaros ya! Bueno, también os voy a hablar de nuestro viaje de Pau a Canfranc, en la frontera. Este centenar de kilómetros nos ha costado dos horas y media recorrerlo. Tuvimos la suerte de ir sentados y una vieja señora muy simpática entabló conversación, pero hacía un calor espantoso. Nos pidieron los pasaportes para devolvérnoslos en la aduana por la que pasamos sin dificultad. En Canfranc nos esperaba Antonio. Luego, tomamos el "TAF", Tren Automotor Fiat, (lo que nosostros llamamos "micheline") que nos bajó a la estación de Jaca. Resulta muy impresionante circular por las montañas: a veces, sigues un precipicio abrupto, otras, murallas enormes de roca dominan la vía. Sin embargo, la más pintoresca etapa de nuestro viaje sin discusión fue la última. Desde la estación a la ciudad (de unos 10000 vecinos) un servicio de autocares transporta a los viajeros. Pero, ¡habriáis de verlos! Son camiones destartalados de antes de la guerra, con al interior dos banquetas longitudinales. Y todo el mundo se sienta alegremente ahí dentro lo mejor que puede. Íbamos tres franceses porque dimos con una chica que se hospeda en la misma pensión que nosotros. Por lo que atañe a ésta, la dueña parece muy simpática, la cocina es excelente y nuestra habitación da a la calle. Aparte de una mesa de pata coja, no hay motivo de queja. Ayer después del almuerzo, es decir sobre las tres, visitamos la ciudad y descansamos en un banco del parque. Sobre las 7, nos tomamos un trago antes de darnos una vuelta por los autos de choque (que también existen aquí) y fuimos a visitar a los padres de Antonio. Llovía. Cenamos a las diez y media. Deciros si dormí bien es inútil. Cuando nos levantamos, eran las nueve y media. Nos desayunamos, rellenamos las fichas de admisión, fuimos a misa a la catedral (Jaca es obispado). A las doce y media, tuvo lugar el acto de apertura de los cursos con una conferencia. Luego, antes de almorzar, fuimos a ver a la familia en la que estaba Juan Claudio el año pasado. Tienen cinco chicos, viven en una vivienda protegida y son muy simpáticos. Parece que, a pesar de ser mi primera estancia, hablo muy bien español. Acabamos de comer. Son las cuatro menos diez. Juan Claudio ya ha terminado las escrituras. Vamos a dar un paseo. Esta noche, creo que Antonio nos va a llevar al cine. Mañana iré al banco. Todo va bien. Hace buen tiempo. Ya termino con besos fuertes.

Vuestro hijo

Pedro''

El contenido de las clases era de nivel universitario en muchos aspectos, adaptado a la enseñanza para extranjeros en otras. Así veníamos divididos en dos niveles, elemental y superior, repartidos a su vez entre hablantes de lenguas románicas y hablantes de idiomas anglosajones.

Teníamos tres horas de clase por las mañañas y, por desdicha, una de cuatro y media a cinco y media que te jodía la tarde. La primera clase de la mañana, de nueve a diez, era de lectura y conversación. Tras una pausa de diez minutos, la seguía una de gramática en la que el profesor Monge pasaba revista a todas las categorías gramaticales, desde los artículos a las onomatopeyas. La tercera hora, durante la primera semana se dedicó a los grandes poetas españoles, a cargo del profesor Blecua que abarcó un extenso panorama desde las jarchas hispanoárabes hasta Federico García Lorca. ¡Cada mañana asombraba al elenco femenino como masculino con un terno de seda tornasolada diferente!

La segunda semana, se dedicó al tema "España, un país en vías de desarrollo económico", la tercera, el Director de los cursos impartió clases de Historia de España y la última, el profesor Torralba Soriano me encantó, hablando de "los grandes maestros de la pintura española" e ilustrando su propósito con diapositivas de los cuadros más famosos. Yo ya conocía buena parte de ellos porque nuestro profesor nos enseñaba recurriendo a proyecciones desde hacía tres años. Así que me pude lucir un poco.

Se daban las clases en aulas altas y sonoras provistas de sillas con una pequeña tableta móvil para tomar notas que era toda una novedad para mí. Tomar notas al vuelo en castellano durante buena parte de estas tres horas mañaneras te dejaba aturdido y se imponía una buena siesta reparadora.

La clase de la tarde era de prácticas : ejercicios gramaticales, trabajos de composición en español, traducción directa e inversa. Claro, ya que necesitaba más esfuerzos por parte nuestra, era la que más nos pesaba. Además, la sala se había recalentado toda la mañana y con la digestión nos invadía una modorra difícil de superar a veces. Así era de poca eficacia y asistencia siempre más reducida.

En la pensión, el menú era repetitivo y poco abundante para estómagos jóvenes: para el almuerzo, ensalada mixta, (tomate, cebolla, lechuga, aceituna), filete con patatas o pescado frito, y de postre, flan casero, mi preferido, o fruta dura como la piedra y alguna que otra vez, helado de corte. Para la cena, caldo de pollo o sopa de letras, luego el primer plato que no tuvimos para el almuerzo o verduras o macarrones con salsa de tomate y por lo general una fruta, melocotón, pera o manzana. 

Esta descubierta de la cocina española entrañaba muchas sorpresas: aquí se ignoraba la carne roja, los filetes eran finos y de ternera, alternando con lomo de cerdo; cuando se decía "con patatas fritas" significaba con medio puñado todo lo más y un trozo de pimiento morrón, las verduras se servían como otro plato, el pan era blanquísimo y compacto con una corteza friable. Teníamos vino, tinto, rosado o clarete: la época seguía viéndolo como bebida higiénica. El café era de calceta. Pero de toda esta comida, lo que más me gustó, lo verán en la segunda carta que mandé a mi familia al cabo de mis seis primeros días en tierra jaquesa:

"Jaca, a 12 de julio,

Queridos padres,

Mañana ya terminará nuestra primera semana aquí. Cuando doy comienzo a esta carta, acabamos de volver bajo la lluvia de una excursión al Monasterio de San Juan de la Peña, situado a 27 km de Jaca. Allí hacía buen tiempo. De la enseñanza no tengo nada que decir sino que nos cuesta levantarnos para las nueve ya que nunca nos acostamos antes de las once, con la cena a las diez y cuarto de la noche. Ayer lavé mis dos primeros pares de calcetines. Cada día, a las doce, después de las clases vamos a la piscina de la Universidad hasta las dos, hora del almuerzo. Después echamos siesta hasta las cuatro. A las cinco y media, libres ya, nos vamos a sentar en el parque a leer o charlar y luego a beber un trago en El Somport, la cafetería donde se reúnen los estudiantes. En cuanto a las comidas, debo decir que si la cocina es buena, el menú cambia poco y no peca por abundancia. Sin embargo, hay una cosa que me gusta mucho : es el pescado. Comemos cada día, y no sé cómo lo preparan, pero lo encuentro excelente. Ayer por la tarde hicimos fotos por la ciudad. Para hablar del dinero, hasta ahora mis gastos alcanzan la cantidad de 253 pesetas. Cuando fui al banco, el cambio efectivamente estaba a 12,09. Claro, además de lo dicho, cabe añadir las mil pesetas de las clases. Actualmente me quedan 4567 pesetas y unos dos mil francos. A Antonio sólo lo vemos los domingos porque trabaja en Canfranc y vuelve cada noche sobre las diez. No tengo idea de lo que yo podría traer a Gerardo. Para darte una idea del precio de los cigarrillos, aquí un paquete de calidad equivalente a las "Gauloises" cuesta unos sesenta céntimos. Nada más por el momento. Así que me despido con besos cariñosos. Hasta pronto.

Vuestro hijo

Pedro''

Cuando vuevo a leer esta carta, como la primera, me salta a los ojos su carácter a la vez informativo e intrascendente, perdido en los detalles y sin mucho análisis de la situación. El franquismo todavía vivía buenas horas, la censura seguía vigente y yo, por naturaleza, repugnaba a expresar mis sentimientos. Me pregunto qué idea se formarían mis padres de esta primera estancia española. Del contenido del curso, ni una palabra, de mi roce con las primeras chicas de mi vida, ni hablar, claro, de mi convivencia con Juan Claudio, no más. A distancia de cincuenta años, todo eso me suena a lenguaje estereotipado e historia oficial.

Lo malo es que se fugaron de mi memoria la mayoría de los recuerdos de este verano y sin el folleto recordatorio del curso que he conservado y algunas fotos de negro y blanco hechas con mi Brownie Flash Kodak, mucha dificultad hubiera tenido para reconstruir todo esto.

Aparte del consabido paseo, antes de la cena, cuando el sol ya iba declinando, y la gente se derramaba cual manso rebaño por Calle Mayor y Paseo de la Constitución, las diversiones eran pocas para gente tímida como yo. Me daba miedo entrar a los bailes que se daban en el Casino tanto como a las verbenas que tenían lugar en la piscina municipal. No sabiendo ni bailar ni nadar, me era difícil salir del anonimato. En el cine, por la censura vigente, todas las películas venían con cortes en los momentos buenos, lo que a veces daba resultados que movían a risa, y otras te hacía incomprensible la historia.

Por suerte, teníamos un programa bastante nutrido para evitar demasiado aburrimiento. Entre las clases, las conferencias, las lecturas, las misas, los paseos, los cafés, la piscina, las comidas, pasaban rápido los días y ya se aproximaba la mitad de la estancia:

''Jaca, a 17 de julio

Queridos padres:

Ayer recibí vuestra carta y pienso que ya recibisteis mi segunda, escrita el pasado viernes. Aquí, pasa tarde el cartero (entre la una y las dos) y da pitazos para avisar a la gente que se presenta en el umbral de las puertas a recibir el correo. Otra costumbre curiosa es la del sereno que cada noche, sobre las doce, recorre las calles con las llaves de los inmuebles para cerrar las puertas. Las clases siguen desarrollándose muy bien. El viernes pasado, al volver de la excursión, tuvimos une fuerte tormenta que duró toda la noche y, a la mañana, no había agua para lavarse porque estaba negra. En cuanto al precio de la pensión, he cuestionado a la patrona: creo que pagaré unas 3750 pesetas, lo que equivale a 30 000 francos. Finalmente, resulta un poquitín más caro que en la Residencia, pero a lo hecho, pecho y también conviene decir que la diferencia es mínima. Por lo normal el tiempo es bueno, aunque tormentoso. He escrito casi a toda la familia, sólo me queda una carta para la tía Blanca. El domingo, fuimos con Antonio a "Casa Paco", la tasca típica donde recalan todos los estudiantes de aquí. Ayer vimos pasar dos coches de nuestro departamento. También me he enterado de los resultados de los exámenes porque los padres de Juan Claudio le han mandado recortes de los periódicos. Otra cosa : creo que vuestras cartas llegarían más pronto si debajo de "Jaca", pusierais "Huesca" que es la provincia donde se encuentra la ciudad. Tranquilos, que me las apaño muy bien con mis calcetines que siguen sin agujeros. ¿Qué más decir? Que dentro de 19 días pienso estar en casa. Sin duda saldremos por la mañana del día 5 porque este año marca el 9° centenario de la catedral y con este motivo dan una gran fiesta aquí el domingo 4. Ah, bueno, también quiero deciros que a la mesa con nosotros tenemos a una pareja de Zaragoza muy amable y muy divertida. Termino con besos a todos.

Pedro"

Un mes es mucho tiempo. En la pensión, día tras día, comida tras comida, llegamos a conocer a nuestros vecinos de mesa. Entre éstos figuraban dos familias zaragozanas. La primera había venido de un barrio popular de la capital a pasar una temporadita sin los chicos confiados a los abuelos. La segunda tenía un chico de dos años menos que yo, espigado y enclenque, y una chica de cuatro o cinco años. La madre era dicharachera. El padre algo bizco. Él trabajaba de camarero, ella hacía sus labores.

El día en qué la patrona me distribuyó la primera carta de mis padres, vi que el chico, en la mesa de al lado, se interesaba por los sellos que iban en ella. Y al poco rato, tuve la sorpresa de ver delante de mí a esta mujer cuarentona, diciéndome con ese típico dejo aragonés:

— Perdone que le importune así, joven, pero mi hijo Antonio colecciona los sellos. ¿Le importaría pasarle los que reciba mientras estamos aquí?

Yo, que no tenía corresponsal español, abracé la ocasión:

— En absoluto, señora. Yo también colecto sellos, pero éstos ya los tengo. Si su hijo quiere, podemos hacer intercambios.

Así empezó la cosa. Cambiamos las direcciones. Y correspondimos, intercambiando sellos. Al año siguiente, mi real descubierta de la vida española, la hice en aquella familia cuando esta buena gente me acogió en su piso zaragozano de la calle Ávila. No tenían calefacción, pero sí televisión y teléfono, aparatos todavía desconocidos en casa. Era otro mundo para mí.

''Jaca, a 26 de julio.

Queridos padres:

Acabo de recibir vuestra carta junto con otra de mis hermanos. ¿Qué ha ocurrido desde mi último mensaje? Un montón de cosas, aunque el fin de semana ha sido tranquilo. Aquí hace un calor de mil demonios, sobre todo por la tarde y, durante la noche, con la ventana abierta, hasta las tres de la madrugada oímos a los trasnochadores que vuelven a casa desgañitándose. El sábado, cundió la gente para acoger al arzobispo de Sevilla, antiguo obispo de Jaca: música, desfile militar, misa mayor solemne con participación de media docena de prelados franceses. Se me olvidaba una cosa: el pasado jueves era la fiesta nacional española. Pensábamos ir de excursión al balneario de Panticosa, pero por ser externos, la Universidad sólo nos inscribe cuando quedan plazas y ya no había. Por desdicha, creo que va a pasar lo mismo esta semana para el parque de Ordesa. Bueno, será tanto dinero ahorrado. Hablando de dinero, hasta ahora gasté 513 ptas o sea 4104 francos. Cuando escribía que las clases costaban 1000 ptas o sea 8000 francos, bien se trataba de la totalidad. En cuanto a la pensión, la patrona no quiere que la pague por el momento, De toda manera, he guardado 4000 ptas, es decir 32000 francos para este concepto. Y de dinero de bolsillo, me quedan 350 ptas o sea 2800 francos. Las clases siguen sin novedad. También he encontrado un corresponsal de Zaragoza que quiere cambiar sellos conmigo. ¿Qué más? Vamos explorando los alrededores de Jaca, por la tarde después de las clases. Termino con besos cariñosos para todos vosotros.

Pedro"

Los domingos y feriados se realizaban en autocar las excursiones a los diferentes lugares de interés geográfico, etnológico, histórico o artístico de la comarca. Sólo recuerdo dos, la mencionada ya a San Juan de la Peña y otra a los valles y pueblos pirenaicos de Hecho y Ansó que me parecieron entonces atrasados, muy lejos de lo que han llegado a ser hoy en día. Pero ¡dénse cuenta de que hablo de medio siglo atrás!

La piscina, la de la Universidad como la municipal, eran los lugares de mayor interés para chicos y chicas de nuestra edad. Diría que era el terreno de caza natural de los dos sexos: ahí podíamos admirar a las chicas en bañador y hacer apreciar nuestra musculatura. Se respiraba tanta testoterona como aire casi, pero todo hay que decirlo: los tiempos todavía eran muy mojigatos, - en España más que en Francia -, e ir más allá de besos furtivos o caricias discretas en público era difícil.

Que yo recuerde, no llegué ni a lo uno ni a lo otro. Estaba enamorado antes de salir de Francia, y aunque me llamó la atención una chica de Burdeos, no logré integrarme en el coro del que formaba parte. Así que quedé fiel no por voluntad sino por obligación. Pero la frustración tuvo dos consecuencias: la primera fue que poco antes del final del curso le mandé una encendida declaración formal a la chica de mis pensamientos, citándola a primeros de setiembre en el parque que lindaba con su casa y la segunda que compré una pesada pulsera damasquinada con la que pensaba obsequiarla.

Quien haya leído el cuento "la pulsera damasquinada" ya sabe que ella no vino a la cita y que nunca me atreví a ofrecerle la pulsera.

Qué duda cabe, ni una palabra de todo eso transparecía en la última carta a mis padres, escrita el 29 de julio, una semanita antes del regreso a Francia:

''Queridos padres:

El sábado por la tarde recibí vuestra tercera y última carta. Ya os digo que llegaré el domingo 4 de agosto, sin duda sobre las dos de la tarde, pero no bajéis a la estación a por mis maletas, tomaré el autobús. Saldremos de aquí sábado a las doce, porque a Juan Claudio le ha caído un bautizo en casa de sus primos de París el domingo. Lo malo es que no nos va a permitir pasar los exámenes de fin de curso que tendrán lugar el mismo día, a menos que podamos pasarlos la víspera. Así llegaré a casa para la reunión de atletismo, me parece. Las clases siguen desarrollándose sin problema y el dinero me va a bastar perfectamente. Hace tres días, a casa de Antonio llegó Juan Pedro, el hijo del recaudador, que se va a quedar hasta setiembre. Del fin de semana, no tengo nada particular que decir sino que el tiempo sigue tormentoso y que cayeron cataratas otra vez anoche. El jueves era la fiesta de Santiago, día feriado aquí y fuimos a misa. Ayer, Juan Claudio fue a comer en su familia del año pasado. Mañana vamos de excursión a la montaña. Creo que el sábado va a llegar muy pronto. Con el lavado también me las apañé bien solito, pero ya os contaré todo eso en casa. Entretanto, os dejo con besos fuertes diciéndoos: ¡Hasta pronto!

Pedro''

''P.S. : Sobre todo, en caso de no estar a la hora indicada, no os preocupéis. Por ser domingo, es posible que haya algún cambio en los horarios."

Del viaje de regreso, no he conservado ninguna memoria.

De Juan Claudio no he vuelto a saber después del bachillerato.

De esta primera estancia española me quedan un amigo, un puñado de fotos de blanco y negro, el recuerdo de unos calores abrumadores y unas notas en carpetas polvorosas.

¡Cuánta depuración operan la vida y la memoria!

©Pierre-Alain GASSE, setiembre de 2013. 

Viernes 5 Julio 2013

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Foto : LukeFord, 2006 - TextoPix B. Vauléon, 2013.
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« Neque porro quisquam est qui dolorem ipsum quia dolor sit amet, consectetur, adipisci velit... » (No hay quien ame el dolor en sí ni lo busque ni lo quiera por lo que es...)
Cícero, De Finibus Bonorum et Malorum (Liber Primus, 32)

Preámbulo

En la Nacional 137 Nantes-Rennes, antes de Nozay, una inscripción con pintura blanca en el tablero de un puente intriga al viajero. Podría ser una pintada reivindicatoria, pero parece latín. En realidad, se trata de un texto de relleno (todos los grafistas saben de qué estoy hablando, en cuanto a los demás, vean (1), obra ilegal, llena de humor y sin firmar de un artista plástico nantés, Blaise Parmentier(2). Es el origen del título de este cuento.

I

Dolores salió del cuarto. En la cama deshecha, entre las arrugadas sábanas, un joven recostado bocabajo, con las nalgas al aire, parecía descansar con sosiego. Ella le echó una última mirada, conocedora y algo húmeda. Vamos, ya no era hora de efusiones ni desahogos. Habían tenido todo el tiempo del mundo para eso.

Hoy era otro día. Y esta noche, o mañana o más tarde, a su antojo, sucumbiría en otros brazos. Al menos, eso parecería.

En el vestíbulo, apretó el cinturón del impermeable, alzó el cuello de la prenda y ajustó el sombrero al tuntún. No quería que la luz despertase a quienquiera. A tientos en la oscuridad, encontraron sus manos los esparpines Pigalle, abandonados ahí mismo la noche anterior.

Descorriendo el pestillo de la cerradura, hizo girar a medias los goznes de la pesada puerta de roble ; gimieron éstos un poco, sacándole una mueca de insatisfacción. En seguida, se deslizó entre los batientes antes de volver a cerrar con toda la discreción posible.

Luego, con los zapatos en la mano, corrió escalera abajo por la alfombra roja hasta la cancela del zaguán.

Ni siquiera viuda, alegre y orgullosa de serlo.

De picos pardos en casa de un señorito, ¡un sueño!

II

"Con la sola ropa interior bajo el impermeable, ¿te mola?" Por ahora, ningún hombre había rechazado esta proposición. Bueno, sólo era su segundo. Pero ya le rondaba la cabeza ir a por más.

Por de pronto, tenía que darse prisa. Ni hablar de personarse en la agencia así vestida. Con lo que tardaría en volver a casa, borrar los miasmas de la noche y tomarse algo, corría peligro de llegar con retraso una vez más. Cuando Diego, su dueño, consideraba tomarla como socia dentro de poco, ¡no era de veras buen momento para ello! Además, hoy le caía conquistar un importante presupuesto. Su marca de zapatos preferida acababa de separarse de un asociado histórico y había confiado a la agencia su nueva campaña web. De llevarse la palma, sería la consagración para DB WebComAgency.

LLamó un taxi. Notó que el chófer fijaba con interés sus piernas bastante descubiertas al subir y en seguida cerró los faldones del impermeable:

— Mejor mire la carretera, por favor.

El hombre apartó la mirada en silencio.

Dolores buscó la polvera, la abrió y echó una mirada apreciativa al espejito. Luego, sacó a duras penas del bolsón "Gran Muralla China" un frasco de agua micelaria y toallitas de desmaquillar para ocupar lo mejor posible el tiempo del recorrido. Se sentía en plena forma. Iba a ser un buen día.

III

Lo fue. Tras dos audiciones entrecortadas por largas esperas mientras la famosa marca de zapatos de suela roja oía a sus competidores en su sede parisina, DB WebComAgency fue seleccionada y su proyecto aprobado. Dolores se pasó parte de la noche celebrando con champán el acontecimiento en compañía de su patrón y algunos colaboradores cercanos. 

Esta mañana, al levantarse, con la boca algo pastosa, sacrificaba a su costumbre de pasar revista en su tableta digital de las ediciones matutinas, cuando en "60 Minutos" pudo leer esto : "Un señorito del 16° distrito encontrado muerto en la cama. No se explica la muerte y ha pedido la familia una autopsia. Se ha abierto una encuesta preliminar". Se sobresaltó.

Claro que no venía la dirección, pero lo demás concordaba. Dado el contexto, probablemente fueran a "buscar a la mujer" es decir a ella misma. Y hoy en día basta con un solo cabello para identificar a un sospechoso. O sea que existía el riesgo de que se encontrara en el fichero ADN de los casos por resolver si no se consideraba natural la muerte. Por suerte, había tomado precauciones. De todas formas, tenía cita con su peluquero a las diez, para cambiar de cabeza. Estaba previsto desde hacía semanas, pero caía a punto.

IV

Tras pasar en el paro un período bastante largo y mal vivido, Dolores Ibarzola, con doble nacionalidad francoespañola, llevaba dos años trabajando en su especialidad, la concepción gráfica.

En el intérvalo, había tenido que aceptar toda clase de trabajitos, desde secretaria médica hasta vendedora de pan, pasando por cuidadora de niños e incluso ¡paseadora de perros!

Tantas experiencias que, curiosamente, la habían desocializado. Por vergüenza u orgullo excesivo, huyó de su familia y sus antiguas relaciones, sin ganarse nuevas amistades y comenzó a llevar una vida marcada por el doble sello de la mentira y del misterio. Para sus allegados, seguía diseñadora web en ABC Concepto. Para los demás, inventaba según las circunstancias.

Discrepaba con el marido desde hacía meses y meses y llegó a pedir un divorcio contencioso que se le concedió porque el muy inconsciente le había puesto los cuernos en casa con la asistenta, una filipina sin papeles. Desde esta separación, iba de amorío en amorío, libre de vínculos, dejando estallar una sexualidad hasta entonces reprimida. Esta falsa rubia de treinta y ocho años, más sexy que el demonio, no vio y no tuvo dificultad alguna en dar con parejas más jóvenes que ella, ¡a veces mucho más!

Le vino en ayuda el espíritu de la época. Las cougars se dejaban ver en primera plana de todas las revistas, se les dedicaba encuestas, libros por decenas. Se atascaban los buzones de correo electrónico con provocativos mensajes a su propósito. La sociedad se estaba encaprichando con estas mujeres liberadas de más de 35 años.

Así se sintió socialmente legítima. Sin embargo, un viejo fondo de educación religiosa llegó a remorderle la conciencia. Empezó a culpabilizar, a temer toparse con tal o cual de sus jóvenes amantes ocasionales, a temer cruzar con su mirada, afrontar su juicio.

V

Y un día se impuso una evidencia. Ya que ella no quería o no podía renunciar a sus revolcones son esos efebos, ¡era necesario que, terminado su oficio, desaparecieran ellos! Bueno, pero ¿cómo? Pisando moral y deontología, germinó entonces en su enardecido cerebro una maquiavélica idea.

Unos meses antes, le había caído una sustitución de secretaria estandardista en una consulta de cardiología. Como ocurre demasiadas veces, los códigos de acceso al sistema informático y a las bases de datos de los pacientes eran simplistas, de fácil memorización o descodificación y escasísimamente renovados. Le fue fácil, pues, operar una intrusión en el servidor de la consulta, acceder a los ficheros que la interesaban, realizar un sorteo de los enfermos más jóvenes e incluso encontrar su dirección y téléfono.

Sólo le quedaba entrar en contacto con ellos mediante un incitante mensaje grabado con voz sintética en un móvil que cambiaba después de uso para que, una de cada tres o cuatro veces, picara la presa al anzuelo y estuviera a su merced.

La primera vez rodó todo de maravilla. Era un rubiales de veinte años cortos, más bello que Dios mismo y montado como Priapo, pero afectado por una grave válvulopatía cardíaca. Le estaba prohibido cualquier excitante y se le recomendaba un ejercicio moderado.

Hicieron el amor dos veces seguidas, sin la menor demora. Entonces, lo vio ella con soplo corto, próximo de pedir tregua, pero supo agenciárselas para que hiciera caso omiso de la prudencia y cuando se llevó la mano al pecho, lo cabalgó con mayor ímpetu, furiosamente, antes de que, en un último intento por liberarse, él la hiciera rodar hacia un lado. Demasiado tarde, por desgracia.

Pero ¡qué muerte más envidiable! ¿no?

VI

El médico de cabecera extendió sin rechistar el certificado de defunción : "infarto agudo de miocardo". Asunto archivado. Algo se había ido a la mierda esta vez, pero ¿qué? La primera parte salió sin pega. Ella y su nueva pareja hicieron el amor hasta quedar muertos y a él le pasó de verdad, como previsto. ¿Qué fue, pues? La familia, suspicaz, ¡como lo son todos los ricos! No hubiera debido aventurarse por esos barrios ni atreverse a fornicar bajo el techo familiar. ¡Bien apañada estaba!

Iban a meterse los polizontes. Dar con el chófer de taxi ese que la había comido con los ojos. Rastrear sus llamadas y las del difunto. Explorar su vida diaria y nocturna. Olía a chamusquina. Ya era tiempo de ahuecar el ala.

Preparó Dolores una amable carta de dimisión : "Diego, lo siento muchísimo, pero hace unos meses he dado con el hombre de mi vida y me retó a dejarlo todo para seguirle a vivir al sol. Tengo hecha la elección. Mil disculpas por la campaña L. que no podré llevar a bien, gracias por todo y suerte para lo venidero. Besos. Dolores."

Abriendo el primer cajón de la cómoda, sacó su pasaporte español, comprobó su vigencia, comparó su aspecto presente con la foto y sonrió satisfecha antes de ponerlo junto a su pasaporte francés; luego apiló en una bolsa de viaje algunas prendas, llamó a varios guardamuebles hasta encontrar uno que aceptase vaciar el piso para fines de mes y depositó su llave en el buzón del portero con las oportunas instrucciones. Hecho esto, tomó el metro en dirección a la puerta de Bagnolet donde se encontraba el terminus parisino de los coches de línea para Madrid.

Tres horas más tarde, por menos de un centenar de euros, circulaba hacia la capital española, donde se apeó de madrugada.

VII

Analizar el móvil del finado no surtió efecto ya que Dolores, tras aplastar con una piedra la tarjeta SIM, había tirado en un contenedor de basura el usado para dar y recibir las referentes llamadas. Tenía avería el motor de la cámara de vigilancia de ese sector de la avenida de la Grande Armée y sólo filmaba en plano fijo el lado que no interesaba. Mala pata.

Pero la policía, por rutina ante una muerte inquietante, aquella mañana revisó todos los contenedores del barrio. La gente todavía se deshace poco de sus antiguos móviles; pues, al que encontraron, lo peinaron. Por el IMEI, pudieron remontar al lugar de fabricación, luego al mayorista y al pormenorista y rastrear la compra que Dolores había pagado por... ¡tarjeta bancaria! Fatal distracción. Rápidamente encontraron su dirección y la coincidencia entre su piso liberado del día a la mañana, aquel teléfono y la repentina muerte del joven no tardó mucho en llamar la atención de los investigadores. Querían oírla como testigo asistido en un primer tiempo.

Mostró Diego la carta que había recibido. Pero la policía raras veces cree en las coincidencias. Fue un fichero encontrado en el ordenador de Dolores en la agencia el que ayudó a los investiguadores que le pisaban los talones. Un día se había divertido en crear con un shareware y el lorem impsum más corriente un falso texto a partir de su foto de identidad. Bastó a los policías con operar la maniobra inversa para obtener un cliché bastante fiel que pudieron enseñar a cuantos interrogaron.

Así fue cómo la reconoció el taxista que reveló la hora y el lugar en que había cargado a esta cliente en intrigante atuendo : delante del domicilio del muerto, sobre las cuatro de la madrugada. Mostró la autopsia que la defunción sobrevino entre las tres y las cuatro. Se confirmaba la relación de causa a efecto.

Ocho días más tarde, se extendían cartas rogatorias a nombre de Dolores Ibarzola que Interpol había de transmitir a todos los estados miembros.

Epílogo

La autopsia al difunto del distrito 16 hizo patente una cardiopatía ya severa. El forense, como el experto convocado, confirmaron que en estas circunstancias, un uso inmoderado del sexo iba a provocar la muerte por infarto.

Pero por falta de comparación con la primera muerte, no pudieron establecer que se había tratado de un arma letal, manipulada por un Maquiavelo femenino.

Y, finalmente, la Fiscalía optó por cerrar sin más detalles la información preliminar abierta. No interesaba tanto a la familia hacer público que el hijo menor tenía relaciones con mujeres en edad de ser su madre ; en efecto el análisis de las cabellos encontrados en la cama había revelado que pertenecían a una persona de sexo femenino de unos cuarenta años.

Así pues, Dolores Ibarzola debería poder vivir días apacibles, si no felices, en alguna parte de España, si sabe conjurar sus demonios.

A no ser que el remordimiento cumpla su cometido...

©Pierre-Alain GASSE, julio de 2013.

(1) Texto de relleno sin valor semántico que permite calibrar un espacio en espera del texto definitivo. Por lo general, se usa un texto en falso latín (el texto de origen ha sido modificado y ya no significa nada). La ventaja es que el lector de inmediato sabe que la página no es válida y sobre todo la atención del cliente puede centrarse totalmente en el grafismo. Originalmente, el texto habría sido sacado de la obra de Cícero De finibus Bonorum et Malorum, Liber Primus, 32). según Wikipedia.
(2) para un análisis de este trabajo véase : http://blaiseparmentier.com/more/texte-patrice-joly

Domingo 15 Julio 2012

Versión española por publicar


Aquí está la versión beta completa en castellano de los siete cuentos inspirados por obras maestras de la pintura española cuya edición francesa salió a la luz el año pasado. Haz clic en la portada para abrir el fichero PDF. Si pasa por aquí algún editor interesado, ¡que no vacile en tomar contacto !

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Sábado 30 Junio 2012

En la sombra de Salvador


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Cadaqués, a 6 de Enero de 1925.

Querido diario,

Largo tiempo estuve sin visitarte. Pero hoy es día de Reyes y cumplo diecisiete. Bien quisiera que fuese un gran día y sin embargo no veo mucha cosa nueva en mi vida.

Ya te jode de lo lindo haber nacido un día de fiesta. ¡Suelen ofrecerte un regalo único por los dos acontecimientos!

Me acaban de dar los míos: papá me ha regalado un camafeo con el retrato de mamá que me ha hecho llorar. Madre - es decir mi tía, la segunda esposa de papá - un costurero nuevo; en cuanto a Salvador, se dignó comprarme un traje de baño de moda bastante chulo.

Pero volvamos a mi vida. En las Escuelas Pías, tengo las mismas amigas que el año pasado y casi los mismos profesores. Y sigo con buenas notas. Le tanteo el terreno a papá para saber si me dejaría ir a estudiar inglés en Londres. No lo veo fácil.

Entonces, ¿qué? ¿Nada? Bueno, sí, he cambiado de confesor; el padre Torrent se ha jubilado y lo ha sustituido un vicario más joven, Mosén Serrat. Me impresiona; no se lo digo todo. De toda manera, no suelo tener sino pecados veniales por confesar. En mi vida escasean demasiado las ocasiones de cometer pecados mortales. Entre madre que cuida de mí como si tuviera diez años y sus amigas que me vigilan como la leche en el fuego, difícilmente podría dar un traspié.

Éste es el problema: en mi vida no ocurre nada interesante. Entre misa, clase, rosario, tapiz y bordado, además de la lectura de las novelas bienpensantes que me permiten mis padres, me aburro que es un asco.

Y mientrás tanto, ¡está Salvador haciendo locuras en Madrid! Más injusto no puede ser. Yo quisiera ser un chico : a ellos se les permite cualquier cosa: beber, fumar, seducir o siquiera estudiar Arte. Si se me hubiese antojado tomar lecciones de dibujo o pintura como Salvador, ¡era la repanocha! ¡Para meterme en el convento, seguro!

A mí me gustaría mucho, por cierto, pero de todas maneras, nunca podré igualar a mi hermano. Lo han echado de San Fernando, por segunda vez. Ésta fue por manifestarse en contra del nombramiento de un profesor, pintor malísimo en su opinión. Y yo creo que es verdad. Es Salvador mejor artista que ese pintamonas.

Desde su regreso a casa, ha hecho varios retratos de mí, pero es curioso, en la mayor parte estoy de espaldas. Le he preguntado si era que yo le daba vergüenza, si me tomaba como modelo a falta de algo mejor. Me ha contestado que no, todo lo contrario, es que temo no poder pintarte todo lo bella que eres. No lo creí, claro. Es tan raro a veces. Genial, pero raro.

El 11 de mayo que viene, cumplirá veintiún años y ya está preparando su primera exposición personal en la Galería Dalmau de Barcelona. Es para noviembre : 17 obras... Eso será lo que lo preocupa. Desde que trata con García Lorca, Buñuel y los demás de la Ciudad Universitaria, ha cambiado por completo. Se ha tornado rebelde y "vanguardista", como dice. Y anarquista una mica també. Lo detuvo la policía, hace poco. Por suerte, pudo hacerlo liberar papá.

Yo también quiero volverme rebelde, pero todavía no he encontrado cómo.

Aunque... Hemos venido toda la familia a pasar las Navidades en nuestra casa de Cadaqués, y por de pronto, aquí está Salvador con Federico. Hubiera querido estar a solas con ellos, pero madre se opuso firmemente y le ha cedido papá. Yo les paso a mecanografía los textos. Participo en sus juegos imbéciles. Ensayamos escenas de Mariana Pineda que está terminando Federico. Nos bañamos en Port Lligat, cuando lo permite el tiempo. Vamos de caminata en bici o andando al Cabo Creus. También viene Luis de vez en cuando. Es hermoso y fuerte. Practica boxeo. Salvador ha pintado de él un retrato magnífico. "Le obseden las mujeres", dice mi hermano, "ten cuidado con él".

De todas maneras, a mí es Federico quien me interesa. Su tenebrosa mirada, su lenguaje florido y misterioso, sus dotes musicales. Nos llevamos bien. Por desdicha, somos amigos, nada más. Me llama "hermanita". "Te dará calabazas" me ha dicho mi hermano, sin darme el porqué. ¡Como si yo no hubiera percibido las enamoradas miradas que le va dedicando Federico cada dos por tres!

El otro día, tomé a mi hermano a solas y le pedí sin rodeos si se acostaba con Federico. Se horrorizó y me dijo con esa grandilocuencia suya : "No me acuesto con nadie y menos todavía con los a quienes quiero". Lo he creído.

Pero también creo que Federico es realmente homosexual e incapaz de amar físicamente a una mujer. ¡Menuda suerte la mía!

Hace poco, estaba mirando por la ventana del comedor pensando en todo esto. Acababa de echar las migajas de la comida que habían quedado en la mesa. Tenía el trapo puesto en el alfeizar. Hacía fresco. Una brisa blanqueaba la superficie del agua y levantaba un poco las cortinas. Estaba el cuarto en la sombra, pero una luminosa claridad de invierno bañaba el paisaje delante de mí. Un velero diminuto navegaba en la bahía, delante de la ribera. Y de pronto se paralizó el tiempo.

Yo estaba con Federico en una playa desierta. Andábamos juntos, descalzos en la arena. Él me recitaba su último romance : La Casada infiel.

"Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río."

Cuando se calló, en el chapoteo recobrado de la bahía, durante un instante fui esta mujer y sentí un estremecimiento de todo mi ser. Luego, ¡surgió la fulgurante conciencia de haber tenido el primor de una obra maestra que superaba tanto mi destino personal! Sí, Federico y Salvador bien eran del mismo temple, el de los genios, y tenía que felicitarme por estar a su lado, cualquiera que fuese mi suerte. Le agarré la mano y la besé.

— ¿Qué haces? dijo retirándola con viveza.
— Saludo a nuestro más ilustre poeta.

Sonrió, pero no me contestó nada.

Fue una sensación de frío la que finalmente me sacó del ensueño y me trajo a mi cuarto para confiarte todo esto.

Hasta pronto, querido diario.

©Pierre-Alain GASSE, junio de 2011.

Martes 15 Mayo 2012

¡Vaya boda! - Parte 2 y 3


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II

Así, pues, de ahora para adelante ¡soy Doña Clara Mendoza Trueba del Pozo! Suena bien ¿no?

Todas las chicas por casar del pueblo mueren de envidia. Las oigo chismorrear a derecha mía. Ni falta que me hace mirar: a ojos cerrados, sé que está Paca, la hija del panadero, Conchi, la del alcalde, Lola la del aparcero del difunto señor marqués y Mari Carmen, la chica del herrero, quiero decir de su viuda. Yo era la más joven. Y la primera casada soy yo. Y ¡qué desposorios! ¡Lo bien que les corté la pisada! Por cierto, éramos amigas desde la infancia, pero, en esto de partidos, cada una en su casa y Dios en la de todas, como dicen.

Acabo de ver a Concepción alzando los ojos al cielo tras mirar a mi esposo como si la desolara lo que estaba viendo. No permitiré que se nos falte el respeto. Se lo comunicaré dentro de poco por muy hija del alcalde que sea. Las demás se interesan más por mi vestido que por mi marido. En esto bien reconozco a esas coquetas. Están patidifusas. Sólo tuve que pedir; mi padre y él dijeron sí a todo: terciopelo, encajes, zapatos y medias de seda, perlas como pendientes y el colmo, el adorno del moño: oro, plata y una enorme perla alargada. No quiso decirme el precio del conjunto.

Algunas dicen que esta noche las voy a pasar canutas cuando me cabalgue. Parece que los de su raza tienen un miembro de espanto. El cura y mi padre ya me aleccionaron con medias palabras sobre el tema. Otras me han dicho que de ser verdad no tendría ningún motivo de queja. Ignoran que sé más de lo que piensan. Rigoberto está loco por mí. Tengo interés en que lo siga. Pues, a mí me toca hacer lo necesario para que sea así. Antonio, el hijo del notario tenía mejor figura, por cierto, pero mi marido me lleva quince años y me han dicho que seguiría viajando mucho, así que ¿quién sabe...? Mientras tanto, voy a regentar una casa con cochero, jardinero, cocinera y un par de sirvientas. Así que ¡me paso por ahí los chismes!

III

Bajo el ojo de un puente, viendo pasar la comitiva, dos señores con casaca y tricornio comentan el suceso:

— ¡Lo bien que meneó el asunto la hija del molinero! ¡Vaya boda! ¿verdad?
— ¡Nunca mejor empleado el término! El esposo compró para ella la vivienda del difunto señor marqués. Cincuenta mil ducados, según dicen.
— El dinero sube a la cabeza, a menudo. Esos "indianos" tiran la casa por la ventana. En fin, los hijos del marqués podrán cubrir las deudas del padre y vivir aliviados. No hay mal que por bien no venga, pero esos nuevos ricos ya me dan jaqueca. Son demasiados por aquí.
— Y ¡no le digo nada de la pinta que tiene éste! ¿Ha visto la casaca que gasta? Hace más de treinta años que no se estilan vueltas tan anchas! ¡Y ese colorado! Con la tez que tiene, yo hubiera escogido un color más discreto.
— Oportunamente trae el tema. Por mucho que me digan que es hijo de uno de aquí, ese señor se parece mucho a un negro ¿no?
— ¡Es que le habrá venido todo del lado de la madre!
— Dar la más bonita chica del lugar a ese... personaje, es pecado, digo yo.
— ¿Dar? ¿Está para chanzas? Ni un solo escudo ha puesto el molinero en la canastilla de boda y además ha logrado cinco mil ducados para compensarle de la sirvienta que pierde casando a su hija; ¿no le parece fuerte?
— Le caerá la herencia del molino, con todo. Y puede que dentro de poco. Bien sabe que el molinero anda achacoso. Aquel bulto que tiene en la mejilla va creciendo de mes en mes.
— Sí, tiene la razón. Por un lado, es difícil reprocharle haber querido, mientras vive, establecer a su hija lo mejor posible, pero por otro ¿piensa Vd que será feliz la chica con un marido de esta calaña?
— ¿Cree Vd que la felicidad es de este mundo, amigo mío? Además, me dijeron que en realidad fue ella quien lo tramó todo y no tanto su padre.
— No me diga.
— Sí, sí, por cierto. No le bastaba el hijo del notario. Bueno, no me inquieto por él. Todas las chicas le tiran los tejos por ser chico apuesto y tener caudal. Pero no se acabó el cuento. ¿Quiere que le diga un secreto?
— ¿Un secreto? ¡Por Dios!
— Aquel casamiento durará menos que una hipoteca.
— Y ¿Qué motivo tiene para decirlo?
— Que existe una seria causa de anulación del mismo.
— Significa que Clara habría...
— Mentido en cuanto a su estado, se lo puedo asegurar.
— Pero, ¡si me parece no haber roto un plato! ¡Vaya boda! Tenía Vd toda la razón.

©Pierre-Alain GASSE, mayo de 2012.

Viernes 27 Abril 2012

Los "Hijos" de la Jorobada - Homenaje a Bartolomé Estebán Murillo


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Sevilla, hacia 1650, en las intrincadas calles entre la plaza de la Alfalfa, donde estaba un mercado de verduras, y la Puerta de Triana.

— ¡Esperadme, Celedonio! Me da una punzada en el costado.
— ¡Corred, corred, Miguelillo! o nos alcanza el alguacil ese.
— No puedo más y tengo sed.
— En seguida llegamos a la casa en ruinas. ¡No paréis ahora!
— Es que pesa mucho este melón.
— Pues, ¡haber birlado unas uvas como yo, gilipollas!
— No voy a poder saltar la tapia.
— Escuchadme, yo voy por delante, me pongo a pie de obra con la espalda doblada, y pisándome, vos la saltáis a la primera, entonces, os lanzo las uvas, las cogéis, yo doy otro salto y ya estamos, adiós, si te he visto, no me acuerdo.
— ¡Celedonio! que estoy echando los bofes.
— ¡Ea, Miguelillo! ya llegamos...
— Y ése ya se acerca. Derribad aquel puesto al pasar, que lo estorbe un poco y nos dé tiempo a doblar la esquina.
—Tranquilo, yo me sé el oficio, vos, preparaos.

Detrás de la tapia.

— ¡Santo Dios! un minuto más y nos pillaba el cabrón ese.
— ¡Uf!¡Uf! ¡Me muero!
— ¡Chico, basta ya de quejas! A ver, ¡ese melón!
— ¿Tenéis navaja?
— Pequeña, pero bien afilada. ¿Os corto una raja?
— Que sea grande, ¿eh? Me muero de sed.
— Si sólo nos traemos medio melón a casa, ¡menuda paliza nos arrea la jorobada!
— ¡No seáis palurdo! Diremos que era uno de cala y cata. Huy, madre mía, ¡qué rico!
— No mentéis a vuestra madre, que ni sabéis dónde queda.
— Pues, más me vale que la zorra de la vuestra, que entrega cuanto gana a la jorobada y os deja a vos en jirones.
— ¡Callad, o os rajo!
— Vale. No os pongáis así. Lo decía por hablar, nada más. ¿Me dáis unas uvas? — Estas negras son de rechupete, ¡majete! Tomad.
— Oíd, ¿qué más tenemos aparte de eso? ¿Lograsteis dar tiento a alguna faltriquera en la plaza? A ver.
— Sí, la de un gil con calzas verdes, pero no la traía muy abultada. ¡Mirad!
— Dos cuartos... y tres maravedís. Bueno, menos da una piedra, ¿eh?
— ¿Creéis que con eso nos libraremos de la correa esta noche?
— Depende. Si los demás pandilleros traen algún que otro escudo de oro, tal vez nos deje tranquilos la vieja alcahueta, pero si todos traemos calderilla, mejor será ahuecar el ala.
— Todavía nos queda tiempo. ¿Vamos al río a darnos un chapuzón?
— Y ¿quién cuida del melón? No nos lo vayan a robar ¿eh?
— Pues, lo escondéis entre los juncos, o nos bañamos por turno.
— Mejor. Que todavía me duelen los moratones del otro día.
— ¡Y lo que a mí me cuecen los muslos con las ortigas esas que usó anoche!
— Donio ¿creéis que entre todos podríamos dar al traste con ella?
— No sé. Desconfía mucho, la muy zorra. Y ¿a quién acogernos después? No quiero dar con mi pellejo ni en chirona ni en el orfanato, encerrado de por vida.
— ¿No os gustaría comer caliente?
— ¿Agua chirle con garbanzos podridos? No, gracias.

En la orilla del río Guadalquivir, no muy lejos del puente de barcas que unía el casco viejo con el barrio de Triana.

— Idos a bañar vos primero, cuido de nuestras pertenencias.
— ¡Ojo! No os larguéis mientras tanto, porque el que me la hace, me la paga.
— Tranquilo, hermano. ¿No os fiáis de mí?
— De nadie. Eso he aprendido, a costa mía.
— Estaré ojo avizor, por si vienen los malditos gitanos.
— ¡Eramos pocos y parió la burra! Si son varios, recordad lo que os enseñé : cogéis un canuto para respirar y os zambullís entre los juncos.
— ¡Tengo miedo a las sanguijuelas!
— ¡Medroso! En el río no hay, ésas viven en lagos y estanques. Y basta con mear encima para que se desprendan.
— Bueno, pero no os demoréis mucho, ¿eh?
— ¿Por qué quisiera yo echarlo todo a perder? Formamos un buen equipo, Yiyo. Mañana será otro día y medraremos.
— ¡Ojalá sea así!, Donio, ¡ojalá!

©Pierre-Alain GASSE, marzo de 2011.

Viernes 13 Abril 2012

¡Vaya Boda! (Homenaje a Francisco Goya) - Parte Primera


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Francisco de Goya - La Boda (1792)

Es día de júbilo este domingo primaveral del año de gracia 1792 en Santillana del Mar y repican a gloria las campanas de la Colegiata.

Por las adoquinadas calles de la villa se adelanta un cortejo multicolor. Lo va acompañando una cohorte de chiquillos ruidosos y andrajosos a los que echa moneditas.

La más bella niña del lugar, hija única del molinero, acaba de desposarse con el rico indiano Don Rigoberto del Pozo Salvatierra, de vuelta de las Indias Occidentales. Camina la boda hacia su vivienda de la Calle del Cantón, comprada por vil precio a un marqués arruinado por el juego y las mujeres.

La bella apenas acaba de celebrar sus diez y ocho primaveras. Y desde el noviazgo, cada noche, durante sus insomnios, su padre mentalmente cuenta que te cuenta su nueva fortuna.

No sólo se libró de abonar a Clara una dote, sino que logró una importante compensación. Desde su enviudamiento, era su hija quien mantenía el hogar y ahora conoce una doble afflicción, ¿verdad?

Lo consuela pensar que con esta cantidad podría mandar construir un segundo molino en la loma de las Yeguas y arruinarle el negocio a su rival del pueblo vecino.Después de todo, era su hija y ninguna otra más a quien quería por mujer este negociante. Por cierto, tiene a su favor el caudal ganado por su padre en la industria azucarera, pero también ¿cómo os lo diría? un físico peculiar al que no estamos acostumbrados por aquí. Eso bien merece la familia verlo compensado ¿no?

Desvanecidos, pues, los planes que formó para Clara y los esponsales acordados con el notario. Pero no tuvo que convencer a su hija. En seguida supo ella dónde residía su interés. Incluso sospecha que lo hizo todo para que la notara este acaudalado heredero. Quien quiere los fines acepta los medios ¿no? Con lo cual, hoy se pavonea, con porte altanero y frente serena, en este vestido de terciopelo azul marino con escote generoso y adornos de encaje.

Aquellos son los pensamientos del molinero Pedro Mendoza Trueba, mientras acaba de pagar lo debido al canónigo cura. Quien lo guardó con prisa en una de sus numerosas faltriqueras. Buena pinta tiene hoy Pedro Mendoza con el vestido verde de faldones, medias blancas, chorrera de batista y sombrero negro de tres picos en la mano. Por poco perdería el recuerdo de la diformidad de su cara, este doble grosor que le abulta la mejilla izquierda desde hace varios meses ya y que el barbero cirujano quería operarle. « Permítame casar a mi hija primero, Maestro Lorenzo, luego lo pensaremos ».

Ya está y bien puede el pueblo desparramar habladurías, le importa un bledo. A su hija la tiene establecida con rico caudal y va a morar en el palacio del difunto Señor Marqués. ¿Qué padre digno de serlo no echaría las campanas al vuelo? ¡Sólo los afancesados de toda calaña encuentran peros a eso! ¡No faltaría más que el "sí" de las niñas se dejara a su sola inclinación! Deo gratias, Clara adelantó sus aspiraciones. Detrás de esta carita linda, siempre supo que tenía una chica calculadora. Le echa una mirada. Sólo la ve de medio perfil, pero le parece que presenta aire de gran contento. ¿En qué estará pensando en este momento?

(se continuará)

©Pierre-Alain GASSE, abril de 2012.

Viernes 30 Marzo 2012

En brazos de Morfeo (Homenaje a Santiago Rusiñol)


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Santiago Rusiñol - La morfina (1894)

Al penetrar los dos hombres en el cuarto, hasta que se adaptaron sus pupilas a la penumbra, no vieron más que un rayo de luz filtrando de las cortinas. Luego, divisaron una forma humana entre las sábanas de una cama.

— Manuel, no se quede ahí plantado, corra las cortinas.
— Sí, Señor Comisario, ahora mismo, Señor Comisario.
— Y deje de ensartar los "Señor Comisario". Con uno por frase, le valdrá.
— Bueno, Señor Comisario.

Tenía electricidad la casa, pero el comisario, quien en la suya seguía alumbrándose con queroseno y temía las chispas eléctricas como el rayo, prefería la luz del día a la de las lámparas incandescentes.

Una vez abiertas las cortinas, descubrieron un cuerpo femenino tendido entre sábanas blancas debajo de una colcha amarillo oro. Levantada la cabeza por una gran almohada, puestos los brazos en el embozo de la sábana superior, vestía un camisón blanco muy sencillo, con cuello ovalado. El tirante derecho se había deslizado del hombro y revelaba el nacimiento del pecho.

Se acercó el comisario para palpar un instante la carótida a su alcance. Intercambiaron los dos hombres una mirada cómplice. Bien se trataba de una defunción.

— ¿Qué ve aquí Manuel?
— Lo mismo que Vd, Señor Comisario.
— No sea impertinente y obedezca.
— Veo... a una mujer de unos treinta años, diría, de pelo largo y moreno, rostro y labios finos, nariz griega, con los ojos cerrados, de bastante buena planta, por cierto.
— Manuel, no le pido un retrato de pintor y todavía menos su opinión de mujeriego impenitente sino observaciones de policía. ¿Qué más puede decir?
— Pues... veo en la cara como una expresión de voluptuosidad, de apaciguamiento, de beatitud, mientras que los dedos de la mano derecha siguen crispados en la sábana.
— Va por buen camino. Y de ello concluye...
— Concluyo... concluyo que tal vez se estuviera dando gustillo, pero solita, porque no veo en la cama desorden amoroso alguno ni en la habitación el menor rastro de presencia masculina.
— Por una parte, me desagrada su lenguaje, Manuel y por otra, aunque a menudo se califica de "muerte pequeña raras veces acarrea el orgasmo la defunción.
— Menos mal, Señor Comisario, menos mal.
— Menos guasa, Manuel, mírelo mejor, no es válida su hipótesis, ¿por qué?

Manuel paseó la vista unos instantes sobre el cuerpo tendido en la cama y convino:

— Sí, tiene la razón, los brazos extendidos a lo largo del cuerpo no encajan bien con esta hipótesis.
— Bueno, Manuel, ¿puede formular otra?
— Pues...la verdad... me temo que no, Señor Comisario.
— No toma bastante en cuenta el contexto, Manuel, se lo repito, tiene que volver a poner las cosas en su contexto ante cualquier hipótesis.
— Sí, Señor Comisario, pero no veo...
— Una vez más, pues, voy a tener que ilustrarle. ¿En casa de quién estamos?
— Según lo que dijo la portera que interrogamos, en casa de una tal Clemencia Puig i Serrat, modelo de profesión.
— Bueno. Y ¿qué nos aprende esta visita domiciliaria?
— Que la susodicha no viviría opulentemente, por lo que se desprende del ajuar y de la decoración. No hay armazón de cama sino un simple somier, tampoco veo mesita de noche sino un único sillón forrado con tela blanca. Ropa de cama y noche sencillísimas. Ningún cuadro en las paredes. Una bombilla desnuda en el techo. Sin embargo, la colcha de satén parece de calidad así como la bata puesta en el sillón.
— Hasta este punto, son justas sus observaciones. Y ¿qué más?
— Pues... no sé, Señor Comisario.
— No sabe... No sabe porque no se estruja bastante el magín, pobre amigo mío.
— ¿Cómo, Señor Comisario? dijo Manuel Campoamor con algo de reproche en la voz
— Queda claro, Manuel, y ahora mismo le doy prueba de ello. Esta Señorita Puig i Serrat se ganaba la vida como modelo de pintor. Es cierto que hay bastantes talleres de artista en el barrio. LLeva un apellido de renombre en Barcelona. Así inclino a pensar que podría tratarse de una chica enemistada con su familia, lo cual explicaría la presencia de algunos artículos de calidad en un contexto bastante miserable por lo demás. Otra cosa más: desde hace varios años, ha cundido un mal insidioso en la comunidad artística así como en la burguesía y en particular entre las mujeres, y debería saberlo, es el uso de productos opiáceos, al principio para aliviar los dolores menstruales y luego, por efecto de la tolerancia, como adicción. Estos dedos crispados en la sábana y esta expresión extática en la cara me parecen características. Es la hipótesis que vamos a comprobar con un examen clínico y análisis toxicológicos. Ya que no ha operado todavía el "rigor mortis", quiere Vd levantar los párpados, por favor, y examinar las pupilas. ¿Están dilatadas?
— Cree Vd que puedo, Señor Comisario?
— No sólo puede sino que debe hacerlo, Manuel, es su obligación de investigador, y además, ¡es una orden!
— Sí, Señor Comisario.

Con circunspección obedeció Manuel Campoamor y dijo:

— Dilatadas están, Señor Comisario, si parecen verdaderas canicas de esmeralda.
— Ya ve, Manuel. Acuda al cuarto de baño y compruebe la papelera y el armario. Pero antes, vuelva a cerrar esos párpados, ¡so burro! mientras es tiempo.
— Dispense, Señor Comisario, pero es la primera vez que me miran unos ojos verdes de mujer y...
— No le miran, Manuel, lamento tener que recordárselo, están apagados para siempre, ¡es Vd quien los está mirando!

El inspector en prácticas cerró los párpados de la bonita difunta, apartó la mirada y se alejó sin decir palabra hacia el cuarto de baño contiguo a la habitación.

Al rato, volvió con un frasco en la mano.

— ¿Qué reza la etiqueta? preguntó el comisario.
— No lo sé, parece latín...
— Claro, es el idioma que usan los boticarios para etiquetar los botes de sus preparaciones. ¿Qué lee, pues?

Manuel Campoamor balbuceó:

— Lau...da...num offi....ci...nalis, 2 scrupula, tinct. 40 per c.
— ¿Qué le decía, Manuel, otra más bajada a los infiernos en brazos de Morfeo!

El asombro y la incomprensión dejaron a Manuel Campoamor boquiabierto hasta que, viendo su desconcierto, precisara el comisario:

— El láudano es la forma comercial más corriente del opio y la morfina, otro alcaloide extraído de ella, saca su nombre de un genio griego, hijo del Sueño y de la Noche.

Manuel Campoamor frunció el ceño. ¿No estaría el famoso Comisario Carvalho* confundiendo a Orfeo, bajado a los infiernos por amor a Eurídice con ese... Morfeo? Pero, fiel a su personaje y por miedo a verse desairado una vez más, se contentó con hacer notar:

— Fuese lo que fuese, ¡pues tenía buen gusto el tipo ese!
— Manuel, ¿no cambiará Vd nunca?

  • guiño al héroe homónimo de Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003).

©Pierre-Alain GASSE, autotraducción del francés, Enero de 2012.

Viernes 24 Junio 2011

Yo, Margarita Teresa


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Hoy es el día de mis cinco años. Me lo han recordado mis meninas (1) esta mañana cuando me vestían. Dijo Doña Isabel:

— En este día, conviene que su Alteza Real luzca su ropa más bonita, porque estamos a 12 de julio y cumple años. ¿Cuál le complace llevar?

Doña Agustina abrió el gran ropero de mi habitación y pasamos revista a la larga hilera de vestidos que contiene. Primero me cogí una rabieta soltando:

— Ya me los he puesto todos una vez, ¡quiero otro!

A lo cual contestó Doña Isabel:

— Es demasiado tarde, Alteza, hubiera debido pedírmelo la semana pasada, le anuncié que se acercaba su cumpleaños y no me dio parte de ningún deseo particular.

Entonces, las miré con malos ojos, una tras otra, me crucé de brazos y dije, dando un taconazo:

— ¡Pues, si es así, me quedo en camisa todo el día!

Doña Isabel hizo media reverencia y empezó a retirarse diciendo:

— De ser la voluntad de su Alteza Real, voy a comunicar a Su Majestad el Rey que no desea que haya celebración este año. Aunque es una lástima, porque me parece haber oído que se le destinaba una sorpresa.
— ¿Una sorpresa? ¿Qué sorpresa? Quedáos aquí, por favor.
— Si se lo dijera dejaría de ser una y prometí guardar el secreto. Si lo quiere conocer, tiene que vestirse prontito y seguirme a los apartamentos de Su Majestad su padre.

Sonreí, torciendo la boca, para darles a comprender que no me engañaba su maña pero que consentía en ello. Habían ganado.

Todavía pasamos largo rato probando varios vestidos. Al final, elegí el que llevaba cuando el Corpus, el 18 de junio pasado (2).

Es un vestido con basquiña, de satén de seda gris y crema, con pliegue en las caderas y mangas anchas, exactamente como los de las damas. y también con una flor de tiercopelo a juego en la pechera, porque todavía no tengo derecho a llevar joyas, por lástima. Pero, esto aparte, llevándolo de verdad me parezco a una señorita.

Me encuentro bastante bonita en este vestido con guardainfante, aunque no me gusta mucho este accesorio que me obliga a quedar de pie y resulta muy engorroso para... hacer mis necesidades. Además, cuando sea mayor, ¡me obligará a pasar de lado las puertas estrechas!

Mamá también echa pestes contra este verdugado, como se le llama a veces, no sé por qué, pero dice que no tiene remedio, de no cambiar el uso, lo cual tampoco se decide a hacer. Su confesor afirma que esta moda es "inmoral" porque, dice él, permite a las mujeres disimular un embarazo.

A menudo, no entiendo a las personas mayores.

Estoy contenta porque hoy Doña Agustina cedió a mi deseo de no tener el pelo rizado.

— Tiene razón su Alteza, es posible que sea su último cumpleaños de chica pequeña y ¡luce un pelo largo tan bonito que sería una lástima estropearlo con tirabuzones, rizos y demás caracolillos! Sólo vamos a poner una horquilla con un adorno del lado derecho. El año que viene, sin duda será presentada a la familia de su prometido, el Príncipe Leopoldo. Entonces tendrá que peinarse como una Alteza Real adulta, con rodetes o tirabuzones. Porque Su Majestad El Rey su padre encargará al Señor de Velázquez un retrato oficial para mandarlo a la Corte de Viena.
— No me habléis de ese Príncipe, le encuentro mala cara y es mi tío. No me puedo casar con mi padre, ¿por qué tendría que hacerlo con mi tío?
— Lo siento, Alteza, pero no estoy autorizada a contestarle sobre este punto.
— Y eso ¿por qué?
— Sólo porque no me incumbe.
— Sabéis que me aburréis con vuestras razones, mejor vamos a ver aquella sorpresa. ¿Dónde queda mi padre?
— Sus Majestades El Rey y la Reina han salido de visita a los apartamentos del Señor de Velázquez, donde está trabajando en un nuevo cuadro de muy grandes dimensiones.
— ¿Qué tipo de cuadro? No será de esos paisajes oscuros ni de santos como los del Greco que están en la capilla ?
— No creo, no. El Señor de Velázquez no pinta de esa manera, ya lo sabe. Algunos dicen que se trata de un retrato a tamaño natural de Sus Majestades, otros que es mentira, que el tema sería nuestra vida palaciega aquí.
— ¿Estaré yo en aquel cuadro?
— Lo ignoro, Alteza, ¿quiere que lo vayamos a preguntar al Señor Aposentador del Rey?(3)
— Sí, sí, aprobé batiendo palmas, olvidándome por tanto de la sorpresa prometida.

Llevaba tanta prisa que corrimos por los pasillos de Palacio sin alabarderos. ¡Incluso distanciamos por unos momentos a nuestros guardadamas, el Señor de Azcona y la señora de Ulloa! ¡Al cuerno con esa etiqueta que mi padre nos impone respetar a rajatabla! Afirma que una Alteza Real, aunque niña, en público siempre ha de andar con paso lento y mirada altiva como si plantara cara al universo. ¡Pero resulta tan fastidioso, a veces!

Cuando llegamos a la sala de las pinturas, reinaba en ella una semioscuridad porque las contraventanas casi todas venían cerradas, a causa del calor ya agobiante de las últimas horas de la mañana. El Señor de Velázquez estaba frente al caballete, con la paleta en mano y el pincel suspendido, como si buscara donde aplicar el toque de color que había en él.

Este nuevo cuadro suyo intriga, pues varios mirones ya estaban ahí : un guardia de la Reina, los enanos de Palacio, Maribárbola y Nicolasito, que intentaba despertar con el pie un mastín que dormitaba en el entarimado. El aposentador de mamá acababa de levantar la cortina del fondo. Yo estaba en la luz de un postigo quedado abierto y Doña Agustina me venía presentando un búcaro de agua para refrescarme, cuando percibí por el rabillo del ojo que Doña Isabel esbozaba una reverencia. Papá y mamá acababan de asomarse, cogidos del brazo, a la puerta mayor de la sala. Corrí hacia ellos, abandonando mis meninas y nuestros guardaespaldas. Papá me levantó en vilo un instante y mamá me dio un beso diciendo : "¡Feliz cumpleaños, querida!". ¡Lo bueno que resulta no ser más que una chiquita a veces! Pero, pronto, me depositó en la tarima el Rey, por el guardainfante y también a causa de esa maldita etiqueta austriaca. Empujada por mis meninas, tuve que hacer con ellas la protocolaria reverencia a mis padres. El Rey mi padre entonces dijo:

— Tenemos una sorpresa para esta señorita hija mía. Os espera en el parque, me parece.

Prontito fui hacia el ventanal más cercano y allí en la terraza, mantenido del ronzal por un palafrenero, había, -a que no lo adivináis - un poni pottiok bayo venido del Pirineo, ¡mi ilusión! Le di a la falleba cuanto pude y corrí, corrí lo más rápido posible con mi voluminoso vestido. ¡Era mi cumpleaños más feliz! A mi poni lo voy a llamar "Felicidad" - es una chica - en recuerdo de este día.

El Señor de Velázquez ha decidido retratarnos a todos (¡a mi poni, no!) en su cuadro, tales como estábamos hace un momento. Ha mandado traer varios espejos grandes y nos ha pedido que "posemos" - significa que no debemos movernos un pelo - el tiempo de los bocetos, antes del almuerzo. Así pues me queda tiempo para pensar en esta maravillosa mañana. Ya conocéis el porqué de estas reflexiones.

El Rey mi padre ha dicho que esta tarde, cuando haga menos calor, podré jugar en el parque con Felicidad. Parece que la Etiqueta no tiene nada previsto en contra de eso. ¡Menos mal!

©Pierre-Alain GASSE, junio de 2011.

(1) Asi se llamaba a los nobles que, desde la niñez, entraban en Palacio al servicio de la Reina o de los Infantes.
(2) Para el año 1656 considerado, según el algoritmo del astónomo belga Juan Meeus.
(3) Diego de Velázquez, aparte de su cargo de pintor de Cámara, fue nombrado, en 1652 Aposentador Real por Felipe IV.

Sábado 16 Octubre 2010

Ella Lloq - parodia picaresca 7/7


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Capítulo 7

En el que por fin se bosqueja mi porvenir

Con la mediación de Costus y Fabio Mac Namara, había logrado un papel de figurante en "La Ley del deseo", la última película de Almodóvar. Si miráis los créditos hasta el final, veréis mi apellido desfilar en la pantalla ; pero no me busquéis en las imágenes, ¡se cortó mi escena de la versión distribuida!

Estaba en una lista. A continuación, me llamaron para otras figuraciones. Hasta que Carmen Maura me notase entre la figuración durante el rodaje de "Mujeres al borde de un ataque de nervios" y pidiese a Pedro que me diera una oportunidad y un trocito de papel. Hicimos una prueba de cámara y fui contratada. Así debuté de veras en el cine, a menos de un año de llegar a Madrid.

¿Que qué papel me dio? Una secretita, no es para engolarse, lo sé. Con su fama y la mía, me temía como la peste que me diera un papel de p..., pues, bien contenta quedé con ese debut.

El extraordinario éxito de la película hizo el resto. Después, cuando dices "he trabajado con Pedro Almodóvar en el rodaje de Mujeres..." en seguida se abren las puertas con mayor facilidad. Porque todos saben que él tiene "feeling" para los personajes femeninos.

¿Cómo me fue después? Otra historia es. Tal vez la cuente algún día, esta noche, no. Ya os he dicho mucho, ¿no?

Ah, sí, os prometí, antes de dejaros, volver sobre esta historia de apellido que troncha de risa a los Franceses. Pues, ahí va : "Lloc" en catalán, es palabra muy ordinaria y común que significa "lugar"; por lo general, se escribe con "c", pero ocurre que venga con "q". Mi nombre de pila tampoco es extraordinario ; dice mi madre que le fue inspirado por la cantante de jazz Ella Fitzgerald.

Bueno, pero en francés, cuando pronuncias ni nombre y deletreas a continuación mi apellido, da "tiene dos alas en el culo" y ahí se destornillan todos. Al principio, me costó aguantarlo ; suerte que no vivo en Francia, ¿verdad?

Vale. Ciao tutti. Me está esperando mi fumador de hábanos (pues, sí, ¡al final cazé uno!). Hoy cumplo veinte. Copeo, cena de gala, casino. Jodienda, no sé; a veces se duerme a medio camino. Lo he tomado demasiado viejo. Por los cincuenta tacos. Ya escarmentaré para el próximo.

En fin, se porta bien conmigo. Y no me falta nada. La semana que viene, doy comienzo al rodaje de "Átame", con Pedro. Las pelis que realiza, si parecen escritas para mí. Lástima que no tenga el primer papel. Pero, ya vendrá, veréis...

Acabo de releerme. Creo que cuestión estilo, no he dado la talla. Sin embargo, finalmente, todo eso, soy yo. Por ello no cambio nada.

©Pierre-Alain GASSE, octubre de 2010.

Viernes 8 Octubre 2010

Ella Lloq - parodia picaresca 6/7


EllaLloq2.jpg Capítulo 6

Donde comienzan para mí los tiempos adversos

Toda buena acción se merece recompensa, ¿no? Así pronto recupéré, gracias al señor, el alquiler que cada mes le abonaba a su señora.

Él hubiera querido más. Meterme entre sus sábanas.

— Ni lo piense, señor Suárez. ¡Con los años que tiene! ¿Quiere que le dé un ataque? Además, no sería conveniente. Consiento en aliviarle los ardores de vez en cuando, pero nada más.

Se resignó al statu quo.

Si parecían solucionados por un tiempo mis apuros económicos, sin embargo quedaba otro problema : ¿quién iba a ocuparse de mis propios ardores?

Los hombres con quienes me cruzaba me miraban con ojos de plato, pero no se atrevían a más, de puro paralizados; los con quienes trabajaba inclinaban más a la acera de enfrente que otra cosa; las mujeres, basta ya, pensaba; pasar al ataque se volvía urgente, vale cierto tiempo el masaje clitoridiano, pero mi naturaleza generosa no podía contentarse con ello.

El Rock-Ola me ofrecía terreno de caza lógico, pero el problema era separar el grano de la paja. Yo no quería quedarme al pie de la escala social, aun artística, por toda mi juventud. Y aspiraba, pues, a unir lo útil con lo agradable.

El trato con los artistas de la Movida me había enseñado que si algunos cubrían correctamente sus necesidades, la mayor parte andaba en la cuerda floja. Los únicos en vivir holgadamente eran sus impresarios, agentes, productores, que usaban y abusaban del privilegio.

Así empecé a identificar entre esta fauna restringida a los aficionados al hábano, a los portadores de traje Armani, reloj Rolex y calzado italiano, a los titulares de tarjeta Visa Premier. Con dos exigencias primeras y minimales en mi opinión : ¡solteros y que no tuviesen más de cuarenta y cinco! Por mi madre sabía que los hombres casados pocas veces dejan a su esposa por su amante ¡y no quería irme a la cama con quien pudiera ser mi abuelo!

Aquella gente, acostumbrada a toda clase de negocios, no tenía la menor aprensión a la belleza porque estaba convencida de que con su dinero podía comprárselo todo. Y yo pensaba : "Sí, yo incluída, pero no a cualquier condición".

Varios, que habían pasado con éxito la primera selección, acabaron descartados no por ausencia de medios sino por falta de higiene, exceso de tripa, lenguaje indecente... ¡y me quedo corta!, a pesar de su abultada cartera y sus tentadoras ofertas.

Bueno. Pero empezó la gente a hablar. Y pronto en los saraos corrió la voz de que si nadie recibía mi aprobación, era que, por un motivo desconocido, yo no quería tener compromiso : ¿estaba afectada por ese nuevo y misterioso mal que en cinco años había pasado de un caso conocido a más de un centenar de muertos? Se decía que Enrique, por quien posaba... estaba tocado.

Así fui víctima de un segundo ostracismo, tan injustificado como el primero, pero de consecuencias más dramáticas.

En efecto, casí del día a la mañana, se apartó la gente de mí o corría mi interlocutor a lavarse las manos en cuanto volvía yo la espalda.

Lo único bueno del caso fue que a Maitena le caí bien de nuevo. Por haber acompañado hasta el final a uno de sus amigos drogadicto contaminado por una jeringuilla, ella se sabía de la enfermedad todo lo que se podía saber y conocía el injusto desierto que creaba el VIH alrededor de cada enfermo, real o supuesto. Rápidamente quedó la única en tratar conmigo.

No pasaba semana sin que la comunidad artística de la Movida se enterara de la enfermedad de tal o cual, abatido por una pulmonía oportunista o cubierto de bubones pustulosos o en trance de muerte en un servicio de hospital custodiado como un bunker. Los más afectados eran los homosexuales. Por un tiempo creí en una maldición ; los espíritus reaccionarios y biempensantes desmadradamente hablaron de castigo.

Maitena, sin sufrir en su carne, ya no follaba sino con chicas o bien con condón y cuando ya no podía más. Yo, por un tiempo me refugié en la abstinencia.

Esto no era una vida. El sexo, que para mí no se podía disociar de ella, se volvía tabú. Una tenía que desconfiar de todo y de cada uno. O dar con un chico virgen y guardárselo. Pero, ¿a qué atenerse?

No salgas de casa sin protección decían los anuncios. A los chicos les repugnaba y a mí también. Las tías del barrio que consentían en hacerlo sin condón vieron su clientela aumentada en un cincuenta por ciento.

Pero cuando empezaron a clarear las filas de esas inconscientes, bien hubo que rendirse a la evidencia: ya tocaba el mal a todos, heteros, homos, sin distinción de identidad o prácticas sexuales. Había llegado el momento de adoptar nuevas costumbres.

A partir de entonces, siempre tenía en el bolso, una caja de Durex para Él. Pero Él no se dejaba ver. Y así tuve que recurrir a unos suplentes. "Es preciso que le cuerpo exulte" como dice mi madre a quien le mola aquella canción de Brel, aunque no entiende la mitad de la letra. Pero con ese cangüelo que te muerde la tripa, de que en el fragor de la batalla se le olvide ponérselo o se rompa el condón, se te corta el rollo ¿no? Sin contar con todo lo que tienes que dejar de hacer. Es para volverse una frígida.

Por fin, la llegada del AZT con la puesta en venta del Retrovir volvió a dar un amago de esperanza a los seropos. Digo amago porque en realidad no cambiaba el problema, si declarabas la enfermedad, sabías que ibas a morir un poco más tarde, nada más. Y tragándote no sé cuántas pastillas al día.

Por suerte, no me he vuelto seropositiva. Mis pruebas de VIH siempre resultaron negativas, toquemos madera.

(se continuará)

©Pierre-Alain GASSE, octubre de 2010

Sábado 2 Octubre 2010

Ella Lloq - parodia picaresca 5/7


EllaLloq2.jpg Chapitre 5

En el que encuentro a la vez piso y manera de ganar algún dinero extra

Posando para Costus, había ganado bastante dinero para alquilar un cuarto en el barrio, porque con su creciente notoriedad, Enrique Naya y Juan Carrero ya se ganaban bien la vida. Buscar un poco más allá me hubiera salido más barato, pero no me convenía alejarme de mi lugar de trabajo ni de mis nuevas amistades, aunque casi me diera carne de gallina la perspectiva de cruzarme con Lola.

Falseé mi edad, claro está, silencié la exacta naturaleza de mi trabajo, destaqué mis estudios con las hermanas, sin más detalles por miedo a que las cuestionasen sobre mi fama, me estiré la falda con ostentación en las rodillas y conservé la mirada baja durante toda la entrevista, en cuanto supe a qué atenerme con mis futuros propietarios.

El marido, de pronunciada calvicie y bigote esmerado, escondía un evidente interés por mis formas detrás de gafas ahumadas. La mujer, bella en otros tiempos, se torturaba las manos como presa de una sorda inquietud.

— Serán quinientas pesetas mensuales, a pagar con antelación, por favor.
— Naturalmente.

Los cinco billetes nuevos de quinientas pelas que coloqué en seguida en la mesita del salón fueron decisivos. Trato hecho, con un apretón de manos, sin más requisitos. Es que esta buena gente eran inquilinos sin derecho a realquilados. Por suerte, el dueño vivía en las Américas y se contentaba su apoderado con cobrar el alquiler a tocateja.

Así fue cómo me mudé a casa de esta pareja de ancianos - él, antiguo militar, ella, ama de casa - en un inmueble con señorío de la calle Fuencarral, sexto piso (con ascensor). Daba mi habitación al patio de luces, pero era espaciosa y bastante clara, amueblada con gusto, - aunque no fuese el mío - en un estilo que yo estimaba remontar a los años treinta.

Empecé por quitar el crucifijo que remataba la cama para esconderlo al fondo de uno de los cajones de la cómoda. Luego, probé los muelles del somier y del colchón antes de tenderme encima, espatarrada de brazos y piernas para mejor tomar posesión.

De repente, me incorporé para salir a reconocer el pasillo donde me habían indicado, sin más detalles, que se encontraban cuarto de baño y váter. Es que en la mayoría de las viviendas, el "baño", como decimos, cumple las dos funciones, lo cual no resulta muy cómodo, cuando conviven varias personas en un mismo piso. Afortunadamente, el WC estaba al fondo del corredor y el cuarto de baño al lado de las dos habitaciones restantes. Yo tendría, pues, que compartir aquel espacio.

Ahí destacaba una bañera profunda, con patas de bronce y, con todo, ducha de téléfono, pero sin cortina. Lavabo a juego. El cromo de los grifos estaba gastado y se notaba el latón en varias partes. La puerta venía con un cristal de vidrio esmerilado.

Poco rato me hizo falta para imaginar todo el partido que yo podía sacar de semejante distribución de los lugares.

Tan pronto como me instalé en casa de los Suárez, supe que me sería fácil convertir al señor en mirón, tal vez en algo más. Lo importante era no despertar las sospechas de la señora, bajo pena de encontrarme de nuevo en la calle.

Empecé notando los horarios de las idas y venidas de la pareja. El señor madrugaba y aunque dormían en habitaciones separadas, cada mañana, como un metrónomo, le traía el desayuno a su esposa a las ocho. Ésta no dejaba su cuarto antes de las diez, se preparaba y sobre las once se iba al mercado. El señor, recién afeitado y perfumado con agua de Colonia o Vetiver, vestía un terno, tomaba bastón y sombrero y salía a comprar el diario en el quiosco, a darse una vuelta por el barrio, a pasear por el parque antes de terminar la mañana ante un vermú con aceitunas en el café Imperial, leyendo las noticias. A eso de la una, regresaba a casa donde pretendía que estuviese listo el almuerzo. Y lo era, de eso estaba yo segura, aunque había declinado la oferta de tomar mis comidas con mis caseros a cambio de una retribución que me pareció exagerada.

El señor pasaba al cuarto de baño mientras la señora se desayunaba. Pensé pues que yo tendría que proceder a mis abluciones hacia las ocho - era temprano, pero quien quiere los fines acepta los medios - para que el señor me viera tomando la ducha en el momento oportuno.

Los primeros días, cerré a conciencia con llave el cuarto de baño y me abstuve de mirar a la puerta bajo la ducha. Bien segura estaba de que el viejo puerco quedaba patidifuso ante el espectáculo de sombras chinescas que yo le daba gratis. No era necesaria otra intervención. Yo sabía que iba a girar con fiebre el picaporte para comprobar si estaba encerrada o no.

Así pasaron dos semanas.

Luego, considerando que lo había hecho esperar bastante tiempo y que debía de estar a punto, al día siguiente, omití girar la llave.

¿Qué pensáis que ocurrió?

Como cada mañana, el señor Suárez se presentó con bata y de puntillas delante del cuarto de baño mientras yo me lavaba y, como cada mañana, intentó abrir la puerta sin ruido. Y aquel día, ésta se abrió, dejándolo pasmado, delante de mí que le hice frente en seguida, cubriéndome la desnudez con las manos, un poco, pero no demasiado.

El señor Suárez se disculpó, le dije que la culpa era mía por olvidar cerrar, luego le pedí que tuviera la amabilidad de pasarme el albornoz que estaba en el colgador, antes de revelar mi intimidad un instante al ponérmelo delante de él.

A estas alturas, el señor Suárez tenía los ojos como platillos y no podía destacar la mirada de mi... ni de mis... ; viendo lo cual decidí dar el remate.

— Señor Suárez, no parece bien. Venga, siéntese un momento en esta banqueta, por favor.

Se sentó, revelando una erección de buen tamaño y yo, poniéndome de rodillas ante él, le dije :

— Déjeme hacer, le voy a curar eso, señor Suárez, pero chitón, ¿eh?

Y, para mis adentros, le di las gracias al capellán del pensionado por haberme enseñado el camino a seguir.

(se continuará)

©Pierre-Alain GASSE, setiembre de 2010.

Domingo 26 Septiembre 2010

Ella Lloq - parodia picaresca 4/7


EllaLloq2.jpg Capítulo 4

Donde, por un tiempo, me voy a la acera de enfrente

Durante las semanas siguientes, había de pasar largas horas posando en actitudes extenuantes, de Eva triunfante, vestida de modelitos sugestivos o ataviada con disfraces improbables, apenas nacidos del desmadre imaginativo de los dos pintores. La casa de Costus era unos de los templos creativos de la Movida. En ella se cruzaban Pedro Almodóvar, sus musas, su pequeña corte de genio naciente y otros artistas en ciernes. Así fue cómo vi salir a Carmen Maura, Antonio Banderas, Rossy de Palma... y muchos otros de las pantallas de tele o cine en que yo los creía confinados. ¡Antonio Banderas! Ay de mí, ya estaba entre manos. Una bombaza que lo vigilaba como leche en el fuego. Pero mi descubierta mayor fue que eran de carne y hueso como yo, escondían sus angustias bajo apariencias provocadoras y quemaban su vida por miedo a perderla.

Mi juventud, mi brillo, el estatuto de ingenua perversa del que gozaba, - no sabía Maitena mantener la boca cerrada y pronto todos compartieron mis pequeños secretos - no tardaron en convertirme en centro de atracción de todas las miradas y objeto de muchas codicias. 

La gran belleza intimida a muchos hombres, según dicen. Y hube de conocer el asombro de ser "abordada" primero por una mujer, una noche de inauguración en la que no faltaron ni el cava ni las volutas embriagadoras.

Era delante de los espejos de los servicios. Cerca de mí estaba una morena de pelo corto, de más años que yo - veintiocho, treinta, tal vez - cuya pinta recordaba la de Ana Torroja, la cantante de Mecano. Bien había notado yo sus guiños insistentes varias veces durante la velada, pero, acostumbrada a las miradas envidiosas de las mujeres como a las de deseo de los hombres, no me fijé demasiado. Pero, ahora...

La tía, con los brazos apoyados en el lavabo, brillantes los ojos y erguida la punta de los senos bajo la transparente blusa, de pronto volvió la cabeza hacia mí, mientras me iba peinando y, avanzando los labios, me espetó :

— Bésame, porfa.

No me dio tiempo a balbucear una negativa, la tipa me había empujado contra los azulejos de loza y me tomaba la boca. Primero intenté repelerla, pero la otra se sabía el oficio ; pronto sentí que se debilitaban mis defensas y me entraba el deseo a las entrañas. Mis labios se hicieron dulces bajo las embestidas que ella daba. Poco tiempo tardé en rendir las armas y nos fuimos a encerrar en uno de los retretes.

Se llamaba Lola, era celosa como una tigresa y yo iba a pasarlas moradas.

Ella hubiera querido que llevara en la muñeca una pulsera claveteada, con cadenita que, en público, me maniatase a ella para significar mi pertenencia y sumisión. Si, en el microcosmo variopinto de la movida, sin duda no se hubiera comentado eso mucho tiempo, en las calles comerciales de Madrid, todavía pasaba diferente. Claro, contra la engrilletada se desencadenaba el machismo ibérico. Tras oír un par de veces los peores insultos de mi vida, le declaré a mi amante:

— ¡Nunca más eso o me voy!

Pero, ay de mí, los celos de Lola eran enfermizos: cualquier mirada, el menor gesto creaban problema y se volvían fuente de agobiantes riñas. Transcurrieron varias semanas así. Luego, convencida de que yo no era realmente homosexual, a pesar de nuestras pasionales reconciliaciones bajo las sábanas, decidí abandonar aquellos brazos oprimentes por los de un hombre, sin saber todavía cuál. Pensaba que, con la decepción de no haber dado con una lesbiana pura y dura, Lola volvería la vista hacia una Sapho más convincente y me dejaría tranquila.

Como la mayoría de los hombres, Maitena, por su parte, consideraba que yo era inaccesible y parecía haber renunciado a ser más que mi amiga. Sin embargo, por ciertos celos nacientes y dobles, no le había gustado nada que yo cediera a las proposiciones de Lola, que era totalmente de su gusto y más a su alcance, pensaba. Hubo pues cierto distanciamiento entre nosotras durante ese periodo.

Yo me había mudado de la casa de Maitena para ir a ovillarme en los brazos de Lola y así pues, me encontré en la calle, con mi poco equipaje, el día en que di el portazo tras una última y melodramática riña que al mismo maestro del kitsch no le hubiera disgustado.

©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2010.

(se continuará).

Domingo 19 Septiembre 2010

Ella Lloq - parodia picaresca 3/7


EllaLloq2.jpg Capítulo 3

En el que descubro el mundillo de la movida y encuentro mi primer empleo

La ciudad, despertada por Tierno Galván, zumbaba como nunca.

Cuando Maitena y yo salimos del Metro en la estación Tribunal de Malasaña, todavía no eran las diez de la noche e iban los madrileños sacrificando con ardor al copeo, antes o después del consabido paseíto. Se desbordaban los bares en las aceras, las sirenas de las ambulancias horadaban un fondo sonoro de claxones, publicidades agresivas y ritmos atronadores, salidos de vehículos con las ventanillas bajas o de bares con música, abiertos de par en par. Los telones métalicos bajados de las tiendas de ropa de la zona venían constelados de pintadas, obscenas lo más a menudo, políticas muchas veces y poéticas de vez en cuando. Las ropas más estrafalarias ahí pasaban desapercibidas de tan numerosas como eran. Así no se volvió nadie hacia nosotras, cogidas del brazo como dos amigas de toda la vida.

Nos fuimos hacia la calle Velarde. En el número 18, el letrero luminoso de la Vía Láctea parpadeaba en el anochecer. Ahí era donde se reunía la pandilla que frecuentaba Maitena, ignorante de que buena porción de futuras celebridades también. Tras unos vinitos y tapas al uso, tal vez iríamos al Penta que ocultaba su fachada azul noche, calle de la Palma, o al Sol, calle Jardines, en derredor al semicírculo de su asombroso escenario, antes de terminar la noche en el Rock-Ola, la distoteca más cotizada del momento, distante de unas cuadras.

Sin decirlo esperaba entrever ahí a mi ídolo, Olvido Gara, a la que de momento sólo conocía por su nombre de escena, Alaska. Había descubierto a la cantante de Kaka de Luxe mediante su personaje de bruja-presentadora del programa juvenil "La Bola de Cristal", que se lanzara dos años antes. Desde que se había puesto una cresta a la manera de los indios Chochones, toda la juventud rebelde de España le imitaba la pinta, acechando cada una de sus apariciones como el "nec plus ulta" para seguir, imitar, superar, a ser posible. Dentro de poco, ¿cuántas chicas adoptarían la ardiente pelambrera que pondría de moda? Temblorosa, me impacientaba por verla, tocarla, encontrarla.

Desafortunadamente, en el Rock-Ola, no figuraban Alaska y Dinarama, su nuevo grupo, en la programación del día. Pero, venido de la casa de al lado, Costus ocupaba una mesa con Fabio MacNamara y Blanca Sánchez, salida de su vecina galería para reunirse con sus protegidos.

Aquella noche, Fabio, cultivando su pinta andrógina, venía maquillado como un coche robado y lucía pantalones superajustados, estilo calzas, bueno, sin la ranita, y magníficos escarpines rojos con tacón de aguja de diez centímetros por lo menos.

Blanca, por su parte, vestía una falda recta de cuero negro con mallas color ladrillo, un jersey con listas horizontales negrimalvas y para rematar el conjunto una chaqueta de cuadros blanquinegros.

Juan y Enrique, los dos pintores que firmaban Costus, pelambrera morena y cara demacrada el uno, cara de ángel y cabello peroxidado el otro, llevaban más sobria indumentaria, vaqueros, boots y camisetas de los Sex Pistols.

En su mesa, sendos vasos, una botella de ginebra, otra de coñac, paquetes de cigarrillos, un cenicero a tope y en las miradas que se dirigieron hacia nosotras cuando entramos, pupilas bastante dilatadas.

Maitena, por excelente motivo, conocía a todo el grupo. En los camiones que cada noche llegaban a Mercamadrid, transitaban mercancías que, por ser consumibles, no dejaban de ser prohibidas : marijuana, cannabis, heroína, LSD. Yerba, resina, polvo y pastillas viajaban con las cajas de carne, fruta y verduras.

Y la muy reciente democracia española todavía dudaba de la política a adoptar frente a un fenómeno que cada día cobraba más amplitud : en Madrid uno encontraba droga en cualquier parte, casi en vente libre.

Así se ganaba Maitena sin escrúpulo alguno un dinero extra con ese comercio accesorio cuya red venía estructurada exactamente como el mercado de abastos : mayoristas, mayoristas intermediarios, minoristas. Ella vendía al por menor, pero no dejaba de sacar de ello varios millares de pesetas mensuales.

En el mundillo de la "movida", todo el mundo tocaba a todo o casi todo : días y noches se sucedían en un delirio de creación, de saraos orgiásticos improvisados o hábilmente montados, de conciertos, exposiciones, happenings de todo tipo... Madrid había superado a Londres.

Yo estaba en la gloria, suspendida a los labios de Maitena : ahí era dónde quería estar y ya estaba. Juégatela, mujer, me dije, al tomar sitio con mi nueva amiga en la mesa a la que nos estaban invitando a sentarnos.

Maitena fue la primera en tomar la palabra, poniendo las nalgas en una extremidad libre de banqueta:

— Buenas, os presento a Ella, una amiga.

Todos los hombres del grupo me miraron a la cara, pero de una manera tan diferente de lo que acostumbraba que, de inmediato, supe que eran gays. Bi, tal vez para uno de ellos, a pesar de todo. En cuanto a la chica, hubiera podido ser mi madre..., sin embargo me pareció impresionada.

— Y ¿de dónde nos llega, Ella? lanzó Enrique con mirada aprobadora.
— De Barcelona y me gustaría trabajar en el espectáculo, la publicidad o cosas así.
— Sólo eso. No te arredras por nada, ya veo. Bueno, pues, siéntate y toma un vaso para esperar, espetó Fabio, soltando un bonito aro de humo con la boca carmesí.
— Gracias. Con gusto.

Dos horas y algunos tragos más tarde, mientras apenas se iba vaciando el local lleno de humo y acababa de decir Fabio por lo bajinis que se iba al servicio, yo había visto a Maitena seguirle sin demora. La joven florista volvió a subir unos minutos más tarde, pero el travestí mucho después, con mirada metálica y gesto lento. Enrique había aprovechado el intérvalo para acercarse a mí y proponerme que posara para él y Juan. Sin pensarlo, había aceptado, con el entusiasmo de la juventud y todo el frescor de mis ilusiones.

(Se continuará)

©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2010. Derechos reservados.

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