Domingo 12 Septiembre 2010

Ella Lloq - parodia picaresca 2/7


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Capítulo 2

Donde cuento mis primeros pasos madrileños y mi encuentro con una joven florista

La radio del pesado camión deshilvanaba el estribillo de "No es pecado " a medio volumen. Me sonó como un signo.

Más allá del bien y el mal no espero salvarme
Entre el vicio y la virtud no puedo escaparme
Fue mi perdición
y perdida estoy sin remisión*

Esta mezcla de culpabilidad, autoirrisión y la sensación de haber alcanzado un punto sin retorno, con exactitud correspondían a mi estado mental.

Seis horas más tarde, después de pagar con el cuerpo a un chófer que no pedía tanto, me apeaba en Mercamadrid a la hora del lechero, un poco dolorida, pero más que nunca decidida a abrirme camino en la capital de la Movida.

En Madrid, como en Barcelona, el mundo de los abastos todavía era esencialmente masculino y machista en sumo grado. Bajo un diluvio de piropos claramente obscenos, erguida la cabeza y desafiante la mirada, crucé por el mercado de frutas y verduras con mi modesto equipaje de mimbre en la mano. Cabe decir que mi minifalda de skaï negro, mi top escotado fucsia, mis zapatos de tacón compensado y mi ardiente pelo de corte recto no eran para aplacar pasiones.

Me disponía a seguir por el mercado de carnes, cuando una venderora de flores, que terminaba de arreglar la mercancía en su puesto, me tiró de la manga:

— Ahí no vayas. Los carniceros, son los peores. Hala, ven, te invito a un café.

Con sus mechones variopintos, peinados con un petardo, encima de un careto salpicado de pecas, la joven florista honraba a su profesión. Gastaba un peto que parecía tomado prestado de la Cruz Roja, sobre el ya famoso niqui blanco de Mango con Doc Martens de un verde manzana. Su estilo en seguida me gustó.

— Hola. Muy guay. Gracias.
— Hala, ven.

Aquel encuentro iba a ser decisivo para mí, pero todavía lo ignoraba.

Maitena me llevó hacia la trasera de su puesto. Una cafetera eléctrica terminaba de colar seis tazones de un café cuyo aroma cubría casi totalmente las fragancias florales de la tienda.

 — Me vendría mejor no hacer café aquí porque me estropea el comercio, pero no puedo con ello, y el de la máquina, no te digo.

Nos sentamos en dos sillas de tijera. Maitena me miró fijamente a la cara unos instantes, mientras yo me desenfriaba las manos al calor del tazón.

— No me atañe, pero ¿sabes adónde ir? ¿Dónde vas a dormir esta noche?

Yo le devolví la mirada escrutadora y finalmente le dije :

— Vive un primo mío por aquí, pero no sé si...
— No merece que me cuentes trolas, sabes. Yo también me largué de casa, hace dos años.

Se me alumbró la mirada un instante, pero mi corta experiencia ya me había enseñado que la vida por lo general es de toma y dacá y le contesté duramente:

— ¿Qué quieres de mí? Te aviso que no voy por bollos.
— Y de eso ¿qué sabes? ¿Ya probaste? Nunca hay que decir de esta agua no beberé, entérate.
— No es asunto tuyo.
— Vale, de acuerdo, retiro lo dicho. ¿Quieres más café, Fulana de Tal?.
— Ella. Me llamo Ella Lloq.
— Yo soy Maitena Bous.

Nos miramos antes de echar un brindis entrechocando los tazones.

— Te doy la bienvenida a Madrid, Ella Lloq.
— Te lo agradezco, Maitena Bous.

Luego rompimos en una carcajada.

— ¿A qué te quieres dedicar aquí, en Madrid?
— No sé, al baile, la música, la publicidad, el cine, la marcha, a pasármelo en grande, ya ves.
— ¡Vaya un programa! Y ¿qué sabes hacer de todo eso?
— Que no sea la marcha, nada.
— ¡Esto promete! A ver, primero, ¿cuántos años tienes?
— Esto, tía, es secreto bajo llave.
— Ya, me imagino, bastantes para cometer majaderías, pero no para asumirlas, ¿eh?

Maitena me miraba con los ojos entornados.

— Mira que con el físico que tienes, cualquier cosa es posible, queda claro, porque eres pero que muy bella. Oye, tal vez tenga un plan. Por la noche, me veo con un grupo de estudiantes y artistas en ciernes. Dos de ellos son pintores y buscan modelos. Bueno, claro, es un poco atrevido, pero hace falta lo que hace falta, ¿no? Si quieres, te los hago encontrar esta noche.

Yo asentí con vigor, mientras tragaba el resto de mi tazón de café. La vida de artista y de bohemia, era mi sueño. La pintura, para mí, eran cuadros oscuros y polvorientos de santos y vírgenes en el colegio de las monjas, pero si me podía alimentar, por lo menos en los primeros tiempos... Así, con ademán espontáneo, espeté dos besos sonoros en las mejillas salpicadas de pecas de Maitena.

— Bueno, ya ves, cuando quieres, me dijo ésta, con lucecitas en los ojos.

(se continuará)

*Tube d'Alaska et Dinarama de 1986. Traduction en vers de mirliton : "Entre mauvais et bon/pour moi plus de salut/Entre vice et vertu/je me trouve perdue/Hélas, ma perdition/sera sans rémission".

©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2010.

Domingo 5 Septiembre 2010

Ella Lloq - parodia picaresca 1/7


No dejaba de sorprender que el tema "españolísimo" de la "Movida" no apareciera en su lengua nativa. Sólo faltaba tiempo para ello. La tregua veraniega lo dio. Ahí va, pues, el capítulo primero de "Ella Lloq" en castellano. Seguirán los demás con ritmo semanal.

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Capítulo 1

En el que hago recuento de mi niñez antes de pirármelas

Me llamo Ella Lloq, me dicen de armas tomar y parece que mi físico regala la vista. Algunos añadirán que no sólo en la mirada tengo fuego. No soy de mírame y no me toques. Pero eso, en Barcelona la mediterránea no es para sorprender, ¿O sí?

Todavía no me consideran del todo egeria del posmodernismo, pero por ese camino voy. Catalana, ya lo barrunta, aunque suene diferentemente mi apellido cuando se deletrea, pero ya habrá tiempo, no se preocupe, para desenredar ese aspecto secundario del caso. Con todo lo que he vivido desde hace cuatro años apenas, ha llegado el momento de poner un poco de orden en mi corta vida y doy el comienzo con este relato.

Sin miedo, pues, pero no sin reproches, lo debo confesar porque, desde que nací, sólo conocí líos, agravios y altercados con la autoridad familiar, escolar o religiosa.

Me dio a luz mi madre en el Barrio Chino, en la estrecha escalera de una casa de putas, al fondo de una callejuela de adoquines gastados. En cuanto a mi padre, sin el socorro de una prueba ADN, ¿cómo saber cuál de los millares de marineros de juerga por la ciudad me cedió la mitad de sus cromosomos?

Mi madre, Adela Muéstralo, se inclina por un bello marino chileno con el que se descuidó hasta el punto de correrse, en contra de todas las reglas del oficio. Pero es pura intuición, nada más.

Yo, Ella Lloq - me dio su sello patronímico el chulo de mi madre en uno de sus pocos días de bondad - crecí pues en casa de las señoritas del Carrer d'Avinyó, entre los olores mezclados del pachulí y del benjuí, del permanganato y de la lejía, que en vano intentaban ocultar aquéllos más esenciales del establecimiento.

Mi padre adoptivo - cuyo oficio se reducía a despilfarrar el dinero que mi madre se ganaba con su... - era hombre de principios. Para él, tres tipos de mujeres había: las que uno pone en la calle para ganarse la vida y que conviene llevar con mano dura, so peligro de que periclite el capital; las esposas e hijas, en casa y con la pierna quebrada mientras se pueda y su madre que era parangón de santidad. La mía, por lo que le atañe, gozaba - bueno, no resulta muy adecuado el término - de un estatuto intermediario que en una frase se podía resumir : "clientes, todos los que puedas, pero amantes ¡ni lo sueñes!"

Así pues, en virtud de lo que precede y con el asentimiento de mamá, demasiado buena en eso como en el resto, ese chulanga había puesto en pensión a la hija de su socia desde la edad más tierna en un colegio de las Hermanas de la Visitación, en los lindes de la ciudad, allá por el Tibidabo, para sentar las bases de una educación que pretendía completar luego a su manera.

Fue el principio de mi vida aventurera.

Mi primera hazaña consistió en organizar una noche con mis compañeras de dormitorio una razzia en las cocinas del colegio. Tras robarle las llaves a la hermana intendente, que roncaba como un tronco en su celda, saqueamos armarios y frigoríficos, sin contar con la reserva de botellas para los días de recepción del Excmo y Rvdmo Sr. Obispo. Al amanecer, nos encontraron borrachas perdidas, embardurnadas de confitura, chocolate, sardinas en aceite y otras conservas deleitables.

Mediante un donativo sustancial - que tuvo que reembolsar mi madre a su chuleta redoblando de actividad - consintieron las hermanas en conservar a la cabecilla de aquel jaleo nocturno, pero a pesar de todo, estuve privada de salidas por todo un trimestre.

En mi boletín escolar, al final de ese primer año de pensión, venía escrito, con tinta violeta y aquella letra de trazos gruesos y finos que después cayó en las mazmorras de la pedagogia : "Dotada para cuanto queda fuera del reglamento y con graves lagunas para todo lo estipulado". Con cuatro o cinco signos de admiración.

Finalmente, habría de pasar ocho años entre esos altos muros, ocho largos años entrecortados por tiempos de expulsión e innumerables castigos.

De ellos he conservado un barniz de religión para los días oscuros, cierto gusto por la literatura y bastante ortografía y síntaxis para redactar esto despreocupada.

Iba a cumplir quince cuando me echaron definitivamente y sin contemplaciones.

A estas alturas, la pequeña descarada que yo era se había hecho una jovencita, totalmente formada, y el estricto uniforme del establecimiento ya no lograba ocultar la evidencia : yo despertaba concupiscencia como otros mueven a piedad o caridad. No se escapaba nadie del imperio de mi peculiar belleza: ni mis compañeras, ni las hermanas, ni especialmente el capellán que me confesaba cada viernes.

Sucedió lo que tenía que suceder : se extravió la mano del capellán y a mí me resultó más bien agradable. Pronto descubrí que no todos los cirios eran de cera y que numerosas maneras había de subir al cielo. En fin, perdida quedé para la religión y así provoqué mi entrada en el mundo.

Mi padrastro que pensaba haberme proporcionado todos los viáticos necesarios a una vida de pecadora, en seguida quiso ponerme a pie de obra, pero a mí no me interesaba haber abandonado una institución rigorista para entrar en un burdel, aunque fuese de familia. Por eso lié los bártulos desde la segunda noche, sin esperar que el chulo de mi madre me pusiera el trato en mano y me pasara por la piedra.

En el intervalo, yo me había dado una pinta intermediaria entre las de Alaska y Catherine Ringer, mis ídolos de entonces en materia de rebeldía musical. No podía quedar desapercibida. Rumbo a la autopista y la movida madrileña. Éramos en 1986.

Apenas tenía levantado el dedo y arqueado el trasero en la cuneta de la A2, se paraba un treinta y ocho toneladas que acababa de salir de Mercabarna y se proponía llevarme a destino.

(se continuará)

©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2010.

Viernes 16 Julio 2010

La chica que dormía con los ojos abiertos (Diario de un cabrón ordinario 1)

Drama en tres actos

En memoria de
Mario Benedetti
autor insigne,
cuentista sin par,
con toda mi admiración
y todo mi respeto.

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 I

El encargado de las luces acababa de dirigir un foco blanco sobre ella. Eran las instrucciones para los bailadores que sobresalían de la masa.

Llevaba gafas oscuras que le comían media cara, pero de ella toda emanaba un aura que atraía las miradas como los rayos solares el girasol. Bailaba sola al compás de la música del Twenty Four y a su alrededor se había formado un coro de admiradores que se agitaban con la esperanza de ser atrapados en su círculo de luz.

Yo era uno de ellos.

Ella llevaba un vestido corto, recto, de tela blanca, sin mangas y con escote discreto que hacía resaltar los tonos dorados de su piel, así como su pelo largo de un castaño claro.

Rodeado de cuerpos masculinos, el suyo, menudo, absorbía las ondas de la música para traducirla en movimientos, ademanes, ondulaciones en perfecta armonía con el ritmo propuesto, fuese latino o rockero.

Era un encanto mirarla.

Había venido con una amiga, pero, desde que llegaron, ésta había puesto los ojos en un chico rubio - camiseta y tejanos ajustados - y le estaba tirando los tejos sin cuidar más de ella. 

Cuando cambió la música de ritmo, permaneció unos momentos en la pista, como desorientada, y yo, recordando que la ocasión es calva, acudí a tomarle la mano para llevarla a la mesa donde había dejado chaqueta y bolso.

Nos sentamos, llamé al camarero para que nos trajera de beber, nos apuntamos los dos por una cerveza y entonces me dijo :

— Me preguntaba cuándo ibas a abordarme.

Yo no daba crédito.

Cruzaba las piernas en el sofá bajo y su vestidito revelaba buena porción de unas piernas ahusadas admirables. Me ardía la mano más próxima a su rodilla derecha, pero no me atreví, a pesar de la claridad de la señal que me acababa de dar.

Apuramos las cervezas con bastante prisa, porque entre el calor sofocante del local y el del baile nos había entrado una sed elefantina. Yo iba a proponerle otro trago, cuando me puso una mano en el muslo y me dijo : 

— Vámonos de aquí. A mi casa ¿te apetece?

Vaya que sí, pensé.

Fin del acto primero.

II

— ¿Queda lejos?
— Dos manzanas. Podemos ir andando.

Me había cogido del brazo, como si fuésemos pareja vieja.

Era noche negra y las farolas dispensaban poca luz. Yo le había rodeado la cintura y ella se dejaba besar caminando. Pero distraídamente diría, como si tuviera la atención puesta en otra parte.

Al cabo de unos centenares de metros, me dijo : "Aquí es" y del bolso sacó dos llaves atadas por un cordoncito. Me tendió una :

— ¿Quieres abrir? La cerradura es un poco dura.

Era un portal con verja de un inmueble moderno, con ascensor.

— Segundo derecha.

A estas horas de la madrugada, venía vacío y como teníamos ya mucha prisa, empezamos a quitarnos la ropa mientras subíamos. Se le deslizaron las manos hacia mi cinturón, las mías le buscaban el bajo del vestido

Abrí el estudio con la segunda llave sin darme cuenta de lo que hacía realmente, porque ya se había apoderado de mí la parta baja de mi individuo y en vano hubiera tratado de reunir dos pensamientos ajenos a nuestro ajetreo. Y creo que ella también
.
Sin alumbrar, cerrada la puerta con una patada, rodamos por la moqueta hasta dar con el borde de algo que resultó ser la cama.La izé en ella, volaron nuestras últimas prendas y... nos perdimos el uno en la otra.

Fin del acto segundo.

III

Me daba un martillo neumático por las sienes. Demasiadas mezclas alcohólicas - gin-tonic, mojito, cerveza. La luz que se filtraba por las cortinas medio corridas me parecía otra enemiga ensañada contra mí. Tenía la garganta y la lengua rasposas como papel de vidrio. Las once y diez, marcaban los dígitos fosforescentes en el despertador.

Me volví y entonces la vi.

Reposaba boca arriba con los ojos abiertos en la penumbra.

Me dio un vuelco el corazón. Un instante, la creí muerta. Mi mano fue por ella y comprobé de nuevo el contacto de su carne firme y tibia.

La llamé dulcemente mientras recorría con los labios la punta de los senos ya serenos, el ombligo diminuto, el vello claro, los pies de uñas lacadas de carmín.

Se desperezó lentamente, moviendo suavemente las caderas bajo los besitos.Emprendí el recorrido inverso, demorándome en el sexo tumescente hasta que gimiera un poco.

Entonces fue cuando di la luz y la miré a los ojos por primera vez : de un azul algo desteñido seguían abiertos, fijos, muertos. Me quedé espantado, en silencio.

Lo sintió sin duda y dijo :

— Te enteraste ¿verdad, amor?

Sin respuesta mía, al poco rato alargó la mano en mi dirección. Pero sus dedos no encontraron más que la seda negra de sus sábanas.

A pesar de mis precauciones, resonó un poco la puerta. Ya estaba, desnudo, en el pasillo, con mis trapos recogidos a toda prisa entre manos.

La chica que dormía con los ojos abiertos era...ciega y se llamaba Cecilia*.

Demasiado para mí.

FIN

  • del latín "cæcilia", femenino de "cæcilius", derivado de "cæcus" uno de cuyos sentidos es "ciego".

©Pierre-Alain GASSE, julio de 2010.

Sábado 20 Septiembre 2008

Cuentos de vida y muerte


Después de "Amores de papel", aparecido en mayo, doy a luz una recopilación del resto de mis cuentos en lengua española, titulada :"Cuentos de vida y muerte". Diez y seis cuentos para reír, sonreír, llorar, conmoverse. ¡La vida, en fin!

Se puede consultar aquí :

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Y se puede comprar aquí :

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Jueves 22 Mayo 2008

Amores de papel


De un tiempo a esta parte ocurre que aumenta sin cesar la parte de mis lectores de habla española, y aún más, desde lo que va de año casi ha triplicado la de los procedentes de México. Hasta el punto de que, ciertos días, ¡supera al número de franceses! No tengo ni idea de por qué será eso. Me contento con acogerlo con alegría y reconocimiento.

Todo lo cual me ha movido a ofrecer un volumen de cuentos escritos en español o traducidos a este idioma y da la casualidad que buen número de los que integraban "Amours de papier" tenía esas características.

Los he completado con un puñado de otros textos en torno al mismo tema y aquí tenéis "Amores de papel", accessible en formato Flashbook desde aquí

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Para lo que surja.

¡Buena lectura!

Pierre-Alain GASSE

Lunes 20 Agosto 2007

Du Nouveau/ Algo nuevo


Pardon à mes lecteurs francophiles.

C'est encore une traduction que je propose aujourd'hui.

Il s'agit de celle de "Monsieur Faber et moi", ma dernière nouvelle.

J'ai également profité du repos estival pour présenter une version hispanique presque complète du site, accessible depuis le portail d'entrée.

À bientôt.

Ruego a mis lectores francófilos que me perdonen.

Lo que propongo hoy es una traducción más al castellano, la de mi último cuento, titulado " El Señor Faber y yo" .

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También aproveché el reposo estival para presentar una versión española casi completa del sitio, a elegir desde el portal de entrada.

Buena lectura y hasta pronto.

Miércoles 27 Junio 2007

In Memoriam en castellano


Por fin, está lista una versión española "beta" del cuento "In Memoriam".

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La encontrarán aquí.

No ha sido fácil el trabajo de pasarlo al castellano, por los niveles de lenguaje utilizados.

Gracias por señalarme cualquier error en las construcciones y/o expresiones empleadas.

Y ¡buena lectura!

Miércoles 7 Marzo 2007

¡Ya está!

 

Desde la tarde de ayer está en línea la version española de "La Femme rêvée", con idéntico título, un cuento escrito en 2003, con portada de Mark Heine. Gracias por señalarme cualquier desliz lingüistico que se me hubiera escapado.

 

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