Ella Lloq - parodia picaresca 3/7


EllaLloq2.jpg Capítulo 3

En el que descubro el mundillo de la movida y encuentro mi primer empleo

La ciudad, despertada por Tierno Galván, zumbaba como nunca.

Cuando Maitena y yo salimos del Metro en la estación Tribunal de Malasaña, todavía no eran las diez de la noche e iban los madrileños sacrificando con ardor al copeo, antes o después del consabido paseíto. Se desbordaban los bares en las aceras, las sirenas de las ambulancias horadaban un fondo sonoro de claxones, publicidades agresivas y ritmos atronadores, salidos de vehículos con las ventanillas bajas o de bares con música, abiertos de par en par. Los telones métalicos bajados de las tiendas de ropa de la zona venían constelados de pintadas, obscenas lo más a menudo, políticas muchas veces y poéticas de vez en cuando. Las ropas más estrafalarias ahí pasaban desapercibidas de tan numerosas como eran. Así no se volvió nadie hacia nosotras, cogidas del brazo como dos amigas de toda la vida.

Nos fuimos hacia la calle Velarde. En el número 18, el letrero luminoso de la Vía Láctea parpadeaba en el anochecer. Ahí era donde se reunía la pandilla que frecuentaba Maitena, ignorante de que buena porción de futuras celebridades también. Tras unos vinitos y tapas al uso, tal vez iríamos al Penta que ocultaba su fachada azul noche, calle de la Palma, o al Sol, calle Jardines, en derredor al semicírculo de su asombroso escenario, antes de terminar la noche en el Rock-Ola, la distoteca más cotizada del momento, distante de unas cuadras.

Sin decirlo esperaba entrever ahí a mi ídolo, Olvido Gara, a la que de momento sólo conocía por su nombre de escena, Alaska. Había descubierto a la cantante de Kaka de Luxe mediante su personaje de bruja-presentadora del programa juvenil "La Bola de Cristal", que se lanzara dos años antes. Desde que se había puesto una cresta a la manera de los indios Chochones, toda la juventud rebelde de España le imitaba la pinta, acechando cada una de sus apariciones como el "nec plus ulta" para seguir, imitar, superar, a ser posible. Dentro de poco, ¿cuántas chicas adoptarían la ardiente pelambrera que pondría de moda? Temblorosa, me impacientaba por verla, tocarla, encontrarla.

Desafortunadamente, en el Rock-Ola, no figuraban Alaska y Dinarama, su nuevo grupo, en la programación del día. Pero, venido de la casa de al lado, Costus ocupaba una mesa con Fabio MacNamara y Blanca Sánchez, salida de su vecina galería para reunirse con sus protegidos.

Aquella noche, Fabio, cultivando su pinta andrógina, venía maquillado como un coche robado y lucía pantalones superajustados, estilo calzas, bueno, sin la ranita, y magníficos escarpines rojos con tacón de aguja de diez centímetros por lo menos.

Blanca, por su parte, vestía una falda recta de cuero negro con mallas color ladrillo, un jersey con listas horizontales negrimalvas y para rematar el conjunto una chaqueta de cuadros blanquinegros.

Juan y Enrique, los dos pintores que firmaban Costus, pelambrera morena y cara demacrada el uno, cara de ángel y cabello peroxidado el otro, llevaban más sobria indumentaria, vaqueros, boots y camisetas de los Sex Pistols.

En su mesa, sendos vasos, una botella de ginebra, otra de coñac, paquetes de cigarrillos, un cenicero a tope y en las miradas que se dirigieron hacia nosotras cuando entramos, pupilas bastante dilatadas.

Maitena, por excelente motivo, conocía a todo el grupo. En los camiones que cada noche llegaban a Mercamadrid, transitaban mercancías que, por ser consumibles, no dejaban de ser prohibidas : marijuana, cannabis, heroína, LSD. Yerba, resina, polvo y pastillas viajaban con las cajas de carne, fruta y verduras.

Y la muy reciente democracia española todavía dudaba de la política a adoptar frente a un fenómeno que cada día cobraba más amplitud : en Madrid uno encontraba droga en cualquier parte, casi en vente libre.

Así se ganaba Maitena sin escrúpulo alguno un dinero extra con ese comercio accesorio cuya red venía estructurada exactamente como el mercado de abastos : mayoristas, mayoristas intermediarios, minoristas. Ella vendía al por menor, pero no dejaba de sacar de ello varios millares de pesetas mensuales.

En el mundillo de la "movida", todo el mundo tocaba a todo o casi todo : días y noches se sucedían en un delirio de creación, de saraos orgiásticos improvisados o hábilmente montados, de conciertos, exposiciones, happenings de todo tipo... Madrid había superado a Londres.

Yo estaba en la gloria, suspendida a los labios de Maitena : ahí era dónde quería estar y ya estaba. Juégatela, mujer, me dije, al tomar sitio con mi nueva amiga en la mesa a la que nos estaban invitando a sentarnos.

Maitena fue la primera en tomar la palabra, poniendo las nalgas en una extremidad libre de banqueta:

— Buenas, os presento a Ella, una amiga.

Todos los hombres del grupo me miraron a la cara, pero de una manera tan diferente de lo que acostumbraba que, de inmediato, supe que eran gays. Bi, tal vez para uno de ellos, a pesar de todo. En cuanto a la chica, hubiera podido ser mi madre..., sin embargo me pareció impresionada.

— Y ¿de dónde nos llega, Ella? lanzó Enrique con mirada aprobadora.
— De Barcelona y me gustaría trabajar en el espectáculo, la publicidad o cosas así.
— Sólo eso. No te arredras por nada, ya veo. Bueno, pues, siéntate y toma un vaso para esperar, espetó Fabio, soltando un bonito aro de humo con la boca carmesí.
— Gracias. Con gusto.

Dos horas y algunos tragos más tarde, mientras apenas se iba vaciando el local lleno de humo y acababa de decir Fabio por lo bajinis que se iba al servicio, yo había visto a Maitena seguirle sin demora. La joven florista volvió a subir unos minutos más tarde, pero el travestí mucho después, con mirada metálica y gesto lento. Enrique había aprovechado el intérvalo para acercarse a mí y proponerme que posara para él y Juan. Sin pensarlo, había aceptado, con el entusiasmo de la juventud y todo el frescor de mis ilusiones.

(Se continuará)

©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2010. Derechos reservados.

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