Ella Lloq - parodia picaresca 5/7


EllaLloq2.jpg Chapitre 5

En el que encuentro a la vez piso y manera de ganar algún dinero extra

Posando para Costus, había ganado bastante dinero para alquilar un cuarto en el barrio, porque con su creciente notoriedad, Enrique Naya y Juan Carrero ya se ganaban bien la vida. Buscar un poco más allá me hubiera salido más barato, pero no me convenía alejarme de mi lugar de trabajo ni de mis nuevas amistades, aunque casi me diera carne de gallina la perspectiva de cruzarme con Lola.

Falseé mi edad, claro está, silencié la exacta naturaleza de mi trabajo, destaqué mis estudios con las hermanas, sin más detalles por miedo a que las cuestionasen sobre mi fama, me estiré la falda con ostentación en las rodillas y conservé la mirada baja durante toda la entrevista, en cuanto supe a qué atenerme con mis futuros propietarios.

El marido, de pronunciada calvicie y bigote esmerado, escondía un evidente interés por mis formas detrás de gafas ahumadas. La mujer, bella en otros tiempos, se torturaba las manos como presa de una sorda inquietud.

— Serán quinientas pesetas mensuales, a pagar con antelación, por favor.
— Naturalmente.

Los cinco billetes nuevos de quinientas pelas que coloqué en seguida en la mesita del salón fueron decisivos. Trato hecho, con un apretón de manos, sin más requisitos. Es que esta buena gente eran inquilinos sin derecho a realquilados. Por suerte, el dueño vivía en las Américas y se contentaba su apoderado con cobrar el alquiler a tocateja.

Así fue cómo me mudé a casa de esta pareja de ancianos - él, antiguo militar, ella, ama de casa - en un inmueble con señorío de la calle Fuencarral, sexto piso (con ascensor). Daba mi habitación al patio de luces, pero era espaciosa y bastante clara, amueblada con gusto, - aunque no fuese el mío - en un estilo que yo estimaba remontar a los años treinta.

Empecé por quitar el crucifijo que remataba la cama para esconderlo al fondo de uno de los cajones de la cómoda. Luego, probé los muelles del somier y del colchón antes de tenderme encima, espatarrada de brazos y piernas para mejor tomar posesión.

De repente, me incorporé para salir a reconocer el pasillo donde me habían indicado, sin más detalles, que se encontraban cuarto de baño y váter. Es que en la mayoría de las viviendas, el "baño", como decimos, cumple las dos funciones, lo cual no resulta muy cómodo, cuando conviven varias personas en un mismo piso. Afortunadamente, el WC estaba al fondo del corredor y el cuarto de baño al lado de las dos habitaciones restantes. Yo tendría, pues, que compartir aquel espacio.

Ahí destacaba una bañera profunda, con patas de bronce y, con todo, ducha de téléfono, pero sin cortina. Lavabo a juego. El cromo de los grifos estaba gastado y se notaba el latón en varias partes. La puerta venía con un cristal de vidrio esmerilado.

Poco rato me hizo falta para imaginar todo el partido que yo podía sacar de semejante distribución de los lugares.

Tan pronto como me instalé en casa de los Suárez, supe que me sería fácil convertir al señor en mirón, tal vez en algo más. Lo importante era no despertar las sospechas de la señora, bajo pena de encontrarme de nuevo en la calle.

Empecé notando los horarios de las idas y venidas de la pareja. El señor madrugaba y aunque dormían en habitaciones separadas, cada mañana, como un metrónomo, le traía el desayuno a su esposa a las ocho. Ésta no dejaba su cuarto antes de las diez, se preparaba y sobre las once se iba al mercado. El señor, recién afeitado y perfumado con agua de Colonia o Vetiver, vestía un terno, tomaba bastón y sombrero y salía a comprar el diario en el quiosco, a darse una vuelta por el barrio, a pasear por el parque antes de terminar la mañana ante un vermú con aceitunas en el café Imperial, leyendo las noticias. A eso de la una, regresaba a casa donde pretendía que estuviese listo el almuerzo. Y lo era, de eso estaba yo segura, aunque había declinado la oferta de tomar mis comidas con mis caseros a cambio de una retribución que me pareció exagerada.

El señor pasaba al cuarto de baño mientras la señora se desayunaba. Pensé pues que yo tendría que proceder a mis abluciones hacia las ocho - era temprano, pero quien quiere los fines acepta los medios - para que el señor me viera tomando la ducha en el momento oportuno.

Los primeros días, cerré a conciencia con llave el cuarto de baño y me abstuve de mirar a la puerta bajo la ducha. Bien segura estaba de que el viejo puerco quedaba patidifuso ante el espectáculo de sombras chinescas que yo le daba gratis. No era necesaria otra intervención. Yo sabía que iba a girar con fiebre el picaporte para comprobar si estaba encerrada o no.

Así pasaron dos semanas.

Luego, considerando que lo había hecho esperar bastante tiempo y que debía de estar a punto, al día siguiente, omití girar la llave.

¿Qué pensáis que ocurrió?

Como cada mañana, el señor Suárez se presentó con bata y de puntillas delante del cuarto de baño mientras yo me lavaba y, como cada mañana, intentó abrir la puerta sin ruido. Y aquel día, ésta se abrió, dejándolo pasmado, delante de mí que le hice frente en seguida, cubriéndome la desnudez con las manos, un poco, pero no demasiado.

El señor Suárez se disculpó, le dije que la culpa era mía por olvidar cerrar, luego le pedí que tuviera la amabilidad de pasarme el albornoz que estaba en el colgador, antes de revelar mi intimidad un instante al ponérmelo delante de él.

A estas alturas, el señor Suárez tenía los ojos como platillos y no podía destacar la mirada de mi... ni de mis... ; viendo lo cual decidí dar el remate.

— Señor Suárez, no parece bien. Venga, siéntese un momento en esta banqueta, por favor.

Se sentó, revelando una erección de buen tamaño y yo, poniéndome de rodillas ante él, le dije :

— Déjeme hacer, le voy a curar eso, señor Suárez, pero chitón, ¿eh?

Y, para mis adentros, le di las gracias al capellán del pensionado por haberme enseñado el camino a seguir.

(se continuará)

©Pierre-Alain GASSE, setiembre de 2010.

Comentarios

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