Ella Lloq - parodia picaresca 4/7


EllaLloq2.jpg Capítulo 4

Donde, por un tiempo, me voy a la acera de enfrente

Durante las semanas siguientes, había de pasar largas horas posando en actitudes extenuantes, de Eva triunfante, vestida de modelitos sugestivos o ataviada con disfraces improbables, apenas nacidos del desmadre imaginativo de los dos pintores. La casa de Costus era unos de los templos creativos de la Movida. En ella se cruzaban Pedro Almodóvar, sus musas, su pequeña corte de genio naciente y otros artistas en ciernes. Así fue cómo vi salir a Carmen Maura, Antonio Banderas, Rossy de Palma... y muchos otros de las pantallas de tele o cine en que yo los creía confinados. ¡Antonio Banderas! Ay de mí, ya estaba entre manos. Una bombaza que lo vigilaba como leche en el fuego. Pero mi descubierta mayor fue que eran de carne y hueso como yo, escondían sus angustias bajo apariencias provocadoras y quemaban su vida por miedo a perderla.

Mi juventud, mi brillo, el estatuto de ingenua perversa del que gozaba, - no sabía Maitena mantener la boca cerrada y pronto todos compartieron mis pequeños secretos - no tardaron en convertirme en centro de atracción de todas las miradas y objeto de muchas codicias. 

La gran belleza intimida a muchos hombres, según dicen. Y hube de conocer el asombro de ser "abordada" primero por una mujer, una noche de inauguración en la que no faltaron ni el cava ni las volutas embriagadoras.

Era delante de los espejos de los servicios. Cerca de mí estaba una morena de pelo corto, de más años que yo - veintiocho, treinta, tal vez - cuya pinta recordaba la de Ana Torroja, la cantante de Mecano. Bien había notado yo sus guiños insistentes varias veces durante la velada, pero, acostumbrada a las miradas envidiosas de las mujeres como a las de deseo de los hombres, no me fijé demasiado. Pero, ahora...

La tía, con los brazos apoyados en el lavabo, brillantes los ojos y erguida la punta de los senos bajo la transparente blusa, de pronto volvió la cabeza hacia mí, mientras me iba peinando y, avanzando los labios, me espetó :

— Bésame, porfa.

No me dio tiempo a balbucear una negativa, la tipa me había empujado contra los azulejos de loza y me tomaba la boca. Primero intenté repelerla, pero la otra se sabía el oficio ; pronto sentí que se debilitaban mis defensas y me entraba el deseo a las entrañas. Mis labios se hicieron dulces bajo las embestidas que ella daba. Poco tiempo tardé en rendir las armas y nos fuimos a encerrar en uno de los retretes.

Se llamaba Lola, era celosa como una tigresa y yo iba a pasarlas moradas.

Ella hubiera querido que llevara en la muñeca una pulsera claveteada, con cadenita que, en público, me maniatase a ella para significar mi pertenencia y sumisión. Si, en el microcosmo variopinto de la movida, sin duda no se hubiera comentado eso mucho tiempo, en las calles comerciales de Madrid, todavía pasaba diferente. Claro, contra la engrilletada se desencadenaba el machismo ibérico. Tras oír un par de veces los peores insultos de mi vida, le declaré a mi amante:

— ¡Nunca más eso o me voy!

Pero, ay de mí, los celos de Lola eran enfermizos: cualquier mirada, el menor gesto creaban problema y se volvían fuente de agobiantes riñas. Transcurrieron varias semanas así. Luego, convencida de que yo no era realmente homosexual, a pesar de nuestras pasionales reconciliaciones bajo las sábanas, decidí abandonar aquellos brazos oprimentes por los de un hombre, sin saber todavía cuál. Pensaba que, con la decepción de no haber dado con una lesbiana pura y dura, Lola volvería la vista hacia una Sapho más convincente y me dejaría tranquila.

Como la mayoría de los hombres, Maitena, por su parte, consideraba que yo era inaccesible y parecía haber renunciado a ser más que mi amiga. Sin embargo, por ciertos celos nacientes y dobles, no le había gustado nada que yo cediera a las proposiciones de Lola, que era totalmente de su gusto y más a su alcance, pensaba. Hubo pues cierto distanciamiento entre nosotras durante ese periodo.

Yo me había mudado de la casa de Maitena para ir a ovillarme en los brazos de Lola y así pues, me encontré en la calle, con mi poco equipaje, el día en que di el portazo tras una última y melodramática riña que al mismo maestro del kitsch no le hubiera disgustado.

©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2010.

(se continuará).

Comentarios

1. El Miércoles 2 Mayo 2018, 19:33 por chocolate

Your method of explaining all in this paragraph is actually nice, every one be able to easily
be aware of it, Thanks a lot.

2. El Sábado 5 Mayo 2018, 00:50 por choc

whoah this blog is excellent i really like reading your articles.

Stay up the great work! You recognize, lots of individuals
are hunting round for this information, you could help them greatly.

Añadir un comentario

El código HTML se muestra como texto y las direcciones web se transforman automáticamente.

Fuente de los comentarios de esta entrada