Ella Lloq - parodia picaresca 6/7


EllaLloq2.jpg Capítulo 6

Donde comienzan para mí los tiempos adversos

Toda buena acción se merece recompensa, ¿no? Así pronto recupéré, gracias al señor, el alquiler que cada mes le abonaba a su señora.

Él hubiera querido más. Meterme entre sus sábanas.

— Ni lo piense, señor Suárez. ¡Con los años que tiene! ¿Quiere que le dé un ataque? Además, no sería conveniente. Consiento en aliviarle los ardores de vez en cuando, pero nada más.

Se resignó al statu quo.

Si parecían solucionados por un tiempo mis apuros económicos, sin embargo quedaba otro problema : ¿quién iba a ocuparse de mis propios ardores?

Los hombres con quienes me cruzaba me miraban con ojos de plato, pero no se atrevían a más, de puro paralizados; los con quienes trabajaba inclinaban más a la acera de enfrente que otra cosa; las mujeres, basta ya, pensaba; pasar al ataque se volvía urgente, vale cierto tiempo el masaje clitoridiano, pero mi naturaleza generosa no podía contentarse con ello.

El Rock-Ola me ofrecía terreno de caza lógico, pero el problema era separar el grano de la paja. Yo no quería quedarme al pie de la escala social, aun artística, por toda mi juventud. Y aspiraba, pues, a unir lo útil con lo agradable.

El trato con los artistas de la Movida me había enseñado que si algunos cubrían correctamente sus necesidades, la mayor parte andaba en la cuerda floja. Los únicos en vivir holgadamente eran sus impresarios, agentes, productores, que usaban y abusaban del privilegio.

Así empecé a identificar entre esta fauna restringida a los aficionados al hábano, a los portadores de traje Armani, reloj Rolex y calzado italiano, a los titulares de tarjeta Visa Premier. Con dos exigencias primeras y minimales en mi opinión : ¡solteros y que no tuviesen más de cuarenta y cinco! Por mi madre sabía que los hombres casados pocas veces dejan a su esposa por su amante ¡y no quería irme a la cama con quien pudiera ser mi abuelo!

Aquella gente, acostumbrada a toda clase de negocios, no tenía la menor aprensión a la belleza porque estaba convencida de que con su dinero podía comprárselo todo. Y yo pensaba : "Sí, yo incluída, pero no a cualquier condición".

Varios, que habían pasado con éxito la primera selección, acabaron descartados no por ausencia de medios sino por falta de higiene, exceso de tripa, lenguaje indecente... ¡y me quedo corta!, a pesar de su abultada cartera y sus tentadoras ofertas.

Bueno. Pero empezó la gente a hablar. Y pronto en los saraos corrió la voz de que si nadie recibía mi aprobación, era que, por un motivo desconocido, yo no quería tener compromiso : ¿estaba afectada por ese nuevo y misterioso mal que en cinco años había pasado de un caso conocido a más de un centenar de muertos? Se decía que Enrique, por quien posaba... estaba tocado.

Así fui víctima de un segundo ostracismo, tan injustificado como el primero, pero de consecuencias más dramáticas.

En efecto, casí del día a la mañana, se apartó la gente de mí o corría mi interlocutor a lavarse las manos en cuanto volvía yo la espalda.

Lo único bueno del caso fue que a Maitena le caí bien de nuevo. Por haber acompañado hasta el final a uno de sus amigos drogadicto contaminado por una jeringuilla, ella se sabía de la enfermedad todo lo que se podía saber y conocía el injusto desierto que creaba el VIH alrededor de cada enfermo, real o supuesto. Rápidamente quedó la única en tratar conmigo.

No pasaba semana sin que la comunidad artística de la Movida se enterara de la enfermedad de tal o cual, abatido por una pulmonía oportunista o cubierto de bubones pustulosos o en trance de muerte en un servicio de hospital custodiado como un bunker. Los más afectados eran los homosexuales. Por un tiempo creí en una maldición ; los espíritus reaccionarios y biempensantes desmadradamente hablaron de castigo.

Maitena, sin sufrir en su carne, ya no follaba sino con chicas o bien con condón y cuando ya no podía más. Yo, por un tiempo me refugié en la abstinencia.

Esto no era una vida. El sexo, que para mí no se podía disociar de ella, se volvía tabú. Una tenía que desconfiar de todo y de cada uno. O dar con un chico virgen y guardárselo. Pero, ¿a qué atenerse?

No salgas de casa sin protección decían los anuncios. A los chicos les repugnaba y a mí también. Las tías del barrio que consentían en hacerlo sin condón vieron su clientela aumentada en un cincuenta por ciento.

Pero cuando empezaron a clarear las filas de esas inconscientes, bien hubo que rendirse a la evidencia: ya tocaba el mal a todos, heteros, homos, sin distinción de identidad o prácticas sexuales. Había llegado el momento de adoptar nuevas costumbres.

A partir de entonces, siempre tenía en el bolso, una caja de Durex para Él. Pero Él no se dejaba ver. Y así tuve que recurrir a unos suplentes. "Es preciso que le cuerpo exulte" como dice mi madre a quien le mola aquella canción de Brel, aunque no entiende la mitad de la letra. Pero con ese cangüelo que te muerde la tripa, de que en el fragor de la batalla se le olvide ponérselo o se rompa el condón, se te corta el rollo ¿no? Sin contar con todo lo que tienes que dejar de hacer. Es para volverse una frígida.

Por fin, la llegada del AZT con la puesta en venta del Retrovir volvió a dar un amago de esperanza a los seropos. Digo amago porque en realidad no cambiaba el problema, si declarabas la enfermedad, sabías que ibas a morir un poco más tarde, nada más. Y tragándote no sé cuántas pastillas al día.

Por suerte, no me he vuelto seropositiva. Mis pruebas de VIH siempre resultaron negativas, toquemos madera.

(se continuará)

©Pierre-Alain GASSE, octubre de 2010

Comentarios

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