¡Vaya Boda! (Homenaje a Francisco Goya) - Parte Primera


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Francisco de Goya - La Boda (1792)

Es día de júbilo este domingo primaveral del año de gracia 1792 en Santillana del Mar y repican a gloria las campanas de la Colegiata.

Por las adoquinadas calles de la villa se adelanta un cortejo multicolor. Lo va acompañando una cohorte de chiquillos ruidosos y andrajosos a los que echa moneditas.

La más bella niña del lugar, hija única del molinero, acaba de desposarse con el rico indiano Don Rigoberto del Pozo Salvatierra, de vuelta de las Indias Occidentales. Camina la boda hacia su vivienda de la Calle del Cantón, comprada por vil precio a un marqués arruinado por el juego y las mujeres.

La bella apenas acaba de celebrar sus diez y ocho primaveras. Y desde el noviazgo, cada noche, durante sus insomnios, su padre mentalmente cuenta que te cuenta su nueva fortuna.

No sólo se libró de abonar a Clara una dote, sino que logró una importante compensación. Desde su enviudamiento, era su hija quien mantenía el hogar y ahora conoce una doble afflicción, ¿verdad?

Lo consuela pensar que con esta cantidad podría mandar construir un segundo molino en la loma de las Yeguas y arruinarle el negocio a su rival del pueblo vecino.Después de todo, era su hija y ninguna otra más a quien quería por mujer este negociante. Por cierto, tiene a su favor el caudal ganado por su padre en la industria azucarera, pero también ¿cómo os lo diría? un físico peculiar al que no estamos acostumbrados por aquí. Eso bien merece la familia verlo compensado ¿no?

Desvanecidos, pues, los planes que formó para Clara y los esponsales acordados con el notario. Pero no tuvo que convencer a su hija. En seguida supo ella dónde residía su interés. Incluso sospecha que lo hizo todo para que la notara este acaudalado heredero. Quien quiere los fines acepta los medios ¿no? Con lo cual, hoy se pavonea, con porte altanero y frente serena, en este vestido de terciopelo azul marino con escote generoso y adornos de encaje.

Aquellos son los pensamientos del molinero Pedro Mendoza Trueba, mientras acaba de pagar lo debido al canónigo cura. Quien lo guardó con prisa en una de sus numerosas faltriqueras. Buena pinta tiene hoy Pedro Mendoza con el vestido verde de faldones, medias blancas, chorrera de batista y sombrero negro de tres picos en la mano. Por poco perdería el recuerdo de la diformidad de su cara, este doble grosor que le abulta la mejilla izquierda desde hace varios meses ya y que el barbero cirujano quería operarle. « Permítame casar a mi hija primero, Maestro Lorenzo, luego lo pensaremos ».

Ya está y bien puede el pueblo desparramar habladurías, le importa un bledo. A su hija la tiene establecida con rico caudal y va a morar en el palacio del difunto Señor Marqués. ¿Qué padre digno de serlo no echaría las campanas al vuelo? ¡Sólo los afancesados de toda calaña encuentran peros a eso! ¡No faltaría más que el "sí" de las niñas se dejara a su sola inclinación! Deo gratias, Clara adelantó sus aspiraciones. Detrás de esta carita linda, siempre supo que tenía una chica calculadora. Le echa una mirada. Sólo la ve de medio perfil, pero le parece que presenta aire de gran contento. ¿En qué estará pensando en este momento?

(se continuará)

©Pierre-Alain GASSE, abril de 2012.

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