Los Fuegos de Mayo


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Todavía no había emigrado del casco urbano la Facultad de Letras de Rennes. Se ubicaba al fondo de una plaza cuadrada, refugio y cuartel general de una de las numerosas pandillas de mendigos de la ciudad. Por fuera, era un gran cuadrilátero de tres pisos, austero y sombrío. Por dentro, aulas, anfiteatros y despachos venían distribuidos alrededor de un patio de masivos soportales de granito. Oscuros corredores, chirriantes escaleras, anfiteatros de butacas consteladas con graffiti, ahí flotaba un olor particular a papel viejo, polvo antiguo y tarimas enceradas. Al viejo caserón le sacaba temblores nuestra juventud cuando irrumpíamos en las escaleras, al final de las clases.

El elenco profesoral, en su mayoría, era a imagen y semejanza del edificio. En la cumbre jerárquica reinaban como mandarines los viejos catedráticos sobre una clase humilde de profesores adjuntos, ayudantes, asistentes, laboriosos y retraídos. De esta monotonía anónima, sólo emergían unas pocas personalidades de mayor impacto que intentaban sacudir la venerable institución. Éramos en 1966. Prestando el oído con atención a los rumores de pasillo, uno sin duda presintiera la explosión que había de suceder dos años más tarde, pero la Universidad seguía siendo un ghetto atrapado en tradiciones seculares e increíbles pesadeces administrativas y sus estados de ánimo dejaban indiferente o casi a la opinión pública y las esferas dirigentes del país.

Yo descubría encantado mi nueva vida. Vivía alquilado en casa de una vieja señora refunfuñona y avariciosa. Pero no existía alternativa. Tenía que apañármelas con el importe de la beca. El cuarto estaba en el primero y el baño en el rellano. El váter, por su parte, se encontraba en la planta principal, debajo de la escalera. Parqué encerado, cama de hierro, edredón de pluma, armario antiguo, mesa de trabajo y... estufa de carbón. Desde Todos los Santos hasta Pascuas de Resurección, o sea durante casi todo el año universitario, cada día había que encender esta estufa. Ir a por carbón, cubo tras cubo, al sótano. No tiraba bien la chimenea, en particular cuando soplaba el viento de oeste, lo que por desdicha era lo más frecuente, y muchas veces tenía que abrir la ventana para extraer el humo de la habitación.

Recuerdo que la puerta del váter venía constelada de recomendaciones conmminatorias: "No se olvide de tirar de la cadena, de apagar la luz y por favor no despilfarre el papel higiénico". Y todo por el estilo. Estaba prohibido cocinar, lavar la ropa, recibir visitas femeninas. Varios años después de acabados mis estudios superiores, el inagotable tema de los líos con los propietarios solía volver en mis sueños. Eso para decir hasta qué punto me marcaron aquella época y esas nuevas condiciones de vida. En uno de estos sueños, todavía lo recuerdo, me enfrentaba con una dueña bigotuda que sin tregua iba cambiando los muebles de mi habitación según sus antojos y los sucesivos reacondicionamientos de su hogar. Lo único en permanecer era mi cama de hierro con sus bolas de cobre... Por suerte, un amigo había alquilado la habitación del otro lado del rellano. Nos desayunábamos por turno uno en casa de otro y no surgía ningún problema en el uso del cuarto de baño.

Con las once o doce horas lectivas a las que teníamos que acudir semanalmente nos merecíamos la fama de ser alegres vagos así como la envidia de nuestros colegas de Ciencias o Medicina. No obstante, se me iban las jornadas tan pronto que a menudo llegaba el día siguiente sin que me diera tiempo a cumplir con mis escasas obligaciones. Menester es precisar que no había película, concierto o espectáculo de interés a los que faltáramos. Además, como cada uno sabe, el principal refugio del estudiante es el bar; allí encuentra calor y se pasa horas echando abajo el mundo, inventándose la vida delante de un café con leche o una caña. A las mesas de formica, entre la humareda azulada de los pitillos era donde nos jugábamos la vida. Se formaban los grupos en función de los encuentros, con el paso de las clases y de los días, a merced de los guateques.

Al año siguiente, obtuve algunas horas de enseñanza en un colegio rural, regido por los HH de Ploërmel. Ya que estudiaba francés, me dieron cinco horas... de inglés - pues, si a uno le van bien los idiomas... - tres horas de educación física y la suplencia de los profesores de baja.

Dos días a la semana viajaba allí. Me encontraron alojamiento en la casa cural, en un inmenso cuarto de paredes desnudas, que lindaba con el desván. ¡Era siniestro, pero gratuito! Con cierta aprensión daba yo mis primeros pasos de profesor, pero estos alumnos campesinos, suertudos en poder estudiar más allá de la primaria, tenían sed de saber y nunca tuve clase más atenta. También impartía educación física a los dos sexos y, para colmar las lagunas de un saber libresco adquirido con prisas, por gusto personal y sobre todo porque relieve y paisaje se prestaban admirablemente a ello, aquel invierno hicimos muchas carreras por los bosques y los caminos alrededor. Acostumbrados al aire libre y al esfuerzo físico, las marcas de esos zagales más de una vez me asombraron.

Se aproximaban los exámenes, era final de marzo y de repente estalló ardiendo la Universidad en contra de un enésimo proyecto del Gobierno. A principios de mayo la huelga general paralizó el país. Se desparramaron los estudiantes por las calles, se cubrieron los muros de pintadas vengativas, blasfematorias, indecentes, perentorias, poéticas... Las paredes hablaban. Con letra negra o roja. El rojo y negro que flotaban en los cortejos, que se izaban a las cumbreras de los edificios. Temblaban los burgueses detrás de sus ventanas, cerrados los postigos. Los prefectos recurrían a la guardia. Se desempedraban las calles. Se insultaban unos y otros lanzando adoquines y granadas lacrimógenas. Estaba en marcha la Revolución, decían unos, y para mañana el día del triunfo clamaban otros. En los anfiteatros transformados en asambleas del pueblo, la gente se reunía sin tregua. Ahí comía, bebía, dormía, y más si se terciaba. Arengas, votaciones y mociones a granel. No paraban las ideas. Una inmensa esperanza de cambio levantaba los corazones y hacía olvidar el cansancio. Al final se aplazaron a setiembre los exámenes : el follón pudo más que la máquina universitaria.

Yo nunca me había interesado en la política ; todavía no había votado porque sólo iba a cumplir veintiún años dentro de unos meses. En casa, estaban a favor de De Gaulle, por admiración patriótica y luego por costumbre, pero nunca se habló de política ante mí. No se hacía política. De sobra bastaba con ganarse el pan de cada día.

Desde hacía dos años, venía agitada la Universidad por huelgas esporádicas y protestas en contra de la guerra del Vietnam, pero ¡me caía tan lejos el Vietnam!

Pero eso era diferente. Estábamos en el corazón de la acción y yo tenía que elegir mi bando. Al principio me dejé llevar por la corriente. Acudí a las asambleas de mi departamento. Luego, seducido por el ambiente, fui voluntario para diversas tareas. Había que popularizar las posiciones nuestras. Así fue cómo me puse del lado del cambio. No porque me molestase el orden establecido. Para decir la verdad, ni lo había pensado. A los dieciocho o veinte, no siempre tienes conciencia de que la vida personal que tratas de construirte mucho tiene que ver con la sociedad en la que vives. Yo era hijo de artesano y luego de tendero, así sin quererlo pertenecía a la clase media. Criado en una pequeña ciudad burguesa, me había adaptado al molde que encontré. El mes de mayo 68 me abrió los ojos. Descubrí la lucha de clases y las demasías de la dictadura del proletariado, el encanto y los riesgos de la autogestión, los límites del reformismo y los peligros de la revolución. En el terreno, a través de las oposiciones y los enfrentamientos, a veces violentos, de las diferentes facciones organizadas dentro de la Universidad. Yo había leído a Marx sin comprenderlo bien. Ahora tenía bajo los ojos los ejemplos que me faltaron. Curiosamente, la profusión ideológica de mayo 68 lo esclarecía todo para mí y salía a la luz una evidencia: el socialismo en la libertad era el objetivo a alcanzar.

No marcaba el final de mis descubrimientos.

Se suspendieron las clases. En la casualidad de una protesta más, mientras el cortejo, erizado de banderolas y esloganes vengativos iba subiendo hacia la Prefectura, los guardias de las compañías de seguridad, mantenidos con el arma descansada desde varios días atrás, recibieron la orden de cargar para impedir el acceso a la plaza. Una salva de granadas lacrimógenas había enrarecido el aire, se taparon las caras con bufandas y fulares y, de repente, entre la acre humareda, en un ruido sordo de borceguíes a paso de carrera, empezaron a llover porrazos sobre los grupos con casco que encabezaban la mani. En seguida fluyó el cortejo hacia las calles adyacentes, a excepción de los pocos excitados que soñaban con vérselas con la poli. Fue breve y violenta la carga. Refugiado en el portal de un providencial edificio, dejé pasar la tormenta. ¡Al neorevolucionario del menda todavía le amedrentaban el uniforme y la porra! Se desalojó el bulevar tan pronto como se llenó. Acá y acullá, en el empedrado, yacían algunos cuerpos y, muy cerca de mí, del otro lado de la calle, contra un dos caballos Citroën, una chica con minifalda, recostada la cabeza en su bolso. Desmayada, tal vez. Acudí en su auxilio, arrodillándome a su lado. Estaba consciente, pero se cogía la cabeza entre manos y menudo chichón tenía en el cuero cabelludo de donde manaba poca sangre.

— ¿Se siente bien?
— No de maravilla. Vaya mamporro me arrearon en el cogote.
— ¿Se puede levantar?
— Voy a intentarlo, con su ayuda.

La acompañé hasta el banco más cercano, donde pudo volver en sí del todo, antes de proponerle un café para reponernos de estas emociones. Pero, mirando su reloj, denegó con la cabeza:

— Lo siento, pero tengo que volver a casa, si no se van a inquietar por mí.

Nada más normal. ¿Qué decir a eso? Aquel miércoles, como cada semana, acudí a la Cámara Negra, el cine-club del cual era socio, a la sesión de las cinco. Llegué con algún retraso y tuve que alcanzar mi butaca en la oscuridad, guiado por el foco incierto de la lámpara de mano de la acomodadora. Cuando iluminó el asiento que me correspondía, con sorpresa reconocí a mi lado la misma minifalda con cuadros en las mismas piernas ahusadas que durante la mani de la mañana. ¿Signo del destino? Durante el descanso, compré una bolsa de caramelos de menta.

— ¿Quiere uno?

Me miró fijamente un momento, antes de identificarme:

— Es Vd quien... ¿verdad?
— Sí, soy yo. ¿Y ese chichón?
— Va mejor. Le puse hielo.
— Por segunda vez en el mismo día nos encontramos, es un signo, ¿no le parece?
— ¿Cree Vd?

Pero ya bajaban de intensidad las luces de la sala y recitaba con énfasis el proyeccionista: "Señores espectadores, ha terminado el descanso; sírvanse volver a sus asientos". A continuación aparecieron en la pantalla los créditos de "El año pasado en Marienbad".

La luz blanquecina de una salida de emergencia alumbraba con escasez las primeras butacas de la fila en que estábamos. Desde el brazo de mi asiento, lentamente deslicé la mano hacia las rodillas descubiertas de mi vecina. Me temblaron los dedos al entrar en contacto con la seda artificial de las medias. Adiviné la crispación de una mano en el bolso puesto el el regazo. ¿Qué ocurre en la cabeza de las chicas en aquellos momentos? ¿Cómo nace su deseo? ¿Les abrasa tan pronto y con tanta fuerza como el nuestro? Siguieron avanzando mis dedos hasta que la palma de mi mano sintiera el dulce calor del cuerpo que vibraba a mi lado. En mi pecho, me daba saltos el corazón. Mil veces, en mis sueños, había imaginado lo que estaba sucediendo. Y esta vez, ¡era realidad! Con lentitud, seguía progresando mi mano hacia la que apretaba el bolso. Y se cumplió el milagro. Cuando entraron en contacto con los míos, se abrieron sus dedos y se entrelazaron nuestras manos en el momento en que intercambiamos en la penumbra una primera mirada.

Pasarle el brazo derecho alrededor de los hombros ; atraerla hacia mí para besarla. ¿Iba o no a conséntirmelo? Yo vacilaba ; fue ella quien se ladeó entonces y sentí su pelo acariciarme la mejilla. Respiraba su perfume cobrizo. Mis labios rozaron su piel. Entonces giró la cara hacia mí y se tocaron nuestras bocas un instante antes de que nos besáramos con ansia y soplo corto. Su mano guió la mía hacia el espacio secreto de sus ahusados muslos. Se apresuraban mis dedos por el nailón, subiendo hacia la cintura para deslizarse bajo el leotardo y encontrar el calor de la piel, el encaje de la braguita y por fin el rizado triángulo de un vello púbico en el que se internaron. Cara contra cara, pronto sentí contractarse su cuerpo e invadirla el placer. Yo también estaba al borde del orgasmo, pero ya se iba el divino momento. Rompiendo nuestro abrazo, de súbito se levantó y salió de la sala. La seguí, alcanzándola por el brazo en la acera:

— No se vaya, se lo ruego, no de esta manera.
— Déjeme.

Se había endurecido su cara, de intranquila como estaba.

— Venga a tomarse un café y luego la dejo en su casa.
— No, déjeme.

Tuve que asegurarla que no entraba en mis planes emprender lo que fuese en contra de sus deseos para que consintiera en seguirme.

Penetramos en el primer bar que se terció y hablamos de todo y de nada. Excepto de lo que acababa de pasar entre nosotros. Todavía éramos dos extranjeros.

— ¿Y cómo se llama?
— Paca.
— ¿Y Vd?
— Julián.
— Es bonito, Julián.
— ¿Le parece? A mí me suena demasiado viejo, pero no pude dar mi opinión, ¿verdad?...

Ahí estábamos, sentados uno enfrente de otra, en banquetas de rojo y frío molesquín. Charlando de los estudios, los acontecimientos, nuestros gustos, nuestros ocios. Pie a pie, paso a paso, cada uno se dejaba descubrir por el otro. Nuestras miradas se evitaban y luego se cruzaban, invenciblemente atraídas.

— Paca, no nos vamos a separar así. Venga, la llevo a cenar a un pequeño restaurante en la zona del Mercado ; verá cómo se va a chupar los dedos.

Tardó unos segundos en contestar. Ya sin vergüenza, yo de mis insinuaciones, ella de su placer, no teníamos más ganas de separarnos.

Por primera vez me miró sonriendo :

— Bueno, vale.

Era el mes de mayo y sobre la ciudad soplaba un viento nuevo. Estaba viviendo mi primer amorío. No pasaría a mañana, pero ¡mañana quedaba tan lejos todavía!

Durante nuestra cena frente a frente, observé con atención a Paca. No era realmente bonita: sus facciones eran regulares sin llegar a hermosas; sus labios sensuales, pero un tanto espesos, su pelo rubio, pero decolorado. No, no era de veras bonita, sino "sexy" como se dice; lo sabía y tal vez le valiera un poco para vivir.

Acabada la cena, volvimos al cine, como novios recatados esta vez, pero yo temía el final de la película. Es que no podía llevarla a casa de la arpía de mi dueña, sin arriesgar con encontrarme en la calle al día siguiente. Tomar una habitación en un hotel. Había que rellenar una ficha. Nunca me atrevería a afrontar las miradas reprobadoras o cómplices de la gente. Además, sólo me quedaban cuarenta francos en el bolsillo. Mi coche, un R4, ni pensarlo sin vocación de acróbata.

Montamos en coche y circulé un momento sin rumbo. Pronto, escasearon las construcciones. Estábamos en las afueras. Paré el vehículo en la boca de la primera cañada que se presentó. La noche era cálida y llena de estrellas.

Vamos andando en la sombra. Ladra un perro y nos estremecimos. Un muro viejo nos ofrece apoyo. De pie uno contra otra, con torpeza intento desvestirla.

— No, aquí no, Julián.

Cruzamos el camino para entrar en un campo de trigo en cierne en el que caemos enlazados.

En un coito torpe y apresurado, fue esta noche cuando descubrí el amor, con miras estrechas, las que no dejan ver sino el instante del placer.

Mientras estábamos reordenando nuestro atuendo, nos vino el tuteo.

Aunque sólo hubo acuerdo físico entre nosotros, conservo intacto el recuerdo de mi iniciadora, chica en flor, deshojada con demasiada prisa en el ardor de los fuegos de mayo.

Nos volvimos a ver, una vez, a alguna distancia de aquel día, pero se había fugado el bonito mes de mayo y los fuegos que encendió se habían apagado.

©Pierre-Alain GASSE, 1982-2001, versión española, noviembre de 2013.

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