Martes 15 Mayo 2012

¡Vaya boda! - Parte 2 y 3


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II

Así, pues, de ahora para adelante ¡soy Doña Clara Mendoza Trueba del Pozo! Suena bien ¿no?

Todas las chicas por casar del pueblo mueren de envidia. Las oigo chismorrear a derecha mía. Ni falta que me hace mirar: a ojos cerrados, sé que está Paca, la hija del panadero, Conchi, la del alcalde, Lola la del aparcero del difunto señor marqués y Mari Carmen, la chica del herrero, quiero decir de su viuda. Yo era la más joven. Y la primera casada soy yo. Y ¡qué desposorios! ¡Lo bien que les corté la pisada! Por cierto, éramos amigas desde la infancia, pero, en esto de partidos, cada una en su casa y Dios en la de todas, como dicen.

Acabo de ver a Concepción alzando los ojos al cielo tras mirar a mi esposo como si la desolara lo que estaba viendo. No permitiré que se nos falte el respeto. Se lo comunicaré dentro de poco por muy hija del alcalde que sea. Las demás se interesan más por mi vestido que por mi marido. En esto bien reconozco a esas coquetas. Están patidifusas. Sólo tuve que pedir; mi padre y él dijeron sí a todo: terciopelo, encajes, zapatos y medias de seda, perlas como pendientes y el colmo, el adorno del moño: oro, plata y una enorme perla alargada. No quiso decirme el precio del conjunto.

Algunas dicen que esta noche las voy a pasar canutas cuando me cabalgue. Parece que los de su raza tienen un miembro de espanto. El cura y mi padre ya me aleccionaron con medias palabras sobre el tema. Otras me han dicho que de ser verdad no tendría ningún motivo de queja. Ignoran que sé más de lo que piensan. Rigoberto está loco por mí. Tengo interés en que lo siga. Pues, a mí me toca hacer lo necesario para que sea así. Antonio, el hijo del notario tenía mejor figura, por cierto, pero mi marido me lleva quince años y me han dicho que seguiría viajando mucho, así que ¿quién sabe...? Mientras tanto, voy a regentar una casa con cochero, jardinero, cocinera y un par de sirvientas. Así que ¡me paso por ahí los chismes!

III

Bajo el ojo de un puente, viendo pasar la comitiva, dos señores con casaca y tricornio comentan el suceso:

— ¡Lo bien que meneó el asunto la hija del molinero! ¡Vaya boda! ¿verdad?
— ¡Nunca mejor empleado el término! El esposo compró para ella la vivienda del difunto señor marqués. Cincuenta mil ducados, según dicen.
— El dinero sube a la cabeza, a menudo. Esos "indianos" tiran la casa por la ventana. En fin, los hijos del marqués podrán cubrir las deudas del padre y vivir aliviados. No hay mal que por bien no venga, pero esos nuevos ricos ya me dan jaqueca. Son demasiados por aquí.
— Y ¡no le digo nada de la pinta que tiene éste! ¿Ha visto la casaca que gasta? Hace más de treinta años que no se estilan vueltas tan anchas! ¡Y ese colorado! Con la tez que tiene, yo hubiera escogido un color más discreto.
— Oportunamente trae el tema. Por mucho que me digan que es hijo de uno de aquí, ese señor se parece mucho a un negro ¿no?
— ¡Es que le habrá venido todo del lado de la madre!
— Dar la más bonita chica del lugar a ese... personaje, es pecado, digo yo.
— ¿Dar? ¿Está para chanzas? Ni un solo escudo ha puesto el molinero en la canastilla de boda y además ha logrado cinco mil ducados para compensarle de la sirvienta que pierde casando a su hija; ¿no le parece fuerte?
— Le caerá la herencia del molino, con todo. Y puede que dentro de poco. Bien sabe que el molinero anda achacoso. Aquel bulto que tiene en la mejilla va creciendo de mes en mes.
— Sí, tiene la razón. Por un lado, es difícil reprocharle haber querido, mientras vive, establecer a su hija lo mejor posible, pero por otro ¿piensa Vd que será feliz la chica con un marido de esta calaña?
— ¿Cree Vd que la felicidad es de este mundo, amigo mío? Además, me dijeron que en realidad fue ella quien lo tramó todo y no tanto su padre.
— No me diga.
— Sí, sí, por cierto. No le bastaba el hijo del notario. Bueno, no me inquieto por él. Todas las chicas le tiran los tejos por ser chico apuesto y tener caudal. Pero no se acabó el cuento. ¿Quiere que le diga un secreto?
— ¿Un secreto? ¡Por Dios!
— Aquel casamiento durará menos que una hipoteca.
— Y ¿Qué motivo tiene para decirlo?
— Que existe una seria causa de anulación del mismo.
— Significa que Clara habría...
— Mentido en cuanto a su estado, se lo puedo asegurar.
— Pero, ¡si me parece no haber roto un plato! ¡Vaya boda! Tenía Vd toda la razón.

©Pierre-Alain GASSE, mayo de 2012.