Jueves 5 Septiembre 2013

Pensión España


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Yo era entonces un quinceañero sombrío y romántico.

Mis padres, con recomendación de mi profesor de castellano, me habían matriculado a un curso de verano de la universidad de Zaragoza que cada año se daba en Jaca, pequeña ciudad cuartel del pirineo aragonés, donde se suponía que haría menos calor que en la abrasante llanura zaragozana. Pronóstico que al menos ciertas noches se cumplía.

Tras minuciosos preparativos y no pocas recomendaciones, con maleta nueva de cremallera, salí de casa. No iba solo sino con un compañero de clase, llamado Juan Claudio, guardiameta apodado "Chiquito", lo cual le venía mal, por ser de estatura superior a la mía. Partimos el 5 de julio.

Nos esperaba un largo viaje en tren hasta Burdeos y luego hacia Pau; después hasta la frontera y desde allí a nuestro destino final.

Viajamos úfanos de esta nueva libertad aunque interiormente inquietos de perder una correspondencia. Por suerte, todo nos fue bien. Yo, ya había viajado a Roma en tren y conocía un poco el mundo ferroviario, sus sorpresas y demoras.

En la majestuosa estación Internacional de Canfranc, nos transbordamos de nuestro tren procedente de Pau al español de vía ancha Canfranc Zaragoza. Allí nos esperaba el lector de nuestro instituto, un hombre seco y enjuto, marcado por secuelas de una poliomielitis infantil, bajo cuya custodia estaríamos durante nuestra estancia. Nativo del lugar, había sido debidamente aleccionado por nuestros padres en cuanto a la conducta que debíamos observar.

Ardía julio sobre la Jacetania. El automotor de pocos vagones iba bajando los 384 metros de declive entre Canfranc Estación y Jaca ondulando para seguir las curvas del terreno hasta la ciudad dormida al pie de su ciudadela. Mal asentado en las banquetas de madera yo iba contando los tuneles y los puentes : recuerdo que llegué respetivamente a 19 y 8, contando el del Somport. ¡Menudo trabajo para 25 km de recorrido !

¡Qué contraste entre el ameno Pirineo francés, todo prados verdes al pie de contrafuertes poblados de tupidos bosques y diminutos pueblos y este campo raso, esos ríos secos y aquellas peñas áridas! Incluso con todas las ventanas abiertas, el aire que nos llegaba quemaba piel y boca. Y ya desde rato yo tenía vacía la bota metálica atada al cinto.

Sólo el cristalino río Aragón seguía rodando cantos entre sus aguas. Todos los demás arroyos y riachuelos estiraban sus lenguas de piedra al sol aplastante.

Así fue cómo descubrí España aquel verano 1963, unos meses antes de cumplir 16.

Con presentación de Antonio que había gestionado la reserva, nos alojamos en la Pensión España, una que se situaba en la entrada de la calle Mayor, número 13. La regía Doña Herminia, una diminuta señora enlutada, dotada de una voz estentórea.

— Hola, buenas tardes, mozos. En seguida os acompaño a vuestra habitación. Está en el segundo y da a la calle. Entra el sol por la tarde. 

Recuerdo que nos tocó una habitación encalada que daba a la calle por un pequeño balcón de hierro forjado. La poblaban dos camas de madera oscura con colcha blanca, una mesita de noche entre las dos, otra mesa pequeña con una silla y punto. Ducha escueta, lavabo y váter al lado.

A continuación, nos enseñó Doña Herminia el comedor donde se serviría la cena a las diez y cuarto. ¡Qué barbarirad de horario para nuestros estómagos! Situado en el primero, era una gran sala oscura poblada de pequeñas mesas cuadradas, cubiertas con mantel de algodón blanco.

Estos cursos internacionales de verano tenían la edad de Cristo, agrupaban alumnos de segunda enseñanza como estudiantes de más años e iban divididos en dos períodos de unos 140 matriculados cada uno. El nuestro empezaba el domingo 7 de julio para terminar el 3 de agosto.

El lugar era frecuentado esencialmente por alumnos de la zona sur de Francia entre los cuales destacaban los de Burdeos yTolosa. Toda una tropa de jovenzuelos y jovencitas en pos de amores veraniegos, autóctonos o no, amén de clases de gramática, literatura y arte impartidas por eminentes profesores zaragozanos.

Esto era una torre de Babel en la que, aparte del inglés, el único idioma común era el castellano. En efecto, si nuestro país representaba los dos tercios del alumnado, con gran mayoría de chicas, el resto venía de toda Europa : Suecia, Irlanda, Gran Bretaña, Dinamarca, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, Alemania, Austria, Suiza, Italia, Grecia, pero también de África con Marruecos y de América con Estados Unidos y Canadá. Completaba el panorama un puñado de españoles extraviados en aquella turbamulta extranjera. 

La mayoría se alojaba en la Residencia del centro y allí entablaba relación con quién podía, pero ¡nosotros no! Íbamos por libre, lo que fue mala idea, por lo menos para el tímido que yo era e incluso cuestión de precio, pero ya no había remedio.

Jaca entonces, se reducía a unas calles y parajes que fácilmente se recorrían en unas horas, aparte de la ciudadela, cerrada todavía a cualquier visita que no fuese militar. Pero no hubiera sido perla del Pirineo aragonés de no dominarla la famosa Peña Oroel, cuyo nombre me ha venido a la mente tan pronto como convoqué aquellos recuerdos de medio siglo atrás. Con sus 1769 metros de altura, su tabla inclinada y su cruz monumental, de cualquier punto de la ciudad se deja ver por distar de ella de seis kilómetros apenas. Fue uno de mis pesares que el programa de los cursos no me permitiera realizar la excursión a esta cumbre en la que repercute sobre la ciudad el eco atronador de las frecuentes tormentas veraniegas.

A las doce y media del domingo 7, en el Teatro de la Unión Jaquesa, se celebró el acto de apertura de los cursos en presencia de todas las autoridades civiles, militares, religiosas y diplomáticas de la comarca. ¡Excelentísimos e Ilustrísimos a granel! Tras un par de discursos del señor alcalde y del decano de la Facultad de Letras de Zaragoza, empezó la conferencia inaugural a cargo del Director General de Bellas Artes que disertó sobre la universalidad del arte románico. Mucha erudición y una lengua de clasicismo rancio que rápidamente me aburrió.

En fin, hora y media más tarde se declaró inaugurado este trigésimo tercero curso de verano. Menos mal, me rugía la tripa desde hacía rato.

Mis padres me habían hecho prometer una carta semanal. Después de la muerte de mi madre, tuve la sorpresa de ver que había guardado las cinco que mandé y las he recuperado.

Escrita con renglones seguidos, rezaba así la primera:

"Jaca, domingo 7 de julio:

'Queridos padres:

Sin duda habréis recibido mi postal de Pau cuando salga esta carta para Francia. Sólo llevamos 36 horas aquí y sin embargo ¡tanto tengo que contaros ya! Bueno, también os voy a hablar de nuestro viaje de Pau a Canfranc, en la frontera. Este centenar de kilómetros nos ha costado dos horas y media recorrerlo. Tuvimos la suerte de ir sentados y una vieja señora muy simpática entabló conversación, pero hacía un calor espantoso. Nos pidieron los pasaportes para devolvérnoslos en la aduana por la que pasamos sin dificultad. En Canfranc nos esperaba Antonio. Luego, tomamos el "TAF", Tren Automotor Fiat, (lo que nosostros llamamos "micheline") que nos bajó a la estación de Jaca. Resulta muy impresionante circular por las montañas: a veces, sigues un precipicio abrupto, otras, murallas enormes de roca dominan la vía. Sin embargo, la más pintoresca etapa de nuestro viaje sin discusión fue la última. Desde la estación a la ciudad (de unos 10000 vecinos) un servicio de autocares transporta a los viajeros. Pero, ¡habriáis de verlos! Son camiones destartalados de antes de la guerra, con al interior dos banquetas longitudinales. Y todo el mundo se sienta alegremente ahí dentro lo mejor que puede. Íbamos tres franceses porque dimos con una chica que se hospeda en la misma pensión que nosotros. Por lo que atañe a ésta, la dueña parece muy simpática, la cocina es excelente y nuestra habitación da a la calle. Aparte de una mesa de pata coja, no hay motivo de queja. Ayer después del almuerzo, es decir sobre las tres, visitamos la ciudad y descansamos en un banco del parque. Sobre las 7, nos tomamos un trago antes de darnos una vuelta por los autos de choque (que también existen aquí) y fuimos a visitar a los padres de Antonio. Llovía. Cenamos a las diez y media. Deciros si dormí bien es inútil. Cuando nos levantamos, eran las nueve y media. Nos desayunamos, rellenamos las fichas de admisión, fuimos a misa a la catedral (Jaca es obispado). A las doce y media, tuvo lugar el acto de apertura de los cursos con una conferencia. Luego, antes de almorzar, fuimos a ver a la familia en la que estaba Juan Claudio el año pasado. Tienen cinco chicos, viven en una vivienda protegida y son muy simpáticos. Parece que, a pesar de ser mi primera estancia, hablo muy bien español. Acabamos de comer. Son las cuatro menos diez. Juan Claudio ya ha terminado las escrituras. Vamos a dar un paseo. Esta noche, creo que Antonio nos va a llevar al cine. Mañana iré al banco. Todo va bien. Hace buen tiempo. Ya termino con besos fuertes.

Vuestro hijo

Pedro''

El contenido de las clases era de nivel universitario en muchos aspectos, adaptado a la enseñanza para extranjeros en otras. Así veníamos divididos en dos niveles, elemental y superior, repartidos a su vez entre hablantes de lenguas románicas y hablantes de idiomas anglosajones.

Teníamos tres horas de clase por las mañañas y, por desdicha, una de cuatro y media a cinco y media que te jodía la tarde. La primera clase de la mañana, de nueve a diez, era de lectura y conversación. Tras una pausa de diez minutos, la seguía una de gramática en la que el profesor Monge pasaba revista a todas las categorías gramaticales, desde los artículos a las onomatopeyas. La tercera hora, durante la primera semana se dedicó a los grandes poetas españoles, a cargo del profesor Blecua que abarcó un extenso panorama desde las jarchas hispanoárabes hasta Federico García Lorca. ¡Cada mañana asombraba al elenco femenino como masculino con un terno de seda tornasolada diferente!

La segunda semana, se dedicó al tema "España, un país en vías de desarrollo económico", la tercera, el Director de los cursos impartió clases de Historia de España y la última, el profesor Torralba Soriano me encantó, hablando de "los grandes maestros de la pintura española" e ilustrando su propósito con diapositivas de los cuadros más famosos. Yo ya conocía buena parte de ellos porque nuestro profesor nos enseñaba recurriendo a proyecciones desde hacía tres años. Así que me pude lucir un poco.

Se daban las clases en aulas altas y sonoras provistas de sillas con una pequeña tableta móvil para tomar notas que era toda una novedad para mí. Tomar notas al vuelo en castellano durante buena parte de estas tres horas mañaneras te dejaba aturdido y se imponía una buena siesta reparadora.

La clase de la tarde era de prácticas : ejercicios gramaticales, trabajos de composición en español, traducción directa e inversa. Claro, ya que necesitaba más esfuerzos por parte nuestra, era la que más nos pesaba. Además, la sala se había recalentado toda la mañana y con la digestión nos invadía una modorra difícil de superar a veces. Así era de poca eficacia y asistencia siempre más reducida.

En la pensión, el menú era repetitivo y poco abundante para estómagos jóvenes: para el almuerzo, ensalada mixta, (tomate, cebolla, lechuga, aceituna), filete con patatas o pescado frito, y de postre, flan casero, mi preferido, o fruta dura como la piedra y alguna que otra vez, helado de corte. Para la cena, caldo de pollo o sopa de letras, luego el primer plato que no tuvimos para el almuerzo o verduras o macarrones con salsa de tomate y por lo general una fruta, melocotón, pera o manzana. 

Esta descubierta de la cocina española entrañaba muchas sorpresas: aquí se ignoraba la carne roja, los filetes eran finos y de ternera, alternando con lomo de cerdo; cuando se decía "con patatas fritas" significaba con medio puñado todo lo más y un trozo de pimiento morrón, las verduras se servían como otro plato, el pan era blanquísimo y compacto con una corteza friable. Teníamos vino, tinto, rosado o clarete: la época seguía viéndolo como bebida higiénica. El café era de calceta. Pero de toda esta comida, lo que más me gustó, lo verán en la segunda carta que mandé a mi familia al cabo de mis seis primeros días en tierra jaquesa:

"Jaca, a 12 de julio,

Queridos padres,

Mañana ya terminará nuestra primera semana aquí. Cuando doy comienzo a esta carta, acabamos de volver bajo la lluvia de una excursión al Monasterio de San Juan de la Peña, situado a 27 km de Jaca. Allí hacía buen tiempo. De la enseñanza no tengo nada que decir sino que nos cuesta levantarnos para las nueve ya que nunca nos acostamos antes de las once, con la cena a las diez y cuarto de la noche. Ayer lavé mis dos primeros pares de calcetines. Cada día, a las doce, después de las clases vamos a la piscina de la Universidad hasta las dos, hora del almuerzo. Después echamos siesta hasta las cuatro. A las cinco y media, libres ya, nos vamos a sentar en el parque a leer o charlar y luego a beber un trago en El Somport, la cafetería donde se reúnen los estudiantes. En cuanto a las comidas, debo decir que si la cocina es buena, el menú cambia poco y no peca por abundancia. Sin embargo, hay una cosa que me gusta mucho : es el pescado. Comemos cada día, y no sé cómo lo preparan, pero lo encuentro excelente. Ayer por la tarde hicimos fotos por la ciudad. Para hablar del dinero, hasta ahora mis gastos alcanzan la cantidad de 253 pesetas. Cuando fui al banco, el cambio efectivamente estaba a 12,09. Claro, además de lo dicho, cabe añadir las mil pesetas de las clases. Actualmente me quedan 4567 pesetas y unos dos mil francos. A Antonio sólo lo vemos los domingos porque trabaja en Canfranc y vuelve cada noche sobre las diez. No tengo idea de lo que yo podría traer a Gerardo. Para darte una idea del precio de los cigarrillos, aquí un paquete de calidad equivalente a las "Gauloises" cuesta unos sesenta céntimos. Nada más por el momento. Así que me despido con besos cariñosos. Hasta pronto.

Vuestro hijo

Pedro''

Cuando vuevo a leer esta carta, como la primera, me salta a los ojos su carácter a la vez informativo e intrascendente, perdido en los detalles y sin mucho análisis de la situación. El franquismo todavía vivía buenas horas, la censura seguía vigente y yo, por naturaleza, repugnaba a expresar mis sentimientos. Me pregunto qué idea se formarían mis padres de esta primera estancia española. Del contenido del curso, ni una palabra, de mi roce con las primeras chicas de mi vida, ni hablar, claro, de mi convivencia con Juan Claudio, no más. A distancia de cincuenta años, todo eso me suena a lenguaje estereotipado e historia oficial.

Lo malo es que se fugaron de mi memoria la mayoría de los recuerdos de este verano y sin el folleto recordatorio del curso que he conservado y algunas fotos de negro y blanco hechas con mi Brownie Flash Kodak, mucha dificultad hubiera tenido para reconstruir todo esto.

Aparte del consabido paseo, antes de la cena, cuando el sol ya iba declinando, y la gente se derramaba cual manso rebaño por Calle Mayor y Paseo de la Constitución, las diversiones eran pocas para gente tímida como yo. Me daba miedo entrar a los bailes que se daban en el Casino tanto como a las verbenas que tenían lugar en la piscina municipal. No sabiendo ni bailar ni nadar, me era difícil salir del anonimato. En el cine, por la censura vigente, todas las películas venían con cortes en los momentos buenos, lo que a veces daba resultados que movían a risa, y otras te hacía incomprensible la historia.

Por suerte, teníamos un programa bastante nutrido para evitar demasiado aburrimiento. Entre las clases, las conferencias, las lecturas, las misas, los paseos, los cafés, la piscina, las comidas, pasaban rápido los días y ya se aproximaba la mitad de la estancia:

''Jaca, a 17 de julio

Queridos padres:

Ayer recibí vuestra carta y pienso que ya recibisteis mi segunda, escrita el pasado viernes. Aquí, pasa tarde el cartero (entre la una y las dos) y da pitazos para avisar a la gente que se presenta en el umbral de las puertas a recibir el correo. Otra costumbre curiosa es la del sereno que cada noche, sobre las doce, recorre las calles con las llaves de los inmuebles para cerrar las puertas. Las clases siguen desarrollándose muy bien. El viernes pasado, al volver de la excursión, tuvimos une fuerte tormenta que duró toda la noche y, a la mañana, no había agua para lavarse porque estaba negra. En cuanto al precio de la pensión, he cuestionado a la patrona: creo que pagaré unas 3750 pesetas, lo que equivale a 30 000 francos. Finalmente, resulta un poquitín más caro que en la Residencia, pero a lo hecho, pecho y también conviene decir que la diferencia es mínima. Por lo normal el tiempo es bueno, aunque tormentoso. He escrito casi a toda la familia, sólo me queda una carta para la tía Blanca. El domingo, fuimos con Antonio a "Casa Paco", la tasca típica donde recalan todos los estudiantes de aquí. Ayer vimos pasar dos coches de nuestro departamento. También me he enterado de los resultados de los exámenes porque los padres de Juan Claudio le han mandado recortes de los periódicos. Otra cosa : creo que vuestras cartas llegarían más pronto si debajo de "Jaca", pusierais "Huesca" que es la provincia donde se encuentra la ciudad. Tranquilos, que me las apaño muy bien con mis calcetines que siguen sin agujeros. ¿Qué más decir? Que dentro de 19 días pienso estar en casa. Sin duda saldremos por la mañana del día 5 porque este año marca el 9° centenario de la catedral y con este motivo dan una gran fiesta aquí el domingo 4. Ah, bueno, también quiero deciros que a la mesa con nosotros tenemos a una pareja de Zaragoza muy amable y muy divertida. Termino con besos a todos.

Pedro"

Un mes es mucho tiempo. En la pensión, día tras día, comida tras comida, llegamos a conocer a nuestros vecinos de mesa. Entre éstos figuraban dos familias zaragozanas. La primera había venido de un barrio popular de la capital a pasar una temporadita sin los chicos confiados a los abuelos. La segunda tenía un chico de dos años menos que yo, espigado y enclenque, y una chica de cuatro o cinco años. La madre era dicharachera. El padre algo bizco. Él trabajaba de camarero, ella hacía sus labores.

El día en qué la patrona me distribuyó la primera carta de mis padres, vi que el chico, en la mesa de al lado, se interesaba por los sellos que iban en ella. Y al poco rato, tuve la sorpresa de ver delante de mí a esta mujer cuarentona, diciéndome con ese típico dejo aragonés:

— Perdone que le importune así, joven, pero mi hijo Antonio colecciona los sellos. ¿Le importaría pasarle los que reciba mientras estamos aquí?

Yo, que no tenía corresponsal español, abracé la ocasión:

— En absoluto, señora. Yo también colecto sellos, pero éstos ya los tengo. Si su hijo quiere, podemos hacer intercambios.

Así empezó la cosa. Cambiamos las direcciones. Y correspondimos, intercambiando sellos. Al año siguiente, mi real descubierta de la vida española, la hice en aquella familia cuando esta buena gente me acogió en su piso zaragozano de la calle Ávila. No tenían calefacción, pero sí televisión y teléfono, aparatos todavía desconocidos en casa. Era otro mundo para mí.

''Jaca, a 26 de julio.

Queridos padres:

Acabo de recibir vuestra carta junto con otra de mis hermanos. ¿Qué ha ocurrido desde mi último mensaje? Un montón de cosas, aunque el fin de semana ha sido tranquilo. Aquí hace un calor de mil demonios, sobre todo por la tarde y, durante la noche, con la ventana abierta, hasta las tres de la madrugada oímos a los trasnochadores que vuelven a casa desgañitándose. El sábado, cundió la gente para acoger al arzobispo de Sevilla, antiguo obispo de Jaca: música, desfile militar, misa mayor solemne con participación de media docena de prelados franceses. Se me olvidaba una cosa: el pasado jueves era la fiesta nacional española. Pensábamos ir de excursión al balneario de Panticosa, pero por ser externos, la Universidad sólo nos inscribe cuando quedan plazas y ya no había. Por desdicha, creo que va a pasar lo mismo esta semana para el parque de Ordesa. Bueno, será tanto dinero ahorrado. Hablando de dinero, hasta ahora gasté 513 ptas o sea 4104 francos. Cuando escribía que las clases costaban 1000 ptas o sea 8000 francos, bien se trataba de la totalidad. En cuanto a la pensión, la patrona no quiere que la pague por el momento, De toda manera, he guardado 4000 ptas, es decir 32000 francos para este concepto. Y de dinero de bolsillo, me quedan 350 ptas o sea 2800 francos. Las clases siguen sin novedad. También he encontrado un corresponsal de Zaragoza que quiere cambiar sellos conmigo. ¿Qué más? Vamos explorando los alrededores de Jaca, por la tarde después de las clases. Termino con besos cariñosos para todos vosotros.

Pedro"

Los domingos y feriados se realizaban en autocar las excursiones a los diferentes lugares de interés geográfico, etnológico, histórico o artístico de la comarca. Sólo recuerdo dos, la mencionada ya a San Juan de la Peña y otra a los valles y pueblos pirenaicos de Hecho y Ansó que me parecieron entonces atrasados, muy lejos de lo que han llegado a ser hoy en día. Pero ¡dénse cuenta de que hablo de medio siglo atrás!

La piscina, la de la Universidad como la municipal, eran los lugares de mayor interés para chicos y chicas de nuestra edad. Diría que era el terreno de caza natural de los dos sexos: ahí podíamos admirar a las chicas en bañador y hacer apreciar nuestra musculatura. Se respiraba tanta testoterona como aire casi, pero todo hay que decirlo: los tiempos todavía eran muy mojigatos, - en España más que en Francia -, e ir más allá de besos furtivos o caricias discretas en público era difícil.

Que yo recuerde, no llegué ni a lo uno ni a lo otro. Estaba enamorado antes de salir de Francia, y aunque me llamó la atención una chica de Burdeos, no logré integrarme en el coro del que formaba parte. Así que quedé fiel no por voluntad sino por obligación. Pero la frustración tuvo dos consecuencias: la primera fue que poco antes del final del curso le mandé una encendida declaración formal a la chica de mis pensamientos, citándola a primeros de setiembre en el parque que lindaba con su casa y la segunda que compré una pesada pulsera damasquinada con la que pensaba obsequiarla.

Quien haya leído el cuento "la pulsera damasquinada" ya sabe que ella no vino a la cita y que nunca me atreví a ofrecerle la pulsera.

Qué duda cabe, ni una palabra de todo eso transparecía en la última carta a mis padres, escrita el 29 de julio, una semanita antes del regreso a Francia:

''Queridos padres:

El sábado por la tarde recibí vuestra tercera y última carta. Ya os digo que llegaré el domingo 4 de agosto, sin duda sobre las dos de la tarde, pero no bajéis a la estación a por mis maletas, tomaré el autobús. Saldremos de aquí sábado a las doce, porque a Juan Claudio le ha caído un bautizo en casa de sus primos de París el domingo. Lo malo es que no nos va a permitir pasar los exámenes de fin de curso que tendrán lugar el mismo día, a menos que podamos pasarlos la víspera. Así llegaré a casa para la reunión de atletismo, me parece. Las clases siguen desarrollándose sin problema y el dinero me va a bastar perfectamente. Hace tres días, a casa de Antonio llegó Juan Pedro, el hijo del recaudador, que se va a quedar hasta setiembre. Del fin de semana, no tengo nada particular que decir sino que el tiempo sigue tormentoso y que cayeron cataratas otra vez anoche. El jueves era la fiesta de Santiago, día feriado aquí y fuimos a misa. Ayer, Juan Claudio fue a comer en su familia del año pasado. Mañana vamos de excursión a la montaña. Creo que el sábado va a llegar muy pronto. Con el lavado también me las apañé bien solito, pero ya os contaré todo eso en casa. Entretanto, os dejo con besos fuertes diciéndoos: ¡Hasta pronto!

Pedro''

''P.S. : Sobre todo, en caso de no estar a la hora indicada, no os preocupéis. Por ser domingo, es posible que haya algún cambio en los horarios."

Del viaje de regreso, no he conservado ninguna memoria.

De Juan Claudio no he vuelto a saber después del bachillerato.

De esta primera estancia española me quedan un amigo, un puñado de fotos de blanco y negro, el recuerdo de unos calores abrumadores y unas notas en carpetas polvorosas.

¡Cuánta depuración operan la vida y la memoria!

©Pierre-Alain GASSE, setiembre de 2013.